Fuga de la U9: la increíble aventura de Martín Bresler, el único preso que logró escapar

Solo él consiguió la libertad tras el sangriento motín y la férrea persecución policial. Había caído en prisión acusado por el robo de una vaca. Años después volvió a Neuquén y su vida tuvo un final trágico e inesperado.

Por Mario Cippitelli - cippitellim@lmneuquen.com.ar

Aunque parezca mentira, Martín Bresler logró cruzar la cordillera. Mucho se habló sobre cómo lo hizo. Dicen que primero recibió ayuda de gente que lo conocía en San Martín de los Andes, que sacrificó a su caballo y se tapó con el cuero del animal para no morir congelado durante una tormenta de nieve, que trabajó un tiempo en Chile y luego consiguió un pasaporte falso para salir del país… Qué no se dijo de Martín Bresler y cuántas historias nacieron a partir de su figura y de su rol como uno de los líderes del motín de la cárcel U9 de aquel 23 de mayo de 1916.

Fue acusado de asesinato, de ser un forajido que no tenía piedad, de ser un tipo realmente peligroso, pero pocos sabían quién era realmente y por qué había sido condenado a prisión.

Te puede interesar...

Martín Bresler nació en Hopefield, una colonia boer de Sudráfrica, donde pasó gran parte de su infancia y primeros años de adolescencia.

Por entonces nunca imaginó que su destino sería la Patagonia argentina, un lugar que ni siquiera conocía. Le habían comentado que tenía montañas y volcanes y que había contrastes muy fuertes entre la vegetación abundante y el desierto inmenso. Pero no sabía mucho más que eso.

Su padre, el coronel Daniel Martín Bresler, se vio tentado de radicarse en aquel rincón de la cordillera de los Andes cuando se enteró que en Argentina el Gobierno estaba alentando la llegada de colonos en la zona sur. Les ofrecían tierras a cambio de que las convirtieran en espacios productivos. ¿Por qué no embarcarse hacia esa aventura?

La guerra entre el Imperio Británico y los boers había terminado en 1902 con una victoria en favor de los europeos. Quienes sufrieron y participaron en aquella guerra -como los Bresler- no querían quedarse en ese lugar ahora bajo el dominio británico. Por eso, el ofrecimiento de trasladarse a otro país a cambio de tierras parecía algo prometedor.

Bresler-San-martín-Historias-neuquinas.jpg

Los Bresler llegaron a Neuquén en 1904 y se asentaron en el paraje Hua Hum, en cercanías de San Martín de los Andes, en una enorme extensión de tierras que le había cedido el Gobierno tanto a ellos como a otras 30 familias que venían del mismo lugar. Además de Martín, el matrimonio tenía cinco hijos: cuatro varones y una niña.

La vida en aquel rincón de la Patagonia era difícil, pero el paisaje era un sueño. La cordillera en su plenitud, los otoños multicolores, la paz del campo y la posibilidad de desarrollo convertían a este lugar en el espacio ideal para vivir y criar a una familia. El problema del idioma para estos nuevos colonos no duraría demasiado. Con el tiempo, todos los Bresler aprenderían el español y hasta el mapudungun, aquella lengua que hablaban los pueblos originarios.

La vida de Martín transcurría plácidamente en ese paisaje bucólico. Con el tiempo se convirtió en un gran conocedor de la zona, por donde realizó extensas cabalgatas. Aprendió como nadie la geografía del lugar, su flora y su fauna. Conoció a sus habitantes, se identificó con su cultura. Con el correr de los años se convertiría en un neuquino más.

En el aserradero que montó su padre se formó en el oficio y se ejercitó en todas las tareas que demandaba el campo. En ese contexto creció hasta convertirse en un hombre.

En un viaje que realizó a Inglaterra conoció a Elizabeth Rose Woodall, una hermosa joven con quien se casó al poco tiempo. Con ella formó su propia familia en el paraje “Cupido”, cerca de Quechuquina, en tierras que le cedió su padre. Allí tuvo dos hijos.

Parecía que la vida seguiría transcurriendo de esa manera, sin problemas para el joven Martín. Pero las cosas cambiaron.

