La terrible inundación del 75: el día que colapsó el cementerio

Llovió durante dos días como nunca había llovido y las paredes se vinieron abajo. Un río de agua corría por la calle con todo tipo de materiales fúnebres y hasta pedazos de ataúdes. Relato en primera persona de aquel increíble suceso.

Por Mario Cippitelli - cippitellim@lmneuquen.com.ar

El martes 11 de marzo de 1975 amaneció nublado en Neuquén, pero en las primeras horas de la mañana comenzó a llover sin parar. Al principio fue como esas típicas lloviznas de otoño, luego de manera cada vez más intensa, hasta que finalmente se convirtió en un diluvio. Fue como si el cielo hubiera esperado ese día para descargar miles de litros de agua contenida durante años.

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La casa de mis padres estaba ubicada en la calle Tucumán, justo detrás del cementerio. En aquella época, la ciudad era muy chica y recién habían pavimentado las arterias del barrio, que todavía no tenía nombre. La calle Islas Malvinas marcaba el límite del pueblo hacia el Norte y la Entre Ríos, hacia al Este. Después todo era bardas y desierto.

Ese día mi familia siguió la rutina de siempre, más allá del temporal. Con mis hermanos fuimos a la escuela y mis padres concurrieron a sus trabajos.

Llovía y seguía lloviendo. Nadie se imaginaba que aquel 11 de marzo quedaría marcado en el almanaque como un día de catástrofe en la historia de la ciudad y de la provincia. Lo peor llegaría en las siguientes horas de manera sorpresiva, inesperada, porque en aquel tiempo los pronósticos meteorológicos no contaban con la tecnología de la actualidad. Podían anticipar tormentas y chaparrones, pero sin mayores precisiones en cuanto a los horarios y a la intensidad que tendrían. Cerca de las 21, informaron que la cantidad de agua acumulada había alcanzado los 100 milímetros. Todo un récord. Y las precipitaciones seguían.

Nos acostamos con el ruido de la lluvia que caía como una cortina. Se sentía en el techo de la casa, en una parte del jardín que estaba embaldosado, en las ventanas de nuestras habitaciones, en la vereda.

A los 10 años, no le tenía miedo a la lluvia. Los otoños e inviernos en Neuquén siempre habían sido húmedos. Había vivido otros temporales parecidos, aunque nunca había visto que cayera tanta agua tanto como ese día. Y me dormí.

No tengo registro a qué hora ocurrió realmente, pero fue en la madrugada. Entre las 5 y las 6, nos despertamos con un estruendo que hizo estremecer al barrio. Me levanté de la cama con un salto junto a mis hermanos. Por el pasillo que daba a las habitaciones vi que mi papá corría hacia el living que daba a la calle. Lo seguían mi mamá y mi abuela. Nosotros fuimos detrás.

Cuando levantaron las persianas y miramos hacia afuera no podíamos creer lo que veíamos. La esquina de la pared del cementerio que estaba justo frente a mi casa había colapsado al igual que otro sector del paredón que daba sobre la Tucumán. Había llovido tanto que el agua se acumuló en ese rincón y la fuerza hizo ceder los cimientos. Detrás, una catarata gigante arrastraba todo lo que encontraba a su paso.

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Mi papá abrió la puerta del garaje con dificultad debido a la gran cantidad de materiales que habían quedado en la vereda. Pero no era cualquier material. Se trataba de cruces, placas de metal con epitafios, virgencitas, flores naturales y de plástico y hasta un pedazo de madera que parecía pertenecer a la tapa de un ataúd. El agua había socavado la tierra de tal manera que algunas tumbas y nichos habían quedado al descubierto. Afuera seguía lloviendo como nunca. No había parado en toda la noche.

Mis padres se pusieron a charlar con los vecinos que vivían en las casas que estaban un poco más arriba de la Tucumán y que también salieron cuando escucharon el derrumbe. Todos estaban asombrados. Se preguntaban si el resto del paredón sería lo suficientemente fuerte para que seguir en pie. Yo me quedé callado de la impresión, mientras miraba cómo desde el cementerio seguía saliendo agua con todo tipo de artículos fúnebres.

A esa altura, la calle era un río desbocado que bajaba hacia el sur arrastrando todo a su paso, hasta dos automóviles que estaban estacionados y que se fueron flotando como si fueran canoas.

Algunos vecinos que vivían unos metros más abajo comenzaron a construir defensas para evitar que el agua ingresara a sus casas. Piedras, escombros, tierra… cualquier material parecía poco para frenar la correntada o, al menos, desviarla para que siguiera por la calle.

