La cicatriz es una herida abierta

Mientras existan indultos, pañuelos blancos y nietos sin nombre, no cicatrizará la herida del 24.

Para las nuevas generaciones, 43 años parece demasiado tiempo. El 24 de marzo ya no les representa una herida abierta sino una cicatriz desgastada de la que conocen apenas algunos datos sueltos; una mezcla difusa de terror y pañuelos blancos que parece inconcebible en los tiempos modernos.

Para algunos, volver a marchar un 24 de marzo es un intento fútil de remover una herida vieja, cuando a la vida democrática la atacan problemas más urgentes. Para las víctimas, repetir otra vez su historia es un proceso demasiado doloroso al que preferirían enterrar para siempre.

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¿Por qué recordar, otra vez, el pánico y el encierro? ¿Los golpes, los manoseos, la electricidad que les recorría el cuerpo? ¿Por qué revivir, 43 años después, una violencia y una tortura tan extremas que no parecen ciertas?

Por eso. Porque son ciertas. Porque fueron posibles. Porque no son inconcebibles en los tiempos modernos. Porque no deberían repetirse nunca más y es necesario recordarlas para evitarlas para siempre.

Las propias Madres de Plaza de Mayo se olvidan de sus bastones y sus arrugas para marchar hoy con el mismo ímpetu que las llevó a enfrentar el terror 43 años atrás, cuando no imploraban por memoria sino por respuestas.

No importa cuántos años nos separen de la última dictadura militar; cada marcha del 24 de marzo es absolutamente necesaria para mantener presente la cicatriz de una herida que está abierta y lo estará mientras existan indultos, nietos sin nombre y pañuelos blancos, que giran en círculos para sostener en pie una democracia que a veces damos por sentada.

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