Estudió y ejerció como maestra jardinera y en los '90 decidió entrar a la congregación.
Neuquén > La hermana Rosita Fátima Villaroel Vergara no esperaba que por su labor frente al Hogar Nuestra Señora de la Misericordia fuera a tener el reconocimiento como “Mujer del año” que le otorgó el lunes el municipio de Neuquén.
“No es solamente darles de comer y vestirlos, que eso puede hacerlo cualquiera, hay que educarlos para que sean personas de bien, para que no tengan rencor, para que sean solidarios, para que vean que así como reciben, también pueden dar”, sostuvo respecto de los quince niños que alberga el hogar que va de los 3 a los 13 años.
“Aquí se empezó a trabajar hace 25 años, recibiendo niñas huérfanas. Eso fue cambiando, ahora son todos chicos con problemas judiciales serios, la mayoría fueron abusadas, prostituidas por las propias madres. Por pobreza no se está ingresando, se los trata de ayudar de otra manera”, dijo.
El tiempo de permanencia en el hogar lo determina la Justicia; han llegado a tener niños durante seis años.
La vocación de la hermana Fátima nació cuando formaba parte del grupo de jóvenes de la iglesia Nuestra Señora de Luján y solían ir al hogar a visitar a los niños. Estudió y ejerció como maestra jardinera y en los años 90 decidió entrar en la congregación, tomó los hábitos y desde hace diez años está al frente de Nuestra Señora de la Misericordia.
“Mi familia es religiosa. Si bien no nos sobraban las cosas, siempre se nos inculcó ayudar al otro. No perder el tiempo en cosas que no sirven sino aprovecharlo, dar y compartir. Ésta es la forma de ayudar, acá es donde debería estar”, comentó a este diario.
Según precisó, tienen firmado un convenio con el Ministerio de Desarrollo Social por el que se les paga una suma mensual de 10 mil pesos para solventar los gastos de diez niños, aunque actualmente albergan a 15.
Como no suelen alcanzar a cubrir todas las necesidades de los niños, siempre reciben ayuda solidaria. Entre los benefactores comentó que "está el grupo de mujeres denominado Ayuntún, que nació con el hogar, la empresa Pollolín, trabajadores de Calf quienes nos compran carne, Topsy con el aporte de mercadería, gente de las chacras nos trae frutas, y una señora que siempre nos compra ropa. Vivimos de la providencia. Muchos nos asisten e incluso los vecinos que traen torta cuando es el cumpleaños de alguno de los chicos”.
Dijo que es doloroso cuando no alcanza la capacidad para recibir a más. Algunos habían ingresado el día anterior, su madre los había abandonado y tres se quedaron. Los niños alojados suelen ser grupos de hermanos de cinco, de cuatro, de tres y de dos.
“La gente que está alrededor ve que lo que uno está haciendo vale la pena. Yo me siento feliz por lo que estoy haciendo. Mi vida consagrada es hermosa, estoy completa. Pero esta parte me da la posibilidad de ser mamá, tengo muchos hijos. Me siento plena, realizada con lo que estoy haciendo. Cada día trabajar más y esforzarse más para que sea mejor”, explicó mientras miraba a los niños jugar a su alrededor.


