Patricio Denegri es entrenador de básquet, pero cuando deja el parquet su impronta se hace papel. Hincha de River, dejó sus sensaciones del descenso millonario en un cuento, que más que cuento es un pacto. Su destreza como técnico, también la hace pluma en "Los perros negros no traen mala suerte", su primer libro con el que nos deleitará a comienzos de julio.
A continuación el delicioso cuento completo alusivo al peor desliz histórico del glorioso Millonario.
ACUERDO DE PARTES
Patricio Denegri
El descenso de River, en el 2011, fue responsabilidad mía. Pura, exclusiva y dolorosa, culpa mía.
Disculpen que comience esta narración de una forma tan abrupta pero es que no encuentro otra forma de hacerlo, quizá sea por la falta de práctica, ya que desde que terminé la secundaria, que no escribo nada. En aquella época me copaba escribir cuentos, simples, cortitos, pero después con el laburo y eso, lo fui dejando.
Retomando, así como te digo, ni Pasarella, ni J.J, ni la dirigencia, ni Pavone errando el penal, ni siquiera los barras, a River lo mande yo a la B.
Paso a contar.
Era el 24 de Junio del 2011, faltaban dos días para el partido de vuelta de la promoción, habíamos perdido 2 a 0 en Córdoba, pero yo, al igual que la mayoría de los hinchas confiábamos que acá, en el Monumental, todo se arreglaba, que le íbamos a meter tres, que los íbamos a pasar por arriba, porque somos River, porque somos grandes, porque el descenso, la B, lo veíamos como algo lejano, algo intangible, algo que a nosotros jamás podía pasarnos, algo imposible... a pesar de que caminábamos por la cornisa, y teníamos el abismo frente a nuestros ojos.
Me estaba tomando una cerveza en el bar de siempre, una nomás, porque ya había pagado la entrada para el partido, me quedaba poca guita y todavía faltaban varios días para terminar el mes. Si bien yo laburaba en una empresa grande nunca pase de ser el “Che pibe” asique la guita nunca sobraba, ni mucho menos.
Como siempre, el bar estaba medio vacío, pocas luces, gente murmurando, mesas pegajosas, y un tango de fondo. Yo hacía durar la cerveza, que comenzaba a entibiarse, con la mirada perdida en los carteles viejos de gaseosa que estaban colgados en la pared.
Tres cosas pasaron al mismo tiempo. El televisor y la música se apagaron. Subió la temperatura, así, de un segundo a otro. Y el bar se quedó a oscuras, por completo. Pero no era un simple corte de electricidad, era distinto, una negrura total que no solo se había llevado la luz, sino a todos los que estaban en el bar. Un pálido círculo de luz cortaba la oscuridad, un círculo que rodeaba difusamente la mesa que yo ocupaba.
Por un instante me pareció ver dos puntos rojos en la negrura, pero desaparecieron en un parpadeo, si es que realmente estuvieron allí en algún momento.
Apareció caminando lento, casi que arrastraba los pies, llevaba un saco largo y una boina negra. Cuando corrió la silla y se sentó frente a mí, pude ver que llevaba barba de un par días, que tenía la piel quemada, roja, como esos chacareros del interior que prácticamente viven al sol. Era imposible atinarle a su edad y lo más llamativo es que todo ese andar cansino que había mostrado para salir de la oscuridad y sentarse en mi mesa, se le disipaba en los ojos. Tenía una mirada inquieta, inteligente, atrevida, que parecía chispear. Daba miedo.
- Ernesto...necesito hablar con vos. Me dijo mientras, sin quitar sus ojos de los míos, me sacaba un cigarrillo del paquete.
-...y vos necesitas hablar conmigo. Completo.
- ¿Y usted quién es? ¿Qué quiere? Admito que intenté parecer áspero y machito pero la voz me salió chiquita, arrugada.
- Ernesto...Comenzó a decirme el extraño, mientras le daba una profunda calada al cigarro. (Cigarro que jamás supe como prendió)
-...si querés te tiro la perorata esa que tiran en todas las películas que aparezco...me llaman de muchas formas, Belcebú, Lucifer, Satanás Jua jua jua. Dijo haciendo una voz profunda y sobreactuada mientras abría los ojos. Los peligrosos ojos.
