Sin muertos, River no quiso jugar y ahora presiona para volver”, disparó ayer muy decepcionado el presidente de Atlético Tucumán, equipo al que debía enfrentar el Millonario poco antes de que la pandemia se hiciera presente con todos sus males en nuestro país.
Es lo que piensan muchos en el fútbol argentino. Ningún interés, sea económico o deportivo, debe prevalecer sobre el sentido común en un tema tan delicado y sensible. La vida está en juego y es el peor momento para regresar a los entrenamientos, como pretenden no solo River sino todos los clubes que disputan la Copa Libertadores a raíz de la fecha establecida por Conmebol de retorno de la competencia (15 de septiembre).
Pero el que debe intervenir ya y parar la pelota para proteger a los futbolistas es el Estado argentino, que tiene la potestad de posponer el regreso de los planteles locales y a la vez el peso suficiente para convencer a Conmebol de que al menos en nuestro territorio las condiciones no están garantizadas.
Suena irracional, ilógico y hasta egoísta que en el tramo de mayor drama y angustia, con cifras realmente alarmantes, se permita que el balón vuelva a rodar o que los indefensos muchachos retomen los entrenamientos. Exponerlos de esa cruel forma.
Así como la postura del Millo pareció sensata y humana, amén de que podría perder puntos por aquel “desplante” y desobedecer a la AFA (el resto jugó la fecha inicial de la Copa de la Superliga), entendemos que ahora el mensaje de las entidades involucradas debe ser otro. Basta con revisar las estadísticas diarias para entender que la vida de las personas vale mucho más que un partido de fútbol y que una Libertadores.


