La increíble y sangrienta fuga de un centenar de presos de la cárcel de Neuquén en 1916

Un 23 de mayo, hace 103 años, comenzó un episodio dramático que marcó un punto de inflexión en la historia de la provincia. Casi un centenar de evadidos armados convirtieron las calles de la ciudad en un escenario dantesco. Una historia de película que duró una semana.

Mario Cippitelli /cippitellim@lmneuquen.com.ar

Cuesta imaginarse la calle Ministro González como una huella en el medio del arenal. Mucho más, a un gobernador tendido sobre una zanja, acorralado y en medio de una lluvia de balas. Parece increíble representarse a la capital neuquina como el escenario caótico de una batalla campal. Pero todas esas imágenes existieron y fueron parte de un episodio dramático. Una historia que ocurrió hace exactamente 103 años, el 23 de mayo de 1916.

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Eduardo Elordi llevaba 11 años al frente de la gobernación del territorio de Neuquén, tarea nada sencilla en la recién fundada capital en donde todo era dificultoso. El pueblo recién comenzaba a crecer entre medio de las bardas. Los servicios prácticamente no existían, las calles de tierra eran caminos precarios que se desdibujaban con los caprichos del viento.

Cuando llegaban las grandes lluvias el agua bajaba con furia y rompía todo lo que estaba recién hecho. En la Neuquén de principios de siglo pasado siempre era volver a empezar.

Elordi lo sabía, igual que la incipiente población que se había radicado en aquel paraje cercano a la confluencia de los ríos, pero eran esos los desafíos que imponían el clima y la geografía. Era aceptarlo y apostar a que ese páramo tuviera un futuro. O buscar algún otro lugar para vivir.

El pueblo era un conjunto de casas agrupadas en medio de una pendiente pronunciada que nacía en las bardas, en el norte, y terminaba en la costa del río, en el sur. Las vías del ferrocarril marcaban los dos sectores a los que habían denominado como “El Alto”, la zona administrativa en la que también había un puñado de hogares, y “El Bajo”, una amplia franja con comercios, viviendas, chacras y asentamientos rurales.

El gobernador de ese territorio estaba asomado sobre el zanjón cuando una bala le pasó apenas a unos centímetros de la cabeza. “¡¿Qué estás haciendo?! ¡¿Estás loco?!”. El que le gritó a modo de reprimenda fue José Edelman, un viejo vecino del pueblo que además era su amigo. Edelman estaba al lado de Elordi protegiéndose de los balazos que venían desde el Este.

Una hora antes, el gobernador descansaba en su casa de la calle Belgrano y 9 de Julio tratando de recuperarse de un fuerte cuadro gripal, cuando le dieron la noticia: había un motín en la cárcel U9 y los presos querían fugarse.

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Elordi se levantó de la cama de un salto y fue corriendo como pudo hasta el lugar. En ese momento se olvidó de la gripe, del frío de aquella mañana de otoño, de todo.

Bajó por la Avenida Argentina y dobló hacia el este en la calle Ministro González. En el camino lo encontró a Edelman, a quien le contó la noticia del motín. Ambos fueron a ver qué había ocurrido en la U9.

La prisión había sido inaugurada seis años antes. Se trataba de un pequeño edificio construido en las afueras de la capital. El gobierno había elegido ese lugar porque quedaba lejos del pueblo, igual que el cementerio, que estaba ubicado a pocas cuadras.

Aunque había sido remodelado, el presidio era un edifico precario y rústico que había sido construido a fuerza de sacrificio, con la poca mano de obra y recursos que había en aquel entonces. No tenía un muro perimetral y la infraestructura era la mínima y necesaria para albergar a aquellos que cometían delitos.

Metido en el zanjón, Elordi levantó la cabeza para intentar gritar alguna orden de rendición. Edelman quiso hacer lo mismo, pero una bala le atravesó el cuello en fracción de segundos. El pionero se tocó la herida y su mano se cubrió de sangre. Sorprendido y aterrado, lo miró al gobernador como buscando una explicación. El plomo había pasado de lado a lado a través de la carne pero no había causado más daño que una pequeña herida que tenía orificio de entrada y salida. "¡Es necesario que te curen!", ordenó Elordi. Las balas seguían picando y levantando polvo.

