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La tragedia del Lanín y una historia de amor

El 13 de Octubre de 1990, una cordada de andinistas de San Patricio del Chañar protagonizó uno de los eventos más desafortunados del Lanín. Eduardo Werro fue uno de los sobrevivientes de aquella tragedia que marcó un antes y un después en los trabajos de rescate. Esta es su historia de amor y superación.

Hay momentos cruciales en la vida en los que ese maravilloso sentimiento llamado amor puede convertirse en una fuente de inspiración para salir adelante. Puede ser el motor necesario para no rendirse cuando se está al límite y sin fuerzas. Esta es la historia de Eduardo Werro, uno de los protagonistas de la mayor tragedia registrada en el emblemático territorio del Volcán Lanín, acontecida en la primavera del año 1990. “A mi me salvó el amor”, dice hoy, a 31 años de aquel acontecimiento que cambió su vida para siempre.

El 13 de octubre de 1990, una cordada de andinistas de San Patricio del Chañar protagonizó uno de los eventos más desafortunados del Lanín. Un grupo de 8 personas cayó estrepitosamente por una pendiente en cercanías de Espina del Pescado. Eduardo fue uno de los sobrevivientes de aquella tragedia que marcó un antes y un después en los trabajos de rescate.

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“En ese momento yo estaba enamoradísimo y de novio con Karina, mi actual esposa. Ella me había dado un pañuelo perfumado blanco y que yo lo tenía ahí conmigo pensando en su amor y que me dio la fuerza para aguantar. Me había quedado dormido por el cansancio y los dolores y me desperté y me dije a mi mismo: Tengo que tener fuerza de voluntad, me tengo que sentar y no quedarme acá porque si me dormía era como la muerte blanca. Así que como pude me arrastré hasta la piedra más chica, me senté y entonces me empecé a mover; a calentarme las manos y los pies”, recordó hoy esa decisión que le permitió tener una visión optimista en medio de la caótica situación que estaba sufriendo junto a sus compañeros.

“Si bien estaba en una situación extrema pude llegar a creer que no tenía el derecho de rendirme”, remarcó.

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La tragedia en primera persona

Eduardo Werro sostuvo que la catástrofe de la que fue parte se trató de una situación extrema que lo marcó para siempre y que jamás se hubiera imaginado que le iba a tocar protagonizar. “Fue un accidente pero después hubieron muchas más cosas que empeoraron la situación. El triste suceso fue a las 18 y nos terminaron de rescatar al otro día a las 14. Hay un libro que se llama “Desde el Volcán”, que justo escribió la persona que llegó primero en las tareas de rescate pero había llegado con la información equivocada. Ellos habían llegado con el propósito de guiarnos para bajar pero no esperaban encontrar un panorama bastante complicado y hasta con víctimas fatales”.

Eduardo mencionó que, cuando cayeron, perdieron todas sus pertenencias como mochilas y ropas de abrigo. Recordó que en el momento de la caída muchos llevaban el abrigo en la cintura por el calor que sentían por el sol que reflejaba en la nieve y por el esfuerzo propio de la trepada. “Quedamos con lo puesto después de la caída y más tarde expuestos al frío y al viento blanco”, dijo.

En el relato que hace después de 31 años recuerda cómo fue el principio de la tragedia que enlutó a su entonces pueblo chico de El Chañar. “Era un día lindo cuando partimos. Nosotros subíamos encordados todos, teníamos el arnés con el mosquetón puestos y llevamos una eslinga para en caso de que se caiga uno lo sujetan los otros. Ya habíamos subido la Espina del Pescado y se adelantó el policía enfermero que iba con nosotros en dirección al refugio. A continuación seguimos subiendo en zigzag, en un momento veo que el guía Medina se resbala y empieza a caer. Con mucho reflejo fue el tiempo para poner en práctica mis aprendizajes y agarré bien la piqueta y la clavé en el hielo con todas mis fuerzas y esperé el cimbronazo. La verdad que fue muy fuerte, me arrancó del brazo la cuerda que tenía en la piqueta y empezamos a caer un cerro a toda la velocidad como derrapando”, contó Werro con los ojos cerrados como si estuviera repasando en su mente las dramáticas escenas vividas.