Volvimos a entrar a la casa. Mi papá nos mandó a la cama para que siguiéramos durmiendo, pero la impresión era tanta que me acosté y no pude cerrar los ojos. Me quedé pensando en todo lo que había visto, en cómo había quedado el cementerio adentro; si había ataúdes flotando y, lo peor, si existía la posibilidad de que muchos de los muertos allí enterrados hubiesen quedado a la vista de todo el mundo. Mi imaginación de niño no paraba entre la fascinación y el espanto que me producía pensar en aquellas imágenes. Y seguía lloviendo.

Con el correr de las horas nos enteramos a través de la radio que el temporal había sido realmente devastador y que no sólo afectaba a la ciudad de Neuquén. En el Alto Valle se contabilizaron 20 muertos, miles de evacuados, barrios completamente inundados, familias que se quedaron en la calle porque sus casas habían colapsado.

También llegaron noticias de Cutral Co y Plaza Huincul, ciudades que se llevaron la peor parte, ya que un torrente de agua y barro cubrió a toda la comarca petrolera y derrumbó viviendas que estaban ubicadas en inmediaciones del zanjón. El saldo definitivo sería estremecedor: medio centenar de muertos, desaparecidos, daños incalculables.

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La ciudad de Neuquén también quedó paralizada por el desastre. Los servicios esenciales dejaron de funcionar y el gobierno no daba abasto para asistir a tantos pedidos de ayuda que llegaban desde los barrios ubicados en la zona del Bajo, siempre la más afectada durante las inundaciones.

Ese miércoles 12 de marzo siguió lloviendo de manera persistente durante todo el día. Las clases se suspendieron, por lo que con mis hermanos nos quedamos en casa, con mucho pesar. Las ganas de salir a ver cómo había quedado el cementerio eran increíbles, pero teníamos la prohibición de mi papá de no pisar la vereda. Nos conformábamos con mirar el derrumbe por la ventana y hacer todo tipo de especulaciones sobre cómo había quedado el lugar donde se enterraban a los muertos. Durante todo el día fue el único tema de conversación, con relatos fantásticos y exagerados sobre episodios y cosas que supuestamente habíamos visto, pero que en realidad no sabíamos si habían ocurrido. Era curiosidad, misterio, miedo. Todo junto.

Al día siguiente amaneció despejado y pudimos salir, aunque con una serie de limitaciones que nos pusieron nuestros padres, especialmente en referencia al cementerio. “Ni se les ocurra meterse ahí porque hay riesgo de derrumbe”, nos dijeron. En efecto, todo el sector sur había quedado inestable por el socavón que hizo el agua y era muy posible que otros pedazos de pared siguieran cayendo.

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Para nuestra desgracia, las autoridades municipales cerraron el acceso de ese lugar ese mismo día, mientras comenzaban la reconstrucción de todo el predio. Los obreros volvieron a levantar la esquina con ladrillos, aunque esta vez dejaron dos grandes ventanas con rejas para que, si volvía a llover de esa manera, pudiera fluir el agua. El trabajo más pesado se haría adentro, con la reparación de nichos y tumbas arrasadas. Había que volver a identificar sepulcros y revisar expedientes para hacer las reubicaciones de rigor. En definitiva, se trababa de trabajos penosos y complejos que nunca trascendieron con detalles a la opinión pública, aunque todo el pueblo percibía lo peor. Así, los rumores alimentados por el morbo se multiplicaron en cuestión de horas, con detalles tan tenebrosos como incomprobables sobre lo que había ocurrido adentro del cementerio. Eran historias espeluznantes que se magnificaban con el boca a boca y corrían por oficinas, comercios, peluquerías y cualquier lugar de reunión.

Durante los días siguientes, con los chicos del barrio fuimos una y otra vez a espiar por aquel hueco de drenaje para mirar cómo estaban haciendo la reconstrucción del lugar, pero nunca pudimos ver nada. En realidad, nada de lo que estábamos esperando ver.

Ese otoño nos conformamos con la rutina de todos los días después de la escuela: jugar a las bolitas, a las figuritas, a los autitos o a la pelota. Y así nuestra curiosidad se fue diluyendo.

Con el correr de los días, la calle Tucumán volvió a la normalidad, las ciudades se fueron recuperando poco a poco del desastre y nadie más volvió a hablar del tema.

El cementerio, ese lugar tan venerado y fascinante, había sobrevivido a la inundación. Muros adentro, seguiría guardando secretos y misterios con la discreción de siempre.

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