Cierto día de 1913 fue denunciado por un vecino por una quema de pastizales y árboles. Según el damnificado, Bresler no había avisado de aquella quemazón a las autoridades ni a quienes vivían en los campos lindantes. Fue notificado por la Policía y el joven sudafricano dijo que había sido un malentendido y que no volvería a ocurrir. La cosa no pasó a mayores.

Un par de años más tarde otra denuncia volvió a ponerlo frente a la Justicia. Esta vez por el robo de una vaca. Otro vecino lo había denunciado asegurando que Bresler había sido el ladrón. Cuando las autoridades llegaron a su campo encontraron el cuero del animal con la marca de su vecino.

En épocas del viejo territorio las disputas por las tierras eran comunes y valía cualquier artilugio para sacarse a alguien del camino y quedarse con sus posesiones. Las denuncias que le hicieron al sudafricano podrían haber tenido origen en algunas de estas artimañas, especialmente la segunda, ya que se trataba de un delito que se castigaba con prisión.

Bresler lo negó una y otra vez, pero la Justicia lo encontró responsable y el juez no dudó en el castigo: dos años de prisión en la cárcel U9 de la capital neuquina. Allí comenzó todo.

El día que lo detuvieron se despidió de su esposa, triste pero enfurecido por aquella injusticia. ¿Dos años de prisión por un delito que no había cometido? ¿Por una vaca?

Su padre intentó calmarlo. Le dijo que hablaría con Eduardo Elordi, el gobernador del territorio, para intentar la reducción de una pena que era realmente alta, por más que hubiese sido culpable. Además, su hijo no tenía antecedentes penales, era un buen vecino y un hombre trabajador. No tendría demasiados problemas en convencer al mandatario. A Martín le dijo que todo saldría bien, que era cuestión de tiempo.

Bresler no conocía lo que era una cárcel ni lo que significaba el encierro. Siempre había tenido buena conducta y era una persona educada y respetuosa. Tenía modales refinados para ser un hombre que trabajaba en el campo. La educación que le dio su padre le había permitido tocar el piano, hablar seis idiomas, incluidos los que eran comunes en la Patagonia, y tener una amplia cultura general. Tampoco estaba acostumbrado a tratar con gente como la que se encontraría en esa cárcel: hombres sin códigos, ladrones, pendencieros y hasta asesinos que a partir de ahora serían compañeros suyos. Lo peor, que lo serían durante dos años interminables.

Bresler-cárcel-Historias-neuquinas.jpg

En ese edificio precario ubicado en el medio del desierto conoció la soledad y comprendió más que nunca el significado y el valor de la libertad. Extrañó como nunca a su mujer y a sus hijos, hizo viajes imaginarios hasta su rancho, cabalgando como lo hacía siempre por aquellos paisajes cordilleranos. Pasó noches de desvelo pensando en la injusticia que habían cometido con él. Odió al vecino que lo había denunciado y mil veces soñó con el día en que saldría en libertad. Se adaptó como pudo a esa nueva vida miserable, aceptó las condiciones, sufrió el frío, el calor y las incomodidades y tuvo que esforzarse mucho para no reaccionar frente a la prepotencia de los guardias, que no se diferenciaban demasiado de sus compañeros.

Sin embargo, a medida que pasaban los días, su paciencia empezó a derrumbarse y las ganas de salir se hicieron cada vez más grandes. Por eso comenzó a hablar de la posibilidad de un escape con algunos de sus nuevos compañeros, aun sabiendo que una fuga podría significar un castigo mayor si lo capturaban.

Varias veces escuchó los susurros acerca de un levantamiento, aunque dudó de que eso fuera posible algún día. Tenían que confluir varios factores para que un motín, y una posterior fuga, tuvieran éxito.

El 23 de mayo de 1916, cuando llevaba varios meses en prisión, un sargento le negó el aseo a toda la población del presidio. Y esa fue la gran oportunidad. Fue un motín sangriento que terminó con una marea de hombres armados y furiosos gritando y disparando por las calles de Neuquén.

Bresler nunca supo bien por qué él fue el único afortunado que logró la libertad después de aquella batalla campal y de esa persecución. Años después se enteraría que las gestiones que había hecho su padre ante el gobernador habían tenido sus frutos y que hubiera sido indultado para la fiesta patria del 25 de mayo, dos días después del motín. Pero ya era demasiado tarde.