Edelman retrocedió agachado, casi arrastrándose, hasta que quedó fuera de la línea de fuego. Entonces corrió hasta una farmacia ubicada a pocas cuadras de allí, siempre tratando de parar la hemorragia con su mano, a manera de compresa. El boticario –que ya estaba al tanto del motín y del tiroteo- le abrió la puerta temeroso y lo hizo entrar rápidamente. Luego lo examinó, le desinfectó la herida y le colocó un vendaje para que dejara de sangrar. “Tenés suerte de estar vivo”, le dijo asombrado.

Cuando Edelman regresó a esa suerte de trinchera natural que había dejado la lluvia el día anterior, Elordi ya estaba convencido de que no podía hacer nada. Las balas no paraban de volar. La fuga era cuestión de tiempo. “Volvamos que tengo que dar parte al gobierno nacional”, le dijo a su amigo herido.

En la prisión, los reclusos tenían el poder y estaban listos para escaparse. Lo que habían planeado y charlado durante tantos días finalmente estaba por cumplirse.

Ese martes, a primera hora de la mañana, un sargento de apellido Blum les impidió que pudieran asearse. No se sabe si fue a modo de castigo, de capricho o si había sido una de esas tantas injusticias que no tenían explicación. Pero esa negativa estúpida fue la que originó la protesta generalizada, la chispa que encendió el polvorín.

Todos los presos venían cansados de los malos tratos, de la comida, de las condiciones de vida que había en el presidio. Se sentían torturados por el frío de los inviernos y por los calores que cocinaban los muros en los veranos.

Los trabajos forzados también eran parte de aquella rutina espantosa y extenuante. Cada vez que soplaba el viento del oeste, las autoridades recurrían a ellos para remover dunas a pico y pala, emparejar calles y realizar todo tipo de trabajos agotadores. Todo se hacía bajo el sol, la lluvia o como fuera. Era un poco de libertad a cambio de fuerza bruta.

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<p>Los presos solían hacer trabajos forzados, bajo el calor o sufriendo el frío.</p>

Los presos solían hacer trabajos forzados, bajo el calor o sufriendo el frío.

Para colmo de males, desde La Pampa habían enviado a un gran grupo de presos para alojarse en la cárcel neuquina. Y no se trataba de cuatreros ni ladrones de poco prontuario. La gran mayoría estaba cumpliendo largas penas por homicidios y otros delitos graves. La convivencia era insoportable. El hacinamiento, agobiante.

Durante las últimas reuniones, algunos de los internos habían deslizado la posibilidad de iniciar un motín para poder fugarse. Martín Bresler, León D’Achary y Sixto Ruiz Díaz eran los cabecillas que plantearon por primera vez la posibilidad del escape.

Lo debatieron entre susurros durante las comidas, en los pocos espacios de recreación que tenían y hasta en aquellas jornadas de trabajo paleando tierra en las calles, frente a la mirada de los guardias. No había mayores estrategias para hacerlo. Sabían que lo harían cuando se diera la oportunidad.

El momento llegó esa mañana temprano, a partir de la decisión de aquel sargento de prohibirles el aseo. Primero fue una protesta a gritos que inició un grupo y que luego se extendió a todo el edificio. Los guardias intentaron sofocar la revuelta hasta que, en un descuido, uno de los reos logró desarmar a uno de ellos. Ahí comenzó todo.

Los presos fueron avanzando por los pasillos hasta llegar al cuerpo de guardia. Allí atacaron a los centinelas. Uno murió en el acto, otro quedó herido y un tercero alcanzó a huir. Con el control del lugar en sus manos accedieron al depósito de municiones y se armaron con fusiles.

Todo el presidio ya era un caos. Algunos no querían plegarse a la fuga porque tenían causas menores y estaban por cumplir la condena ese mismo año. Pero los líderes fueron claros: el que no tomara un fusil, sería asesinado. No se trataba de una amenaza suelta en un momento de tensión. Lo comprobaron cuando uno de los condenados de apellido Gocella fue asesinado de un disparo, tras resistir aquella orden. A partir de ese momento, nadie volvió a discutirla.

