La apasionante historia del belga que llegó sin nada y fue el impulsor del Cerro Bayo

Jean Pierre Raemdonck. Un joven intrépido y aventurero vino de Europa en barco a principios de los 60 para recorrer el continente en moto. Al llegar a Argentina, un amigo le mostró diapositivas de La Angostura y eligió su lugar en el mundo. Allí fue pionero incansable y creador del famoso centro de esquí.

Por Melisa Reinhold - Especial

Nadie lo esperaba tan pronto. El cartel de meta ni siquiera había sido colocado cuando Jean Pierre Raemdonck apareció con su moto a toda velocidad. Lleno de polvo y con una sonrisa victoriosa, fue recibido entre gritos y aplausos. Algunos espectadores se miraron entre sí. ¿Y el gobernador de Osorno? ¿Dónde está para recibirlo? Alguien comentó que seguía en su casa, que todavía se estaba afeitando.

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En ese abril de 1966 Jean Pierre se consagró campeón de la primera carrera de motos entre Villa La Angostura y Osorno. Habían sido 185 kilómetros de pura aventura. Los corredores debieron cruzar la Cordillera de los Andes atravesando sus ríos, esquivando las ramas de los árboles y deslizándose con dificultad cuando el suelo se volvía inestable por la arena volcánica. La ruta internacional todavía se encontraba en construcción. Por lo que, con todos aquellos obstáculos por delante, se había estimado que el primer corredor tardaría por lo menos tres horas en llegar a la ciudad chilena. Pero Jean Pierre logró superar las expectativas y llegó en dos horas y 11 minutos.

“Llegué una hora antes de lo que esperaban. Y eso que tuve que hacer una pequeña parada en la aduana de Chile porque había que mostrar el pasaporte. Para los chicos era como alguien de otro planeta. Para la juventud local yo era un verdadero Dios de la velocidad”, comenta 53 años después aquel corredor entre risas, mientras recuerda su increíble pasado en su casa de La Angostura.

No era de extrañar que ganara la carrera. Ya había participado de varias competencias durante su juventud en Bélgica, y cuando se instaló en el sur, fue quien dio a conocer el deporte en la región y organizó las primeras carreras. También había recorrido con su moto el Continente Americano en toda su extensión, pese a la falta de caminos y puentes. Incluso hoy en día es considerado un pionero del motocross y el enduro argentino.

Pero aunque su habilidad sobre dos ruedas lo convirtió en un personaje destacable, Jean Pierre es más conocido en Villa La Angostura por haber conseguido una hazaña que torció el destino del pueblo: convencer a todos sus habitantes de que en el Cerro Bayo tenía que haber un centro de esquí.

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Saludando al Gobernador de Osorno luego de la carrera

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Mientras cuenta su historia, el acento que lleva en el habla lo delata forastero de estas tierras. Jean Pierre nació en Duinbergen, un pueblito costero de Bélgica, pero sus primeros recuerdos de vida transcurren en la granja familiar de una familia amiga. Sus padres lo enviaron allí para que esté más seguro: la Segunda Guerra Mundial ya había estallado en Europa.

Del conflicto bélico recuerda poco. Las oraciones familiares mientras los primeros misiles (V1 y V2) sobrevolaban el aire o algún que otro bombardeo que hizo estallar los vidrios de su casa. En cambio, las memorias que comienzan a salir a borbotones de su cabeza son todas aquellas que tienen a la velocidad como protagonista. Como cuando con sus compañeros de barrio fabricaban pequeños autos de carrera para tirarse por las empinadas calles de Bruselas; o cuando a sus 15 años aprendió a adaptar las motos de calle para competir en trial y motocross.

Hizo el servicio militar e intentó varias profesiones, ninguna con mucho éxito. Por eso, con su alma aventurera y la energía de un joven de 22 años, junto a su amigo Charles Decorte anunciaron que habían decidido partir: viajarían desde los Estados Unidos hasta la Argentina en moto.

Algunos se les rieron por ese proyecto, otros simplemente no entendían muy bien lo que querían hacer. Ni siquiera los funcionarios encargados de otorgarles la visa para poder entrar a los países centroamericanos les creían del todo. ¿Quién iba de vacaciones a esos lugares? Por aquellas décadas, todo lo que había por debajo de los Estados Unidos eran países abandonados a su suerte, infestados de mosquitos succionadores de sangre y ladrones de rutas que esperaban con ansias la llegada de viajeros intrépidos como ellos.