Hasta el cruce del río Collón Curá y su tiroteo con la Policía hay abundante información sobre el protagonismo que tuvo Martín Bresler en aquella increíble fuga de la cárcel de Neuquén, aunque son dudosas las acusaciones que le hicieron respecto a algunos crímenes que se cometieron durante el escape. Quienes volvieron a las celdas lo responsabilizaron de todo, de las muertes de uno de los guardias, de la del hermano del ingeniero Plottier y hasta de haber sido el ideólogo del motín.

Se sabe que logró cruzar a Chile, pero a partir de aquella hazaña hay muchos baches en su historia, tal vez agigantada por los testimonios y los artículos de prensa de aquella época.

Los medios nacionales habían enfocado la mirada en su persona. Se preguntaban cómo era posible que ese joven, al que habían condenado por un delito menor, se convirtiera en un asesino. Destacaban además la figura de su padre, el coronel que había peleado contra los ingleses en Sudáfrica y que se había radicado con su familia en la Patagonia. ¿Quién era Martín Bresler? ¿Y dónde estaba escondido?

Nadie se imaginaba en aquel momento que el joven sudafricano de modales refinados, acusado de haber sido el responsable del gran escape y sus sangrientas derivaciones, se había ido de Chile y seguiría con su increíble aventura por otros países. Mucho menos se les hubiera ocurrido que al poco tiempo de aquel episodio trágico estaría peleando en el frente de batalla para otro país, en la Primera Guerra Mundial.

En efecto, Bresler decidió que Chile no era un lugar seguro. Por eso, luego de haber realizado algunos trabajos y haber juntado dinero suficiente, decidió que seguiría camino hacia el norte del continente. No fue una decisión sencilla: en Hua Hum había dejado a su esposa, a sus hijos y al resto de la familia.

En Estados Unidos se alistó en el Ejército como soldado voluntario. Tampoco hay demasiada información sobre el porqué de este acto heroico en un país que no era el suyo, ni siquiera por adopción. Lo miraron raro cuando contestó que había nacido en Sudáfrica y que luego se había radicado en la Patagonia argentina, pero que finalmente había optado por vivir en Norteamérica. En la oficina de enrolamiento no les importó demasiado sus orígenes. Tampoco le preguntaron mucho. Lo importante era que había un hombre joven que quería pelear para ese país. Nada más.

Bresler-Guerra-Historias-neuquinas.jpg

Al poco tiempo, Bresler apareció en una trinchera europea convertido en un soldado estadounidense esquivando balas, disparando, matando y viendo morir a esos compañeros a quienes había conocido recientemente.

Por momentos, seguramente se le cruzaron imágenes de la fuga de la cárcel neuquina, corriendo para eludir la muerte, convirtiéndose en testigo de crímenes brutales. Tanto en aquel pueblo como en estas trincheras había cosas en común: injusticias, muertes absurdas, locuras.

El ejército de ese país lo condecoró por un acto heroico que protagonizó cuando estaba por terminar la guerra. Pudo haber sido el hecho de salvar a un oficial de la muerte segura o una acción que fue determinante para ganar alguna batalla. Pero lo cierto es que hizo algo realmente heroico y lo premiaron.

Bresler se sintió orgulloso después de mucho tiempo. Pensó en su padre el coronel, que había sufrido tanta vergüenza y humillación con la imagen de su hijo delincuente. También, en su esposa y sus hijos. Tal vez fue una forma de convencerse que él era realmente la persona que había sido siempre y que la fuga de la cárcel había sido nada más que un accidente en su vida.

Algunas versiones indican que, cuando terminó la guerra, Bresler se reencontró con su familia en Londres, que regresó a Estados Unidos para radicarse definitivamente, que tuvo dos hijos más y que lo ascendieron con el grado de sargento.

Parecía que el joven sudafricano estaba decidido a rehacer su vida definitivamente tratando de olvidar el pasado tormentoso que había vivido, de las injusticias que había sufrido. ¿Qué más necesitaba para ser feliz?

Nadie sabe a ciencia cierta por qué Martín Bresler volvió a Neuquén. Mucho menos, por qué lo hizo sabiendo que en dos años prescribían todas las causas judiciales en su contra. Si bien la fuga sangrienta de la cárcel había quedado en el olvido, todavía estaba vigente su pedido de captura.