Una vez que el control del penal fue total, casi un centenar de reos salió a la calle para buscar las vías de escape que les garantizaran la libertad, pero se encontraron con algunos gendarmes que habían llegado a la cárcel al escuchar los primeros disparos. El tiroteo fue intenso, pero no duró tanto. La muchedumbre armada y enfurecida pudo más que cualquier intento de los gendarmes, que inmediatamente se replegaron.

Una vez en la calle, algunos presos corrieron a la Jefatura de Policía para buscar caballos, pero cuando llegaron, el botín ansiado ya no estaba. Sospechando de que los evadidos irían a ese lugar en busca de animales que les permitieran fugarse con mayor facilidad, el sargento Ricardo Guzmán había llevado la caballada hasta la zona del río. De todas maneras, los reclusos tomaron todo lo que podría serles de utilidad y siguieron camino hacia el oeste.

En forma paralela, otro grupo se dirigió hasta la estación del Ferrocarril con el objetivo de tomar una locomotora que los llevara hacia la cordillera, con destino final a Chile. Luego de enfrentarse otra vez con los gendarmes lograron subirse a la máquina, pero no pudieron ponerla en marcha.

El plan –se conocería tiempo después- incluía un asalto al Banco Nación para hacerse de efectivo, al Juzgado Letrado para quemar expedientes y prontuarios y uno más al diario Neuquén para inutilizar la imprenta y evitar que se dieran noticias sobre lo sucedido. Ninguno de estos objetivos se logró.

Para ese momento, el pueblo ya parecía sitiado. La noticia de la fuga había corrido rápidamente entre los vecinos, que estaban aterrorizados pero preparados para repeler cualquier asalto a su propiedad. Ya se sabía que algunos comercios y chacras de la zona habían sido saqueados y que el saldo de muertos por el motín seguía avanzando.

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El hecho más grave había ocurrido en el establecimiento Los Canales, propiedad de los hermanos Plottier, donde hubo un intento de asalto al almacén que terminó con la vida de uno ellos.

Según los testigos, Alberto y Adolfo Plottier llegaron con dos peones a su propiedad cuando se encontraron con cuatro de los fugados que escaparon inmediatamente al notar que los comerciantes estaban armados. Sin embargo, pocos minutos después apareció el grueso de los evadidos y se produjo el asalto inevitable. Los presos dispararon una y otra vez contra el almacén y cuando los Plottier, superados en número, emprendieron la fuga, los atacantes siguieron con fuego abierto sin importarles que ya no hubiera resistencia. Una de esas balas impactó en la cabeza de Adolfo, que cayó muerto de manera instantánea. Los otros lograron escapar.

A medida que fueron pasando las horas, casi todos los amotinados que deambulaban por el pueblo y los alrededores fueron capturados por la Policía y hasta por algunos vecinos que salieron armados a la calle para colaborar con las detenciones. Uno de los líderes, León D’Acharry, se entregó voluntariamente. Tal vez tomó esa decisión al ver que el plan original de la fuga había quedado desdibujado y que el pueblo se había convertido en una batalla campal donde había más chances de morir que de lograr un escape limpio y seguro. Algunas versiones indican que se fue hasta la casa del gobernador Elordi para rendirse en persona. A esa altura, los que seguían en libertad y con rumbo a la cordillera eran 20 presos, entre los que se encontraban dos de los líderes del motín: Martín Bresler y Sixto Ruiz Díaz.

Mientras tanto, las autoridades provinciales avanzaban con los operativos para dar con los fugados. La posibilidad de contar con el apoyo del gobierno nacional había fracasado, debido a que desde la base Naval de Bahía Blanca se negaron a enviar los refuerzos. El argumento fue que el personal disponible había sido entrenado para navegar y no para montar caballos para rastrillar el desierto en busca de fugados.

La noticia no desalentó a las autoridades del gobierno neuquino. La persecución se realizaría con policías del territorio, gendarmes y baqueanos que ayudaran a rastrear la huella de los evadidos.

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<p>Los condenados realizando tareas fuera de la cárcel. Fue lo que desató el enojo y la fuga.</p>

Los condenados realizando tareas fuera de la cárcel. Fue lo que desató el enojo y la fuga.

