Desde que comenzó la pandemia, los gobiernos lanzaron una serie de protocolos: conjuntos de normas que rigen todas las actividades posibles. Comprar alimentos, practicar deportes, salir a una plaza y hasta saludarse, todo está regulado por normas sanitarias que apuntan a cuidar la salud.
¿Cuál es el costado humano de un protocolo? ¿Cómo una norma universal escrita en un papel interpreta las necesidades emocionales? ¿Saben los protocolos del poder sanador de los abrazos? ¿Entienden que no hay pantallas que permitan mirarse, de verdad, en los ojos del otro? ¿Admiten que nada reemplaza el calor de la cercanía? Fue un protocolo el que impidió que Pablo Musse abrazara a su hija por última vez, cuando la vida de Solange se le estaba escurriendo de los dedos y ella imploraba por el consuelo de su papá. Y fue la excepción de un protocolo la que permitió que él viajara a verla, pero demasiado tarde, solo para mirar su cuerpo inerte en un funeral.
Quizás sea imposible para las autoridades analizar y comprender las razones particulares de todos. Pero, tras cinco meses de aislamiento y sin una salida en el horizonte cercano, ¿no es necesario humanizar un poco los protocolos?
Cuidar la salud no es solo evitar los contagios de coronavirus. Hay que entender la salud como un equilibrio físico y emocional, por lo que cuidarla exige también la satisfacción de las necesidades más humanas. Y a veces, el poder de un abrazo en el momento adecuado justifica afrontar un riesgo mínimo de transmisión viral.
El viernes, Solange falleció de cáncer. Ese día, sus padres se murieron un poquito también. Ninguno tenía coronavirus.