Sus carcajadas quedaron rebotando entre el silencio y la oscuridad.
Nos quedamos callados mirándonos.
Intentando parecer caliente, pero estando con un cagazo importante, intenté levantarme de la mesa.
- Déjeme de romper las pelot...
Se movió tan rápido que no pude reaccionar. Me agarró las dos manos y me las apoyó en la mesa aplastándomelas con la suyas. Los ojos se le encendieron y se le pusieron rojos tal cual los había visto en la oscuridad, y una lengua verde y viperina se le escapó por entre los labios. El calor en sus manos fue aumentando y el contacto comenzó a quemarme.
- Sentate ahí Ernesto. Ahora su voz se había vuelto más grave y profunda. Soy un tipo ocupado, vos no me rompas las pelotas.
Se me escapó un alarido, sentía que las manos se me incendiaban. Cuando me soltó caí pesadamente sobre la silla. Empapado en sudor y temblando, me mire las marcas profundas y retorcidas que me quedaron en el dorso de las dos manos. La carne viva humeaba. Hoy, ahora, mientras escribo, veo las cicatrices.
- Ahora escúchame Ernesto. Continúo volviéndose a sentar y teniendo otra vez el cigarrillo entre los labios.
- Necesito que hagamos un trato, un acuerdo, y tiene que ver con el club de tus amores.
- ¿Con River? No…no entiendo. Tartamudeé mientras las manos me seguían temblando.
- Si exactamente con River, como vos bien sabes está en un momento delicado, y acerca de eso es que te quiero hablar.
Me sentía aturdido por todo pero aun así creí entenderlo todo en ese instante:
- Vos lo podes salvar. Le dije con un patético tono tembloroso. - Vos querés mi alma...y lo salvas.
Él me sostuvo la mirada, le dio otra profunda calada a ese cigarrillo eterno, saboreó, y sonrió entre el humo.
- No. Afirmó. Sé y entiendo que eso es lo primero que te podes imaginar. Pero no. Es...diferente... el arreglo que te quiero ofrecer. River va a descender, eso es así, si vos no querés colaborar… otro lo hará, pero River se va a ir a la B. Otros viejos acuerdos así lo marcan y además, convengamos una cosa Ernesto, han hecho absolutamente todo lo necesario para que esto pase… aún sin mi participación.
- Pero entonces no entiendo... ¿qué trato podemos hacer? ¿Yo qué tengo que ver? Pregunté.
Él tomó la botella de cerveza y me llenó el vaso. Prácticamente me lo puso en la mano y me sorprendí cuando sentí lo helada que estaba. En dos tragos lo vacié y puedo jurar que nunca tomé una cerveza más rica que esa. Me ayudó a tranquilizarme.
- Verás Ernesto. Prosiguió cuando dejé el vaso vacío en la mesa. Ninguna de las obras más grandes que yo he realizado en la historia de la humanidad pude realizarla solo. No funciona así, y te estoy hablando de cosas grandes, grandes de verdad, malas de verdad. Todo lo malo que sucede en la vida, en la historia, es porque alguien así lo quiso, y porque ese alguien estaba dispuesto a pagar un precio para que dicha cosa suceda.
Yo soy el que realiza la transacción. El que cumple el deseo, pero también, el que cobra el precio acordado. Algo así como una estrella fugaz, corrupta pero garantida jajá, ¿me explico?
No pude contestar rápido. La cabeza me daba vueltas y no sabía qué decir. De reflejo miré el vaso, otra vez estaba lleno. Quizás el diablo me quisiese emborrachar, y yo no estaba muy sólido en mi defensa.
- Pero yo no voy a aceptar. ¿Por qué le daría yo la posibilidad que usted descienda a River? Ni loco, lléveme al infierno si quiere. Le contesté envalentonado por el alcohol.
- Pará Ernesto pará...que todavía no escuchaste la segunda parte...no escuchaste tu parte Ernestito. Y además…tené cuidado con lo que decís… Dijo mientras me mostraba las palmas de sus manos como llamando a la calma. Vos me vas a dejar a mí que dentro de dos días River empate en el monumental y se vaya al descenso. Vos, en representación de tu raza, me vas a dar el permiso para que yo, nuevamente interceda en la vida de este mundo.