Nada los detuvo. Y a principios de los años 60 desembarcaron del “Liberty Ship” en el puerto de Norfolk, Estados Unidos. En su viaje, anduvieron por caminos que se encontraban apenas trazados y aprendieron que ningún clima era muy conveniente. Si llovía, la tierra se volvía pantanosa y de vez en cuando se quedaban encajados en el barro. En cambio, si el sol salía, sus rayos los azotaban y la única protección que tenían era la nube de polvo que los envolvía. Tampoco había puentes. Los ríos los cruzaban a pie, arrastrando la moto a través de la corriente.

Un año después, finalmente llegaron a la Argentina. Se hospedaron en la estancia familiar de un ex compañero de la infancia que se había mudado hasta esas lejanas latitudes. En su estadía Jean Pierre conoció a los gauchos y quedó deslumbrado con las grandes extensiones de tierras. Aprendió que los caballos no eran tan fáciles de montar como su moto. Incluso recuerda que la primera comida que probó fue "el bife del pobre”. Y le encantó.

Pese que había conocido muchísimos países, culturas, climas y paisajes diferentes en esos últimos años, no fue hasta que el anfitrión de la casa le mostró diapositivas de Villa La Angostura que quedó boquiabierto. No sabía que existía un lugar así en la Argentina. En ese momento no lo supo, pero acababa de encontrar su lugar en el mundo.

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En su viaje por la Panamericana

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Angostura tenía poco más de 600 habitantes cuando Jean Pierre decidió quedarse a vivir en el pueblo sureño. La vida era tranquila, todos se conocían entre sí y ningún trabajo era muy redituable porque siempre, en el afán de ayudar al vecino, se descuidaban las propias ganancias. Pero mucho no importaba. Con sus últimos ahorros pudo comprarse una casita con costa de lago a cambio de unos pocos dólares.

Mientras seguía en busca de su profesión, trabajó en los más variados rubros. Tuvo una ferretería, también un aserradero, abrió el restaurante “Los tres mosqueteros”, fue camionero, en la temporada de invierno cocinaba waffles en el Cerro Catedral e incluso tuvo un barquito con el que transportaba mercadería por el Nahuel Huapi. “Y también fui concejal, de manera completamente gratuita. Y siempre escuchaba lo mismo: hay que tener un centro de esquí. ¿Y cómo se hace? Decían que había que hablar con el FMI, siempre sueños imposibles. Y nosotros estábamos acá, no sabíamos cómo se esquiaba, no sabíamos lo que era un par de esquíes. Es así como empezamos con esta historia”.

Luego de su experiencia trabajando en el Cerro Catedral había aprendido la importancia de ese deporte invernal para el desarrollo de la zona y quiso replicarlo en Angostura. Siempre a costa de entusiasmo - y de un librito con el que aprendía cómo esquiar en cuña -, convenció a un par de amigos para que lo acompañen los domingos al límite con Chile para tirarse por una pequeña pendiente con unas largas tablas de madera atadas con cinta de cámara de neumáticos.

“El resto de los pobladores nos consideraban como los locos del pueblo cuando nos veían salir bajo las fuertes lluvias invernales. Pero no podían imaginar lo que descubrimos en esta majestuosa Cordillera y mucho menos que éramos los precursores del Club Andino Angostura”, cuenta entre risas.

Si en algún momento alguien realmente los consideró locos, prontamente debe de haber cambiado de idea. Religiosamente siguieron yendo todos los domingos. Tenían que aprovechar la nieve antes de que se derritiera.

Al año siguiente, el invierno lo encontró a Jean Pierre más preparado. Había fabricado un pequeño medio de elevación con un motor eléctrico, una rueda de auto y otra de moto. Aunque seguían esquiando en una pequeña ladera sobre el cruce de Angostura, en términos reales fue la primera inauguración de un centro de esquí en el pueblo, con pases gratis para todos los entusiastas, en donde se realizaron una gran cantidad de bautismos de nieve.

Esa temporada fue espectacular. Se sumaron a la actividad desde los primeros pobladores hasta algunos turistas que se alojaban en Cumelén. Por eso, cuando el sol calentó el suelo y volvió a teñirlo de barro, fue una frustración muy grande para todos. Tendrían que esperar otro año más.

Pero Jean Pierre se negó. Vivían en un lugar rodeado de montañas, tenía que haber otro lugar que siguiese cubierto de aquel polvo blanco. El belga, desesperado, levantó su vista hacia el cielo y encontró lo que buscaba. Tenía que ser el Cerro Bayo. El domingo siguiente lo escalaría.