Recordó, además, que “en un momento iba cayendo sentado e intentaba de a poco clavar mis grampones. Cuando al fin pude. salí como volando y sentí como que las rodillas y los tobillos se me salían. Después me enyesaron porque me había cortado los ligamentos y aparentemente, según lo que me contaron los compañeros, choqué con una roca de las tantas que se asomaban en la nieve mientras caíamos. Golpeé la piedra y perdí el conocimiento, cuando desperté ya estábamos detenidos unos lloraban otros gritaban; habíamos perdido todo y era un caos”.

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Conscientes de la realidad que estaban atravesando, Werro contó que, como pudieron, llegaron a una roca grande. “Era del tamaño de una casa chica”, comparó. “El que estaba en mejores condiciones era mi amigo Rubén, el resto estaba igual o peor que yo. Él se encargó del handy y las comunicaciones y se escucha que nos decían que ya venían a rescatarnos para que mantengamos la esperanza y no nos quedáramos quietos”.

En medio de la oscuridad que ya los había abrazado y del reparo del viento, cuenta que algo increíble le sucedió: “Como no podía pararme empecé a tantear a ciegas y toco algo medio blando, la agarro y la acerco y me di cuenta que era una torta frita. Me la comí sin pensarlo, por las dudas de que hiciera falta energía más tarde”, dijo.

“Dios sabe por qué hace las cosas”

A la distancia, Werro reconoce que una de las cosas fundamentales que le ayudaron a sortear esta tragedia fueron sus borcegos. Al respecto, cuenta que cuando armaron el grupo para viajar al Lanín su madre le compró un par de borcegos no muy sofisticados. “Un día le robaron a ella en la vieja terminal de ómnibus en el centro de Neuquén y perdió su compra. Por eso, hoy digo que Dios sabe por qué hace las cosas. Volvimos a ir con mi mamá y esta vez compramos unos borceguíes de alta calidad y fueron los que afortunadamente me ayudaron a mantener calentitos mis pies, cada tanto me friccionaba los pies y las manos para mantener el calor”, aseguró.

En medio de la oscuridad y con toda la angustia de la espera en un determinado momento vio que el guía Medina estaba parado y se desplomaba. Como pudieron, lo acomodaron cerca de la roca, en medio del intenso frío y viento blanco.

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“Más tarde yo le toqué la cara y vi que tenía como un cubo de hielo en el bigote y ahí me di cuenta que había fallecido”, contó con angustia acerca del hombre que habían conocido en Zapala, en un ascenso de un cerro cercano, y que más tarde se sumaría al proyecto de subir al Lanín junto al policía enfermero Aldo Paredes.

Horas de lucha

Mientras pasaban las horas, la angustia y la desesperanza crecían, ya que la ayuda no llegaba. “Veíamos luces que parecían estar cerca pero en realidad estaban muy lejos”, recordó. Por el handy les repetían constantemente que la siguieran peleando, ya que el operativo rescate estaba en camino. “De repente nos dicen que se había suspendido la búsqueda por el mal tiempo y que los militares no iban a poner en riesgo la vida de más hombres. Por suerte los civiles llegaron, y bueno, cuando llegaron ellos dijimos nos salvamos pero igual pasaron muchas más horas y muchas cosas tristes”, relató. “Entre esas cosas me quedó la imagen grabada en la mañana cuando ya había luz. de mirar hacia atrás mío y ver a Ana María que no parpadeaba y con los ojos vidriosos. Lamentablemente, no había aguantado el frío de la noche”, expresó.