Elordi envió tropas hasta la zona de Arroyito. Desde Zapala alertó a los puestos policiales cordilleranos y fronterizos sobre la posibilidad de que los presos intentaran cruzar a Chile. Era necesario detenerlos cuanto antes.

La noticia de la fuga puso en vilo a la opinión pública nacional. Los diarios de Buenos Aires comenzaron a publicar rápidamente todos los detalles de aquel increíble y sangriento escape. Extensos artículos se escribieron con todos los pormenores de la revuelta, quiénes eran las víctimas, cómo había sido el motín y fundamentalmente dónde estaban los presos que seguían en libertad. ¿Habían logrado cruzar a Chile? ¿Seguían en el país?

A la altura de El Chocón, tras seis días de fuga, el grupo de evadidos se dividió. Martín Bresler decidió seguir camino rumbo al sur, hacia la cordillera, con otros dos presos. El resto tomaría otro rumbo.

Luego de haber conseguido caballos, los tres fugados bordearon el Limay aguas arriba, se aprovisionaron de comida en la estancia Pantanitos y en un comercio de Bajada Colorada, hasta que finalmente se dirigieron hacia el río Collón Curá, donde funcionaba un servicio de balsa.

Desafortunadamente para ellos, el alerta policial había llegado y el cruce estaba custodiado. Era imposible trasladarse al otro lado sin mojarse, pero no tenían alternativa. “Tenemos que cruzar como sea”, les dijo el líder. Sus compañeros dudaron. En esa época del año, el agua que bajaba desde las montañas estaba helada y el riesgo de sufrir una hipotermia era enorme. Para colmo, la correntada venía con una fuerza increíble. ¿Valía la pena después de tanto esfuerzo morir en un río de la cordillera? No tuvieron tiempo ni para pensarlo. Una voz de alto de una partida policial que los había encontrado los sorprendió en medio de aquella incertidumbre. Era ahora o nunca.

Bresler taconeó su caballo y se lanzó al río, en medio de varias balas que rápidamente comenzaron a silbar cerca de su cuerpo. Otro de los reclusos lo siguió, pero a los pocos metros perdió el equilibrio, cayó y desapareció entre la turbulencia. El tercero directamente no se animó a cruzar y fue detenido sin resistencia.

Bresler logró llegar a la otra orilla. Estaba exhausto y empapado. Tan entumecido tenía el cuerpo que ni siquiera sintió un balazo que le había atravesado una pierna. Se dio cuenta cuando vio brotar la sangre de aquella herida que a primera vista no parecía grave. No era momento para lamentarse. Con las pocas fuerzas que le quedaban volvió a montar y huyó en busca de un lugar que le permitiera esconderse entre la espesura de la vegetación. La frontera con Chile estaba cerca.

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Los otros 17 reclusos que comandaba Ruiz Díaz buscaron la ruta del escape por el centro de la provincia, cruzando los parajes ubicados en inmediaciones de Zapala hasta que finalmente llegaron a un comercio de ramos generales, en La Pampa de Lonco Luán, ubicada en el valle de Zainuco. El “Rancho de Fix”, un lugar abandonado y solitario, fue el escondite ideal donde comieron y pasaron la noche para descansar y recobrar fuerzas, aunque la calma no duraría mucho.

Las crónicas de la época relatan que en horas de la mañana del 30 de mayo una patrulla llegó hasta el almacén y descubrió el escondite de los presos. Cinco policías abrieron fuego contra el rancho desde distintos ángulos, para evitar un escape. Otro partió a la carrera en busca de refuerzos que llegaron dos horas después.

Eran 40 hombres armados bajo las órdenes del Jefe de Policía, Adalberto Staub, que se parapetaron alrededor del lugar y se sumaron al ataque en busca de la rendición.

Los 17 presos aguantaron y respondieron desde el interior, pero la resistencia no duró demasiado. Una de las tantas balas que ingresaron por las ventanas impactó en la cabeza de Ruiz Díaz. Cayó muerto instantáneamente.

Los 16 presos se miraron buscando alguna explicación. ¿Qué harían ahora sin un líder que los guíe? ¿Cómo seguirían la resistencia si las municiones se estaban terminando? Algunos de los evadidos estaban heridos y extenuados. Sabían que el peor final estaba cerca.

