La historia oculta del cadáver de Evita
Por PAULA BISTAGNINO
El 26 de julio de 1952 a las 20.25 se anunció por radio el fallecimiento de la Jefa Espiritual de la Nación. A los 33 años, víctima del cáncer, y en el momento de máximo reconocimiento popular, moría Eva Duarte de Perón y la Argentina peronista se sumergía en un profundo duelo.
Se ordenaron dos semanas de funerales y el presidente y viudo, Juan Domingo Perón, contrató al reconocido anatomista español Pedro Ara para que embalsame el cuerpo. Luego, el féretro fue depositado en el segundo piso de la sede de la CGT, a la espera de la futura construcción de un mausoleo que nunca se llegó a concretar.
Allí estuvo más de tres años, hasta que la noche del 23 de noviembre de 1955, dos meses después de la Revolución Libertadora que derrocó a Perón, un comando militar ordenado por el gobierno de facto ingresó en la central obrera y lo secuestró.
“Lo que pasó a partir de ese momento siempre fue un misterio, alimentado por versiones que mezclaban ficción y realidad. Yo me propuse justamente desentrañar cómo y por qué un sector de la Iglesia argentina con la autorización del Vaticano ayudó a los militares a ocultar el cuerpo durante 14 años, desde que en 1957 lo sacan del país hasta que en 1971 se lo devuelven a Perón, en Puerta de Hierro”, explica Sergio Rubín, periodista dedicado a los temas religiosos, en especial a la Iglesia Católica, y autor de "Secreto de confesión" (Ediciones B), el libro en el que ha volcado años de investigación.
Para ello, viajó al Vaticano, visitó el cementerio de Milán en el que estuvo enterrado el cuerpo y entrevistó, entre muchos de los protagonistas de la historia, al sacerdote que participó del operativo de devolución. También, fruto de la investigación original que realizó bajo las directivas de María Seoane junto a otros periodistas para el Suplemento Zona de Clarín en 1997, accedió a los archivos del Ejército y al testimonio del suboficial de inteligencia que llevó el cuerpo a Italia. “Este operativo fue uno de los secretos mejor guardados de la historia argentina. Pero además es una historia con ribetes novelescos y disparatados, que sólo puede comprenderse si uno se sitúa en el contexto político de ese momento histórico”.
¿Cómo fue el operativo de secuestro del cadáver?
Un comando militar al mando del jefe del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE), el teniente coronel Moori Koenig ingresa de noche en la sede de la CGT. La central obrera estaba por entonces intervenida y al frente se encontraba el capitán de Navío Alberto Patrón Laplacette. Koenig se dirige directamente al segundo piso, donde estaba el féretro. Allí se encontraba Ara, que aún realizaba tareas de conservación en el cuerpo, y presenció el operativo sin ofrecer la menor resistencia, aunque era evidente su pavura por la suerte del cuerpo. El oficial avanzó sobre el féretro, que estaba abierto, miró a la muerta con desprecio, le quitó el rosario que llevaba entre las manos y, con la ayuda de cuatro obreros que estaban en el edificio, cargó el ataúd en el camión y se fue a gran velocidad. Así de simple.
¿Qué sucede con el cuerpo hasta que se logra sacarlo del país?
Lo que está comprobado es que, tal como se ya se sabía, hasta que fue sacado del país, el cuerpo estuvo dando vueltas por varios lados, de lo más insólitos: estuvo en el SIE, detrás de la pantalla de un cine, y en el altillo de la casa del mayor (Eduardo) Arandía. Una de las cosas novelescas tiene que ver con Arandía. Una noche escuchó ruidos y, creyendo que eran los peronistas que venían a llevarse el cuerpo, empezó a los tiros dentro de su propia casa y, por accidente, mató a su mujer embarazada. Y también está la historia de Koenig, que parece que se había vuelto loco y manoseaba y maltrataba al cuerpo. Ahí es cuando, enterado de esto, Aramburu ordena que se lo saquen a Koenig y empieza a pensar en una salida.
No se termina de entender por qué roban el cadáver y por qué luego quieren mantenerlo secuestrado fuera del país en lugar de, por ejemplo, destruirlo.
Son dos cuestiones y las dos deben ser analizadas en el marco de aquel contexto histórico. Robar el cadáver había significado birlarle al peronismo su principal bandera. Y los militares estaban paranoicos por el temor de que los peronistas lo recuperaran y utilizaran para iniciar una contrarrevolución. Pero además, esto explica la segunda cuestión, tanto (Eduardo) Lonardi, como después Aramburu, ninguno de los dos quería que se destruyera el cuerpo. Y ese riesgo se corría mientras estuviera en la Argentina porque la Armada quería quemarlo. Ellos decían que como buenos católicos, debían garantizar que tuviera cristiana sepultura. Esto hoy, luego de pasar por la dictadura militar y saber cómo se ha desaparecido a miles de personas, puede sonar increíble, pero entonces no lo era. En esa época, la Iglesia prohibía absolutamente la cremación de los cuerpos. Y esta obsesión con la preservación del cadáver, luego de asegurarse que los peronistas no tendrían acceso a él, es la que funciona como telón de fondo de todo el plan.
Sin embargo, quien diseña el plan para llevarlo a Italia es Alejandro Lanusse.