Esa noche enfrentaron el frío como pudieron y con lo que tenían: una bolsa de dormir que usaban un rato cada uno. Ya en horas del mediodía, cuando todo parecía perdido, un pequeño helicóptero rompió el silencio y el paisaje del lugar y con maniobras peligrosas logró apenas posarse y empezar a hacer el rescate de cada uno de los andinistas siniestrados. Después llegaron los hospitales, las curaciones y el duelo por la pérdida de las vidas de cuatro compañeros de cordada.

La familia

Eduardo cuenta que su historia de amor comenzó a corta edad. Fue en la primaria donde se enamoraría para toda la vida de Karina Alessandra Velázquez Mirando.

“Estaba en tercer grado de la escuela 273 Carlos Julio Sang cuando llegó una maestra nueva desde San Luis y tenía una hija que era Karina, y yo me enamoré”. Con el tiempo, recuerda que la familia de su primer amor partió hacia otras ciudades como Neuquén y Plottier y ya la veía menos.

“La vi una vez a los 13 años y seguía enamorado, siempre hacía corazoncitos con los nombres de los dos”. Con el tiempo la maestra se volvió a San Luis pero el amor seguía entre ambos porque una amiga en común los comenzó a vincular a los 19 años. “Yo estaba muy enamorado y fui a verla allá y nos pusimos de novios. Me tuve que volver a El Chañar.

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Después le tocaría atravesar momentos de incertidumbre con el accidente pero siempre la sentí cerca mío”, contó. Luego de volver del Lanín, tomó sus maletas y viajó a San Luis a ver a su novia. Al tiempo ella vino a visitarlo y se quedó definitivamente. Terminó sus estudios y se recibió de docente, hoy a punto de jubilarse. En tanto Eduardo se adentró en el mundo comercial y ha tenido distintos emprendimientos como mercados, panadería y actualmente forrajería.

“Para sellar nuestro amor nos casamos y luego fueron llegando los hijos. Tengo tres hijas grandes y Dios nos regaló después un chiquitín que tiene 11 años. De la hija mayor ya tengo tres hermosos nietos”. Los hijos de Eduardo y Karina son Julieta, Macarena, Sofía y Pablo.

Ascenso al Lanín en honor al policía Medina

A principios de noviembre Eduardo Hurtado, miembro de la Mutual Policial neuquina, junto a otros camaradas, emprendió un circuito por el Lanín y el refugio. La intención fue cumplir una promesa de muchos años: poder dejar la placa recordatoria al Cabo Primero Víctor Hugo Medina, quien falleció en la tragedia ocurrida el 13 de octubre de 1990, mientras participaba como guía de un contingente proveniente de San Patricio del Chañar. En el homenaje y reconocimiento estuvieron presentes su viuda, su hija y sus nietos. Según describieron fue un momento emotivo y por sobre todo para pedir memoria para quienes conocen esta historia. La compilación histórica la hizo para imprimir un folleto y dar a conocer el triste suceso. Hurtado contó también que la placa recordatoria del policía fallecido fue empotrada en el Memorial del Volcán Lanín, en un bosque de lengas cerca del inicio de la senda Espina del Pescado. “Es un espacio resguardado por Parques, destinado para estos recordatorios. También está proyectado el Cementerio de las víctimas del Lanín”, contó. En cuanto al suboficial Medina dijo que “el fue uno de los primeros integrantes del GEOP de Zapala, al cual llegamos nosotros en el año 1993. Allí conocimos de su historia y la de su familia”.

En su relato Hurtado cuenta que “el 13 de Octubre de 1990, fue una jornada triste para andinistas, la Policía del Neuquén y familiares del trágico accidente producido en esa fecha en el Volcán Lanín. Ese día, un grupo de nueve personas comenzaron a ascender hacia la cumbre del Volcán Lanín.

El grupo estaba integrado por dos efectivos policiales provenientes de Zapala, Víctor Hugo Medina y Aldo Paredes, siete personas del Chañar Rodolfo Castilla, Alejandra Izaguirre (17), Dalma Pinilla (28), Ana María Muñoz (28), Marisa López (25), Eduardo Werro (20) y Rubén Sepúlveda (21) con el objeto de realizar cumbre en el Volcán Lanín, actividad que estaba planificada en dos etapas.