River va a descender y será el peor momento de su historia, una catástrofe que casi nadie jamás se había atrevido a imaginar. Será el infierno donde se pagaran todos sus pecados cometidos y donde las mayores miserias saldrán a la superficie para que todo el mundo las vea...y los juzgue. La burla y la humillación de los rivales parecerá eterna, la tristeza parecerá adherida al corazón de cada uno de ustedes, los hinchas de River. Pero como te decía recién, yo realizo transacciones, acuerdos, tratos, y en cada trato hay algo que se da, y hay algo que se recibe. En contraparte al permiso que me permita desatar ese caos, yo te ofrezco la redención. La redención y más. Pasaran algo más de siete años, siete años donde día a día heridas sanaran, personajes míticos nacerán y se desarrollarán, para protagonizar gestas épicas que desembocaran en la gloria absoluta. La gloria eterna de la cual no puedo darte más detalles, pero puedo asegurarte borrará cualquier mancha, vestigio o cicatriz de la tragedia que sucederá dentro de dos días.
No sé si era su capacidad de oratoria, o algún poder extrasensorial con el que él contaba, o quizás su cerveza, pero en ningún momento dudé de sus palabras. Jamás se me pasó por la cabeza que podría estar siendo engañado, que quizás yo aceptaba aquel acuerdo y nunca se cumplía aquella segunda parte a mi favor...y el de todos los riverplatenses. Se me perdió la mirada en la oscuridad sopesando toda aquella información. Jamás sabré si lo imaginé, o si realmente fue aquella criatura frente a mí la que mutó y cambió de forma. Pero vi, nítidamente, la imagen de mi viejo, Dios lo tenga en la gloria, con el lápiz chato de carpintero en la oreja y los lentes sostenidos en la punta de la nariz.
- La pregunta que te tenés que hacer siempre Ernesto, cuando tengas que tomar una decisión importante, es si realmente, sea lo que sea… ¿vale la pena? Afirmaba el viejo con su voz afónica.
Cerré los ojos, no sé si diez segundos, un minuto o media hora, pero un millón de imágenes pasaron como un desfile por mi cerebro. La primera vez en la cancha, Enzo, Orteguita, el tricampeonato, el obelisco, la libertadores, las lágrimas por la intercontinental, el choripán, las canciones, la vida...toda rojo y blanco.
Abrí los ojos y él estaba de pie al lado de la mesa. Parecía más alto, largo, gigante.
-No tengo más tiempo Ernesto.
Yo también me puse de pie, me sentí pequeño, débil e insignificante.
Dubitativo, y aun tembloroso, extendí mi mano y lo dije:
- Acepto.
Un instante después de estrechar mi maltrecha mano desapareció, no sin antes permitirme ver su media sonrisa y sus ojos de fuego.
La luz volvió al bar, y pareció que el tiempo no hubiese seguido su curso, como si todo hubiese sido un paréntesis. Volvió el murmullo y el tango de fondo, el televisor se encendió otra vez. Lo único que evidenciaba la reciente presencia del demonio en aquel lugar, era la silla corrida frente a mí, y el manto frío de angustia que me recorría el cuerpo y me envolvía los huesos. Las marcas de mis manos tampoco habían desaparecido, y aun ardían.
***
Lo que pasó después no creo que haga falta que yo se los relate acá, todos lo saben, todos lo vieron, muchos los sufrieron. Solo puedo decir que la descripción de sentimientos y situaciones que el Diablo había adelantado aquella noche en el bar fue perfecta, dolorosa y precisa.
Con respecto a mí, la desdicha me ganó la batalla y cada día que pasaba la culpa se adueñaba de mí cuerpo. Inmediatamente nuestro descenso fue consumado, comencé a sentirme el único y absoluto responsable de lo que había pasado. Me había convertido en el verdugo de mi propia pasión, del club de mis amores, de los colores de mi vida. Ahora sí, sentía que aquel diablo hijo de puta me había engañado, transformándome así en su socio perfecto para que el Club más grande de la Argentina estuviese pasando el peor momento de su historia. Y todo, absolutamente todo, por mi culpa.
Nunca le conté a nadie lo sucedido.
A lo largo de los años volví a verlo cuatro veces, tres de ellas fueron por televisión.