Claro, pero lo hace para complacerlo a Aramburu, a quien admiraba mucho, y sabía que él estaba preocupado por el tema. La idea surge en una charla informal de Lanusse con el capellán del Regimiento de Granaderos a caballo, que es dónde él estaba. El capellán era el padre Francisco Rotger, que era muy amigo de Lanusse, incluso lo había casado. Un día, tomando mate, se les ocurre esto de llevar el cuerpo a Milán con un nombre falso y ocultarlo allá al cuidado de la orden religiosa a la que pertenecía el padre Rotger, que era la Compañía de San Pablo. E increíblemente, esa idea termina prosperando y se concreta. Una vez aceptada en las altas esferas, lo echan a Koenig y, en su lugar, asume el coronel Héctor Cabanillas, que es el encargado de implementar todo el operativo.
¿Cuándo y por qué la Iglesia se involucra?
Una vez que se aprueba ese operativo, el padre Rotger viaja a Italia para arreglar cómo sería todo con el superior de su orden, Giovanni Penco. En realidad no es toda la Iglesia, ni siquiera el episcopado argentino, quien se involucra. Es la superioridad de una congregación. Y el argumento oficial de esto es lo que objetivamente pasó: evitar que se destruya el cuerpo porque ese era un acto anticristiano. Ellos estaban convencidos de que no podían dárselo a los peronistas porque eso acabaría con la paz social. Hay que aclarar que buena parte de la Iglesia argentina y la mayoría de los católicos de las clases medias y altas apoyaban a los militares. Y también aclaro que si bien objetivamente cedió lo que ellos decían, que era la preservación del cuerpo, la madre de Eva Perón se murió sin saber dónde estaba el cuerpo de su hija, tres meses antes de la devolución.
Usted dice que el papa Pío XII da su aprobación al operativo de ocultamiento, ¿cuál era el interés del Vaticano para comprometerse en un acto semejante?
Me llevó mucho tiempo desentrañar cómo fue lo de Pío XII, porque fue algo muy secreto. El tema es que a Penco, el superior de la Compañía de San Pablo le pesaba mucho hacer semejante cosa sin el conocimiento del Papa. Entonces se lo comenta. Pero no para pedirle una aprobación, sino para que lo supiera. Y le da el argumento de que se trataba de un gesto humanitario para preservar un cuerpo y para bajar la conflictividad en la Argentina. No fue algo formal. Es decir que no se firmó un expediente ni se pidió un decreto de autorización. De todas maneras, es lo mismo, porque lo cierto es que lo supo y no lo impidió.
¿Cómo salió el cuerpo de Argentina?
Lo mandan en un buque de los famosos Conte, que iban y volvían a Génova llevando y trayendo pasajeros y carga. Había tres que hacían esta ruta. Lo suben al Conte Biancamano con el nombre falso de María Maggi de Magistris e inventan que era una italiana que había emigrado a la Argentina, que había muerto en Rosario en un accidente automovilístico y que su último deseo era descansar en su tierra natal, Milán. Todo un gran verso. Para custodiar el féretro va el suboficial Manuel Sorolla, que tiene la misión de mirarlo a la distancia. Y también el Teniente Coronel Hamilton Díaz, que va como falso hermano de la muerta. En Génova los estaba esperando Penco. Desde ahí, lo llevan por tierra hasta Milán en una furgoneta de golosinas. La entierran en un cementerio muy popular, que sería como la Chacarita de acá. Y allí queda durante 14 años, hasta que se decide devolverlo.
¿Cuándo se entera Perón de todo?
Perón tenía sus sospechas de que la Iglesia podía tener algo que ver, porque esta versión ya había empezado a circular. Y varios peronistas históricos a los que entrevisté me dijeron que él en algún punto agradeció que el cuerpo se hubiera preservado. Pero lo cierto es que se entera un día antes de la devolución. Porque Lanusse temía algún atentado. Del operativo de devolución, que es en septiembre de 1971, también participa Sorolla, que esta vez hace las veces de falso viudo, y Cabanillas. Exhuman el féretro y lo llevan por tierra otra vez en furgoneta hasta Madrid. Cuando llegan a la frontera de Francia con España, ahí ya los esperaba toda la Guardia Civil, porque el general (Francisco) Franco estaba al tanto del operativo.
¿Por qué deciden devolverlo?
Lo decide Lanusse, ya como presidente de la Nación, en uno de sus primeros gestos para descongelar la relación con el peronismo proscripto. Lanusse quería arreglar con Perón porque lo que en verdad quería era llegar a ser el candidato a presidente con los votos del peronismo en una vuelta a la democracia que ya se preparaba. El gobierno militar no daba para más y estaban buscando una salida democrática.
¿Qué detalles se conocen del momento en el que se le entrega el cuerpo a Perón en Puerta de Hierro?
Muchos, porque hubo varios testigos. Y hay detalles divertidos, como que (José) López Rega estaba en camiseta y quería abrir la tapa del ataúd con un soplete y hasta con una abrelatas para cortar el zinc. Pero, más allá de estas aristas de opereta, fue una ceremonia formal en la que estuvo presente el embajador argentino, el brigadier Jorge Rojas Silveyra, y el sacerdote que sucedió al superior de la Compañía de San Pablo, Giulio Madurini. Además, se firma un acta que decía que el cuerpo estaba en buen estado, básicamente como el doctor Ara lo había dejado. Aunque, según las hermanas de Evita, estaba muy deteriorado. En el momento en el que se abre, López Rega le dice a Perón que no firme porque no era ella. Pero Perón le dice que sí es ella, y firma. Y, en un momento, cuando todo estaba terminando, Perón lo toma del brazo al brigadier Rojas Silveyra, que era un terrible gorila, y van al patio. Y ahí Perón lagrimea. Entonces el embajador se lo hace notar y el responde: “Es que yo fui muy feliz con esa mujer”.