La primera y única etapa, daba inicio en la Seccional de guardaparques “Río Turbio”, pasando por el bosque, continuando por la senda “Espina del Pescado”, finalizando en el viejo refugio del RIM 26 a 2450 metros sobre el nivel del mar. En ese lugar se descansaría y se pasaría la noche. La segunda etapa, que nunca se desarrolló, era llegar a la cumbre. Las condiciones meteorológicas que se podían observar alrededor y cercanía al Volcán eran favorables.

El primer inconveniente comenzó con un viento leve a moderado y nieve en la base del volcán. El segundo inconveniente ocurrió en la conocida “Espina del Pescado”, donde comenzarían a originarse ráfagas de viento blanco, tomando la decisión de encordarse por seguridad. A medida que iban avanzando los 9 andinistas la visibilidad era muy reducida, Aldo Paredes decidió desencordarse y avanzar solo para identificar un camino seguro. El tercer inconveniente fue que rápidamente este guía perdió al grupo por la baja visibilidad, situación que lo obligó a protegerse en el refugio del RIM 26, ya que era imposible dada las desfavorables condiciones climáticas continuar con la búsqueda.

Cerca de las 18 horas, este grupo de ocho andinistas que continuaron encordados, informan vía equipo de comunicación al grupo de rescatistas de Guardaparques del desbarrancamiento de la cordada que se dirigía al refugio del Volcán Lanín, en el sector Espina del Pescado. Se enviaron patrullas de rescate quienes a horas de la madrugada encontraron al grupo de andinistas accidentado, entre ellos Víctor Hugo Medina y Rodolfo Castilla sin vida y el resto con lesiones graves e hipotermia. El clima en ese momento, descendía a -20 ° aproximadamente, la tormenta de viento blanco aún persistía en el lugar, situación que dificultaba su pronto rescate. Con el pasar de las horas fallecieron Ana María Muñoz y Marisa López, por las heridas y el frío.

Con la llegada de la mañana, arribó al lugar personal y el helicóptero del Ejército Argentino que realizaba maniobras muy arriesgadas para poder evacuar a las víctimas. Los rescatistas y patrullas del ejército continuaban buscando al noveno integrante que aún continuaba desaparecido, quien fue encontrado con vida en el Refugio RIM 26.

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--> ¿Quién era el policía Medina?

Una de las víctimas fatales de esa tragedia era un integrante de las filas de la Policía del Neuquén, el agente Víctor Hugo Medina de 33 años de servicio en el Grupo Especial de Operaciones Policiales de la ciudad de Zapala. Siendo de los primeros efectivos policiales en formar parte de los Grupos Especiales de la Institución, donde se desempeñaba en tareas de montaña, especialidad que había adquirido en el Regimiento de Infantería de Montaña 10 “Teniente General Racedo” de Covunco, perteneciente a la VI Brigada de Montaña, en el cual prestó servicio antes de ingresar a Policía.

Nacido en la capital de Tucumán, el 7 de noviembre del año 1957, esposo de Juliana Fuentes, con quien en ese momento tenía tres hijos pequeños,llamados Guillermina (9 años), Víctor Antonio (4 años) y Betania Tamara ( 1 año). Hoy sus restos se encuentran descansando en el cementerio de la localidad de Zapala, lugar que él mismo escogió en vida.

En este día junto a su familia y camaradas, gracias al grupo de guías Leonardo Lucero, Juan José Muñoz y Hugo Díaz, de Junín de Los Andes y los compañeros Aldo Paredes (sobreviviente de la tragedia), Américo Infante, Simón González, Claudio Sarmiento, Iván Campos y Miguel Puel y contando con la anuencia de personal de Parques, se colocó una placa recordatoria, por el suceso, y por la pérdida de estas vidas, que marcaron el inicio de muchas modificaciones a las regulaciones provinciales, para el acceso a las altas cumbres.

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