La primera fue aquel mismo fatídico día del descenso. Yo no fui finalmente a la cancha, me quedé en casa, sabiendo lo que tristemente sucedería, y aferrándome al consuelo de que yo, por lo menos sabía que dentro de algo más de siete años llegaría la gloria eterna.
Cuando vi tanto dolor, tanto sufrimiento, tanta tristeza, se me volvió a aparecer la voz del viejo preguntándome ¿Vale la pena? Viendo los incidentes posteriores por tv, mientras me secaba las lágrimas, lo primero que sentí fue un ardor leve en las cicatrices de mis manos, y ahí si lo vi, en medio de los incidentes, encapuchado, con su media sonrisa y sus ojos como brasas, no se movía, miraba la cámara, me miraba directo a mí, y creo que era yo el único que podía verlo. Las cicatrices me ardían mientras el resto del cuerpo se me helaba.
Como dije anteriormente todos saben cómo continuó la historia. La tristeza y la desazón dejaron lugar a la locura de la gente llenando todas las canchas en la B Nacional, el Ascenso, Almeyda, Cavenaghi, el Chori, Trezeguet, Ramón, la vuelta, el campeonato. Y yo, poco a poco volvía a vivir, volvía a creer de que quizás aquel acuerdo si era real, quizás ese diablo hijo de puta no me había estafado, quizás la redención si podía existir para mi amado River Plate, aunque el camino debía ser largo aún... y el fantasma de la B nos perseguía siempre, y la mancha que no se borraría jamás.
Y llegó Napoleón, el muñeco, y Poncio y la Sudamericana, eliminando a ellos, al clásico rival a los que nunca nombrare en esta narración. Y el gas pimienta, y la Libertadores, y las Copas Argentinas. El pueblo riverplatense volvió a vivir, y a ser feliz, pero yo sabía que algo faltaba, que aquella vieja herida, aún supuraba, y seguía siendo mortal. Tuve una esperanza cuando llegó el año 2018 y tuvimos la Supercopa en Mendoza. Ya casi se habían cumplido los siete años, era una final, y nada más y nada menos que contra ellos. Después de como cincuenta años, una final contra ellos... ¡es ahora! pensé... quizás solo cometió un error de cálculo, algo con las fechas.
La ganamos, el Pity y Scocco, y fuimos felices, inmensamente felices, pero mientras todos festejaban, yo sabía, muy en mi interior, que no alcanzaba, que no era suficiente, y no me imaginaba, realmente, otra oportunidad mejor que aquella para lograr la gloria eterna que el Diablo me había prometido, y enterrar así por siempre, aquel agotador fantasma.
Y la oportunidad llegó. Por primera vez en la historia nos encontrábamos con ellos en una final de Copa Libertadores. Habían pasado ya más de siete años, y me di cuenta, que de esto, exactamente de esto, era de lo que hablaba el Diablo.
Decidí no ir a la cancha. Pasase lo que pasase, fuese el resultado que fuese, yo no podría resistirlo. Estaba a punto de convertirme en el benefactor del acuerdo más grande de la historia del deporte argentino, o en la víctima de la estafa más dolorosa, porque si el muchacho de abajo no cumplía, si aquel Demonio hijo de puta me estafaba, dale por seguro de que de esta sí, que no nos levantábamos nunca más.
El sábado 10 de Noviembre del 2018 me senté solo en mi casa frente al televisor. No viene al caso, pero déjenme contarles que a los largo de estos años, entre mi alcoholismo, mi depresión y mi paranoia, perdí casi todo lo que tenía, incluida Silvina, mi señora. De la oficina me echaron en el 2012, no iba casi nunca y cuando lo hacía llegaba tarde, mugriento, y encima me sentaba, absorto, a mirar la pared. Aquel acuerdo, se cumpliera o no, a mí ya me había salido carísimo.
Y esa fue la segunda vez que lo volví a ver, otra vez a través de una pantalla. El hijo de puta se reía a carcajadas, y bailaba bajo el aguacero que azotaba la ciudad, y suspendía el partido.
Y tenía puesta la camiseta de ellos.
