“Vengan a la mesa. Hay pan y jugo”, invita una mujer a cuatro chicos, de entre 7 y 10 años, que patean una pelota de goma naranja que luce bastante desinflada. De inmediato, los “futbolistas” dejan de atender el juego y se acomodan junto a otros chicos más pequeños -algunos descalzos y otros con pañales- alrededor de una desvencijada mesa que es colocada en el centro de la casilla armada con maderas, pedazos de lonas de distintos colores y nylon.

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La casilla hace las veces de comedor y merendero en uno de los sectores de la extensa toma de Autovía Norte y Casimiro Gómez donde, según el relevamiento realizado el viernes, unas 2050 familias ocupan desde comienzos de febrero ambos lados de esta avenida que hasta hace poco estaba perdida en el oeste de la ciudad.

Para los ocupantes, la comida es un problema a solucionar todos los días.

Al lugar lo llamaron Ruca Hueney y es uno de los siete comedores que se despliegan a lo largo de esta toma para asistir a las familias que decidieron apostarse en estas tierras a la espera de un lote para tener un lugar donde levantar su vivienda.

merendero casimiro gomez

Ariane Molina, de 25 años, y Patricia Vázquez, de 24, preparan todos los días dentro de la casilla la comida y la merienda con la que asistirán a una gran cantidad de familias. “La idea del comedor se nos ocurrió porque había muchos niños y adultos que estaban en su terrenito y pasaban dos o tres días sin comer”, cuenta a LM Neuquén Ariane, que hasta hace poco vivía con un familiar y hoy se ilusiona con tener un espacio propio. “Vivir de prestado es todo un problema y queremos un lugar propio, un pedazo de tierra donde vivir”, aclara.

Unos diez chicos ocupan la mesa y sus ojos no se desvían de las rodajas de pan que Ariane y Patricia untan con dulce de leche y paté, mientras una mujer que se acercó a colaborar les sirve un jugo de naranja bastante diluido con agua.

Patricia deja de preparar la merienda para amamantar a su hijita de 1 año y medio (tiene otros dos, de 3 y 5 años) y cuenta que el comedor funciona de 12 a 13, pero casi siempre están hasta las 14 “porque es mucha la gente que viene a buscar un poco de comida”.

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Con una sonrisa, mientras no deja de darle el pecho a su hija, menciona parte del “menú” que ofrece el comedor: “Hacemos guiso, estofado, polenta con tuco, fideos; lo hacemos con lo que tengamos disponible, porque desde que está la toma hemos recibido muchas donaciones de gente que viene con su auto, para acá y nos dona fideos, leche, arroz”. Por la tarde reciben a los chicos entre las 17 y 18, y les ofrecen mate cocido, jugo, chocolatada, pan con dulce, tortas fritas.

Ariane dice que los primeros días les daban la merienda a los chicos afuera “porque adentro de la casilla no entraban”. “Pero en los últimos días pudimos ampliarla y ahora entran más”, agrega. Estima que asisten por día entre 30 y 40 chicos.

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Las mujeres no pueden contener su emoción cuando confiesan que son muchos los chicos que se acercan todos los días a pedirles algo para comer. “Los vemos afuera de las casillas saltando, corriendo, jugando y después vienen y nos dicen: ‘Tengo hambre, ¿tenés un poquito de leche o algo para comer?”.

Comenta que cuando la Policía no les dejaba ingresar materiales a la toma, “a escondidas, debajo de una manta, pasamos la cocina y la garrafa”. “Vamos a seguir así hasta el final. Por más que ganemos las tierras no vamos a cerrar el comedor, porque acá hay familias con mucha necesidad”, afirma.

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-> “Había gente que no tenía qué comer”

“Acá había gente que no tenía qué comer, así que con mi marido trajimos una olla grande e hicimos una olla popular”, cuenta Estela bajo el inclemente sol que cae a pleno sobre las casillas construidas con madera, lona y nylon.

La mujer de 43 años llamó a su comedor Caritas Felices y todos los días distribuye la comida que prepara para asistir a los otros comedores.

Aclara que no es una de las que ocuparon los terrenos desde comienzos de febrero, sino que su misión es colaborar con las miles de familias que buscan “un pedazo de tierra para vivir”.

Confiesa que todos la llaman “mamá”. “Los conozco de gurises a muchos de los que hoy tienen una familia y ante la necesidad de una vivienda llegaron hasta acá”, explica. Dice que los comprende en esta necesidad por su propia experiencia. “Yo también fui joven y estuve en esta misma situación que están atravesando ellos ahora”, confía.

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Comenta que la mercadería que tiene para preparar la comida es en su mayoría donada por Cáritas. “Me han bajado una cantidad impresionante de comida como arroz, polenta, fideos, leche, azúcar, ya me han traído varias veces”, precisa. Además, dice que las familias de la misma toma “acercan lo poco que tienen para ayudar a otros”.

Se emociona al recordar la felicidad que tenían los chicos que el domingo pasado jugaban en un pelotero que pusieron a pocos metros de donde prepara la comida. “No sabés la alegría que tenían esos pibes; en tanto, los más grandes jugaron al fútbol”, cuenta la mujer, que no quiere fotos.

Por último, señala que su presencia “no pasa por ayudar a las familias con comida, sino también por conversar mucho con ellos”. “Hago contención porque hay muchos casos de vulnerabilidad, trato de apoyar en lo que puedo. No tengo otro recurso que una palabra, un abrazo, una caricia”, concluye.

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