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Con machete en mano, se fueron abriendo camino a través de la densidad de la vegetación. Las cañas colihues molestaban, pero los tábanos lo hacían todavía más difícil. A mayor altura, la flora iba desapareciendo pero la nieve se acumulaba y les iba ralentizando la caminata. Todos los domingos volvían para trazar el sendero. Hasta que un día, y luego de mucho cansancio, lograron hacer cumbre.

“Era espléndido, no podíamos creer lo que veíamos. Había un panorama único del lago Nahuel Huapi, con la imponente Cordillera ante nuestros ojos. Me daba cuenta que estábamos sentados sobre un tesoro que teníamos que abrir”, cuenta.

El 18 de junio de 1974 se fundó el Club Andino Villa La Angostura. Jean Pierre fue elegido presidente y ejerció su puesto hasta 1984. En la primera reunión propuso la construcción de un refugio a los 1500 metros de altura. No hubo ni una persona que se negara a su idea. Ahora había que poner manos a la obra, tenían que construirlo en los meses restantes a la temporada invernal.

Todo el pueblo hizo su aporte para la construcción del centro de esquí. Incluso los estudiantes subían con la escuela a la montaña y llevaban consigo algo necesario para la construcción del refugio “El Yeti”. Una piedra, clavos, maderas, lo que sea. Aunque en la práctica parecía poco, en términos simbólicos era un montón: todos se habían unido por una misma causa.

Tenían la idea y las ganas. Pero Jean Pierre se dio cuenta de que estaban construyendo sobre burbujas y sueños. Por eso, para formalizar el proyecto, comenzó una búsqueda en catastro para saber a quién le pertenecían aquellos suelos. No sabía si eran de Parques Nacionales, de un privado o si eran tierra de nadie. Y, efectivamente, se encontró con que tenían dueño.

Rápidamente vendió una casita que tenía y viajó hasta Buenos Aires para rogarle al titular de las tierras, un abogado de profesión, que le vendiese las 60 hectáreas que necesitaban para el centro de esquí. Y lo logró. Sea por el encanto del belga, la desesperación que delataba su rostro o por haber entendido la importancia del proyecto, el hombre concretó la transacción.

Con el boleto de compra en mano, Jean Pierre se tomó un taxi hasta la casa de un escribano amigo. El profesional, todavía sin dar crédito a lo que veía, le sugirió que al día siguiente se encontrase con Jorge Tanoira, uno de los fundadores de Cumelén Country Club.

La reunión fue un éxito, todos estaban entusiasmados con la idea. Tanoira le ofreció crear la Asociación Cerro Bayo, en donde cada socio fundador tendría que aportar mil dólares para la financiación del centro de esquí. La idea gustó y, enseguida, aparecieron los primeros 30 aportantes.

Luego de ese viaje, a Jean Pierre nadie le podía borrar la sonrisa de felicidad que tenía pintada en la cara. Tenía las tierras y tenía un respaldo económico. El proyecto se hacía cada vez más real.

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Primer ascenso al Bayo

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Construir un cerro desde cero no es cosa fácil. Fueron muchos años de esfuerzos y sacrificios en los que surgieron imprevistos y ayudas inesperadas. Con el refugio terminado, la pista principal desmontada, un camino de ascenso para llegar hasta la base en camioneta y un telesquí construido por el mismo Jean Pierre, en 1978 se inauguró finalmente la primera temporada invernal.

El trabajo había rendido sus frutos. En solo un par de años, el Bayo ya no era el sueño inalcanzable de un par de locos: se había convertido en uno de los centros de esquí más famosos de la Argentina.

En 2007, Jean Pierre decidió desvincularse de la empresa. Y en 2015 la Municipalidad de Villa La Angostura le otorgó al belga la distinción de ciudadano ilustre por todos sus aportes.

Ahora, con sus 81 años, sigue viviendo en la misma casa de siempre. La que construyó con su esposa Bernadette y en donde tuvieron y criaron a sus tres hijos. Se encuentra sobre una colina llena de flores amarillas y desde sus ventanas se ve al Bayo, quieto, imponente.

Jean Pierre sigue con la misma energía de siempre y anda para todos lados. Solo a veces se toma el tiempo de sentarse para escribir su autobiografía en francés. Su hija Hélène logró convencerlo después de insistirle durante mucho tiempo. A él le gusta citar aquella frase de Gabriel García Márquez que dice: “la vida no es la que vivimos, sino la que recordamos para contarla”.

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Angosturenses subiendo materiales para el refugio con bueyes.

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