Pasó el Domingo, 2 a 2, y Armani en el final. Jugamos mejor que ellos. Estaba todo dado, en nuestra casa, en el Monumental, no podíamos fallar, era nuestra cita con la historia, con la historia más grande del fútbol mundial. Finalmente aquella gloria eterna estaba ahí, cerquita, al alcance de la mano. Jamás nos volverían a cargar, pasaríamos a ser nosotros los que a partir de ahora podríamos zanjar cualquier conversación diciendo "yo te gané la final de la Libertadores" "el partido más importante de la historia" "la final del mundo", como le decían los periodistas.
Pasé esos quince días borracho, tirado en mi casa comiendo sobras o lo que me alcanzaba algún vecino.
- Ay Ernesto. Me dijo la vieja Elsa, el día que me llevó unos canelones. ¿Cuál será el veneno que se te metió adentro?
El sábado 24, el día del partido fue cuando volví a verlo. Los programas de tv no paraban de mostrar las imágenes de la agresión al micro de ellos, y los piedrazos que habían lastimado a los jugadores.
A un lado, algo escondido, pero cerca de los agresores otra vez estaba él, otra vez reía y miraba a la cámara sin inmutarse, otra vez me miraba, me veía, y se reía de mí.
Y para colmo, esta vez, tenía la camiseta nuestra.
Tuve la certeza, que ese Diablo hijo de puta me había cagado. Los programas se llenaban de noticias de todo tipo, verdaderas, falsas, inventadas y tendenciosas.
No solo perdíamos nuestra oportunidad de recuperar lo que tanto tiempo había parecido irrecuperable, sino que ahora éramos acusados de violentos, de incapaces, de energúmenos, de "tirapiedras".
Esa tarde y todo el día domingo no pude separarme de un par de cartones de vino rancio que no recuerdo bien de donde había robado.
***
Es Martes 27 de Noviembre. Llevo más de veinticuatro horas caminando sin sentido por las calles de la ciudad, hasta que por azar, o inconsciencia, escribo esto en la misma mesa del bar en donde cerré el pacto más nefasto que un hincha hecho y derecho pueda hacer.
En el fondo, en otra mesa, está él, me mira de reojo y sonríe, aunque no deja de hablar con quien tiene enfrente, creo que está haciendo negocios. Ni se me ocurre levantarme y buscarlo. Me digo que es resignación, pero en verdad, le sigo teniendo miedo.
Ellos pidieron los puntos y parece que el partido jamás se jugará, tienen todos los contactos para que esto sea así, ganarnos en el escritorio, y de esa forma quedarse con lo que supuestamente seria nuestro. Tengo el corazón reventado.
He sido estafado, y el dolor es insoportable, pero eso igual no le importa a nadie. Quiero y debo ser recordado como el mayor traidor de la historia del Club Atlético River Plate, responsable único y directo de la mayor de sus tragedias.
Sé que no vale nada, pero a todos los hinchas de River les pido mi más sinceras disculpas.
Y me pregunto, como dice el tango…
“si en este baile de acuerdos eternos, de almas y trampas, de ratas y máscaras,
¿No seremos siempre los mismos giles los que perdemos?
Muchas, y tantas veces sin saberlo, contra el mismo altivo hampón
que ríe en la oscuridad”
NOTA: ESTE MANUSCRITO FUE ENCONTRADO EL DIA MIÉRCOLES 28 DE NOVIEMBRE AL LADO DEL CUERPO SIN VIDA DE ERNESTO GUIERREZ (34 AÑOS) A LAS AFUERAS DEL ESTADIO MONUMENTAL.
ERNESTO PERDIÓ LA VIDA TRAS DISPARARSE EN EL CORAZÓN.
FALLECIÓ CON LA CAMISETA DE SU CLUB PUESTA, NUNCA SE ENTERÓ, DE QUE FINALMENTE EL SEGUNDO PARTIDO DE LA FINAL SE JUGÓ, DE QUE FUE EN ESPAÑA, EN EL SANTIAGO BERNABEU, Y DE QUE RIVER LE GANÓ A BOCA POR 3 A 1 EN EL ALARGUE, DESPUES DE IR PERDIENDO 1 A 0, OBTENIENDO ASÍ, LA GLORIA MÁS GRANDE DE SU ILUSTRE Y RICA HISTORIA.
FIN
Te puede interesar...










