S i una persona tiene un problema de salud, va al médico. Si una sociedad tiene un problema de salud, tiene la posibilidad de acudir a la ciencia médica o salir a buscar respuestas entre expertos en áreas diversas o basarse en preceptos religiosos o en cualquier chapucero carismático de moda.
La medicina tiene múltiples ramas vinculadas a los virus. Entre ellas debieran estar las mejores respuestas sanitarias frente a una enfermedad altamente contagiosa con mayor poder letal en segmentos determinados de la sociedad. El brote de coronavirus que acecha al mundo generó como respuesta de la medicina la cuarentena compulsiva. Sin vacunas ni tratamientos, el control de daños frente al avance del COVID-19, la enfermedad que provoca la cepa de coronavirus en cuestión es fuertemente dañina para la economía.
El remedio más eficiente, coinciden los sanitaristas del mundo, es el aislamiento de las personas, puesto que el virus se transmite entre humanos. Es un castigo a la vida en sociedad, si se quiere. Aunque esto es sabido, la discusión está abierta: ¿se justifican los costos económicos del aislamiento por las vidas salvadas con esa medida? La respuesta no es unánime.
Algunos se inclinan por despreciar los costos económicos para aminorar la pérdida de vidas, otros se inclinan por despreciar la protección de la vida a costa de la economía o la libertad de circulación. En el medio hay un mundo de matices. ¿Quién tiene razón? Depende quién responda.
Lo cierto es que a esta altura de la pandemia está comprobado que a mayor contención de la circulación, menor es la cantidad de habitantes contagiados y muertos, mientras que los beneficios económicos de lo contrario están por verse todavía.