Pudo haber sido el hecho de que en Hua Hum tenía todavía sus propiedades y quería decidir el destino de sus bienes. También estaba allí al resto de la familia a la que no veía hacía años. Pero ¿por qué no esperó un poco más para garantizarse la libertad apenas pisara suelo neuquino?

Su hermana Kurina dijo que Bresler padeció un delirio místico tras haber militado en una secta religiosa que tenía como mandato más importante la verdad. Dijo que era imperativo entregarse para dar su versión de los hechos ocurridos en Neuquén y que a través de la ley quería rehabilitarse para ser un ciudadano más. Y que por eso tomó la decisión de volver.

Lo cierto es que en 1924 se tomó un barco, llegó a Chile y cruzó la frontera hasta llegar a Hua Hum, donde quedó inmediatamente detenido. Para su fortuna, el comisario a cargo del paso fronterizo era un primo suyo por lo que hizo todo a su alcance para que su encierro fuera lo menos penoso posible. Inclusive, permitió que lo condujeran con custodia a Zapala y hasta logró quedarse una noche en la casa de su hermana, a quien le contó toda su aventura.

Bresler tenía la esperanza de que la Justicia le aplicara una pena mínima, pero fue todo lo contrario. Pese a que negó todos los delitos que le atribuían y que sólo reconoció haber herido a un policía cuando intentaba cruzar el río Collón Cura, el juez encargado de la causa lo encontró culpable de homicidio, robo y otros tantos delitos y le dictó la prisión preventiva.

Para el sudafricano fue algo inesperado. Un fallo que lo enviaría de regreso a aquella cárcel insoportable en la capital neuquina. Tal vez por eso, aunque en vano, realizó huelgas de hambre, en varias oportunidades golpeó la cabeza en su celda hasta lastimarse y tuvo comportamientos sorprendentes que obligaron a la Justicia repensar el destino de este hombre. ¿Estaba actuando o estaba loco?

Bresler fue enviado a Buenos Aires para que médicos especialistas lo examinaran y dieran un diagnóstico sobre su salud mental, pero su conducta en el viaje no lo ayudó. Es más, selló su suerte. En un trayecto -todavía no se sabe bien cómo- el sudafricano cayó del tren. Hay quienes dicen que intentó escaparse; otros indican que fue un intento de suicidio, pero lo cierto es que fue otro hecho que se sumó a la larga lista de desequilibrios que habían notado las autoridades al momento de su detención.

Bresler-hospicio-Historias-neuquinas.jpg

Dos médicos que lo trataron en el Hospicio de Las Mercedes (luego se convertiría en el hospital Borda) dictaminaron que, en efecto, este hombre padecía “del delirio sistematizado de los degenerados”, por lo que recomendaron mantenerlo internado en esa institución para su tratamiento.

Martín Bresler repitió una y otra vez la verdad sobre su vida, aunque quienes lo escuchaban esta vez no eran autoridades judiciales sino médicos psiquiatras. A ellos les dijo que era sudafricano pero que sus padres decidieron radicarse en la Patagonia argentina, que hablaba seis idiomas, que fue condenado a dos años de prisión por el robo de una vaca, que escapó de la cárcel con un motín sangriento, que en su huida sacrificó a su caballo para abrigarse con el cuero del animal durante una tormenta en la cordillera, que cruzó a Chile y luego viajó a Estados Unidos, que peleó en la Primera Guerra Mundial y fue condecorado, que…

Estuvo internado en el psiquiátrico durante 16 años gritando su verdad, pero nunca logró convencer a nadie.

Murió el 17 de abril de 1940, a los 51 años, como consecuencia de una enfermedad pulmonar.

Embed
Martin-Bresler-final-Historias-neuquinas.jpg

LEÉ MÁS

Fuga de la cárcel y masacre en Zainuco: la noche en la que asesinaron a Chaneton

La increíble y sangrienta fuga de un centenar de presos de la cárcel de Neuquén en 1916

Fuente:

¿Qué te pareció esta noticia?

Noticias Relacionadas

Deja tu comentario


Lo Más Leído