“¡No disparen.Nos rendimos!”, fue el grito que llegó desde el interior del rancho. La balacera paró. De a uno, los presos fueron saliendo del lugar con las manos en alto, mientras los 40 policías se acercaban sin dejar de apuntarles con sus fusiles.

Por órdenes del jefe policial, los capturados fueron divididos en dos grupos: los heridos y los que estaban relativamente sanos. Estos últimos fueron conducidos hasta la ciudad de Zapala para luego ser trasladados a la cárcel, desde donde había tenido lugar la fuga siete días atrás. Los otros ocho no irían a ningún lado. Morirían en ese mismo lugar baleados por la Policía.

La versión oficial para explicar estas muertes indicaba que en un momento que los presos eran llevados a una laguna para tomar agua y asearse, dos de ellos aprovecharon el descuido de los guardias y les arrebataron las armas para iniciar una sublevación. Por este motivo todos fueron acribillados.

El parte firmado por el Jefe de la Policía tenía cierto asidero, teniendo en cuenta la ferocidad con la que habían actuado aquellos hombres durante y después del motín, más allá de que algunas explicaciones no terminaban de cerrar. Era difícil creer que quienes se habían entregado unas horas antes hubieran intentado una nueva resistencia, mucho más si estaban heridos y, encima, superados ampliamente en número por los policías. ¿Habría sido un intento desesperado para evitar la cárcel otra vez aunque supieran que se estaban jugando la vida?

El gobernador Elordi avaló el parte policial y cerró el caso. Después de todo, la calma había vuelto a la capital luego de una semana de caos, tensión y violencia. Neuquén regresaba a su rutina cotidiana, con sus problemas de pueblo chico, preparándose para el invierno, arreglando sus calles, lidiando con el viento eterno del oeste, tratando de sobrevivir y crecer.

Pero la calma en el caserío duraría poco. Una semana después de aquel trágico episodio de Zainuco, Félix San Martín, un vecino que tenía un campo en cercanías al paraje, relató al diario “Neuquén” que había encontrado los cadáveres de los evadidos con signos de haber sido fusilados. Todos los cuerpos tenían un disparo en la cabeza, todos estaban con las manos atadas.

El relato de este hombre echaba por tierra la versión del jefe de la Policía y reflejaba que había sido una matanza a sangre fría. El motivo aparente no tenía nada que ver con una sublevación ni con un intento de fuga desesperado, sino una acción tan simple como cruel: evitar que los heridos fueran un problema en el camino de regreso. Era mejor matarlos allí mismo para evitar la carga y el traslado. Al fin y al cabo, eran asesinos. Siete de los ocho muertos estaban condenados por homicidio. Solo uno había ido a parar a la cárcel por el robo de una mula. Además, casi todos eran extranjeros: dos españoles, dos chilenos, un italiano, dos argentinos (el ladrón de la mula era de Las Lajas) y uno cuya nacionalidad no se conocía. ¿Quién reclamaría por ellos?

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Abel Chaneton, titular de ese semanario, consideró que la denuncia de San Martín era creíble y comenzó a publicar una serie de artículos cuestionando el accionar de la Policía y responsabilizando directamente al gobernador Eduardo Elordi por haber avalado aquellos crímenes.

A partir de ese momento, otros dos acontecimientos pondría en vilo nuevamente a la población de Neuquén. Chaneton mantendría una férrea cruzada con sus denuncias contra la Policía y el gobierno y sería protagonista de un duro enfrentamiento contra un diario que sí avalaba la versión oficial de Zainuco. Desgraciadamente, sus verdades terminarían costándole la vida.

Lejos de la capital, Martín Bresler seguiría su ruta de escape interminable. Permanecería escondido, pensando estrategias que le permitieran mantener su libertad, aunque no se conformaría con haber llegado a Chile. Lo esperaría una increíble aventura en otros países de América y Europa.

La fuga de la U9 fue una bisagra en la historia política de la provincia, un acontecimiento brutal que destrozó la calma de ese incipiente caserío.

Fue la gran fuga de presos de la que habló todo el país. Un escape que dispararía otras historias, apasionantes y dramáticas, difíciles de creer en pueblo tan sufrido y agreste como aquel llamado Neuquén.

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