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La Mañana cordillera de los andes

Milagro de los Andes: 72 días en la nieve y una enseñanza que perdura 50 años

En 1972, un avión uruguayo cayó en la Cordillera de los Andes con 45 personas a bordo, 16 lograron sobrevivir.

“Hasta que no se te cae el avión no te das cuenta de lo bien que estás. La vida es divina, calentita, por eso yo me decía: ‘Voy a seguir’. Los Andes fue no entregarme nunca, mantener la esperanza aun cuando la realidad te golpea tanto que hasta sentís envidia de los muertos, que ya no sufren. Pero también pensaba en mi madre y le mandaba mensajes por telepatía: ‘Mamá, no llores, estoy vivo’. Porque, en definitiva, lo importante de luchar es por qué lo hacés y no tanto cómo. Los padres, los hijos, la familia, los amigos… eso te lleva adelante”, contó Roberto Canessa.

La Tragedia de Los Andes fue un milagro que dejó 16 sobrevivientes. O el Milagro de los Andes fue una tragedia que dejó 29 muertos. O, en realidad, fue ambas cosas. Una historia digna de Hollywood, con todos los condimentos de un guión atrapante: un avión que se estrella, una gran tragedia que muestra la peor cara de la vida, un grupo de héroes que emerge entre tanta desventura y un final feliz para ellos, después de 72 días de frío, terror y muerte. Sólo que los hechos que ocurrieron entre el 13 de octubre y el 23 de diciembre de 1972, de los que se están cumpliendo 50 años, fueron reales y tan emocionantes como crueles.

Y 16 personas pudieron contarlos, aunque viajaban 45, cinco tripulantes y 40 pasajeros, casi todos jugadores del equipo de rugby uruguayo Old Christians Club que iban a jugar a Santiago de Chile, más familiares y allegados. Solo una persona, una mujer llamada Graziela Gumila de Mariani, no tenía nada que ver con el resto de los pasajeros: compró su lugar unas horas antes de partir desde Montevideo, porque un invitado al vuelo no pudo viajar y ella aprovechó la oportunidad del asiento vacante para poder llegar antes al casamiento de su hija del otro lado de la cordillera.

El avión era un pequeño bimotor propiedad de la Fuerza Aérea de Uruguay (Fairchild FH-227) que el club había alquilado especialmente para este viaje que comenzó el 12 de octubre con un inesperado impasse por mal tiempo, lo que llevó al piloto a un aterrizaje en Mendoza, donde pasaron la noche cobijados por la comodidad de un hotel y con un plato de comida caliente en la mesa. En los siguientes 72 días, la profundidad de la Cordillera de Los Andes, donde cayó la nave, les cambiaría por completo la escenografía.

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Un error de cálculo del copiloto, el Teniente Coronel Dante Lagurara (al mando al momento del accidente), provocó que la nave golpeara contra uno de los picos montañosos y se precipitara a tierra. La falla estratégica consistió en comenzar a descender antes de lo previsto, debido a que había tomado una ruta aérea (para unir Mendoza y Santiago de Chile) que no le era tan conocida, llamada “El Paso del Planchón”, pero que podía presumirse más sencilla para el tamaño y potencia del Fairchild FH-227.

Cuando bajaron las revoluciones de los motores y comenzó el (inapropiado) descenso, por las ventanillas no se veían más que montañas nevadas. La turbulencia, que en un principio hizo bromear a los jóvenes rugbiers, derivó en una abrupta caída producto de un pozo de aire que ya no causó gracia. El resto fueron gritos de pánico, ruidos de hierros que se golpeaban y un sonoro crujir que dio la sensación de que el avión partiría. Poco faltaba para que fuese más que una metáfora, porque apenas unos segundos después, con el último intento del piloto de recuperar la altitud perdida, llegó el impacto.

El avión comenzó un descenso precipitado y golpeó con la cordillera. De las 45 personas que viajaban, 29 murieron y 16 lograron sobrevivir tras 72 días en la nieve.

El avión cayó en territorio argentino sin alcanzar a cruzar las altas cumbres de Los Andes, límite entre Argentina y Chile. El golpe contra la montaña fue con la panza de la nave, lo que provocó que se partiera y los pasajeros de la mitad trasera desaparecieran. A los que iban en la mitad delantera les faltaba el impacto final: tras deslizarse más de 700 metros sobre la nieve chocó de frente contra el hielo de un glaciar y los asientos se desprendieran del piso y se fueron hacia adelante.

Trece de los 45 que viajaban, desaparecieron o murieron como consecuencia de los golpes (uno de ellos, el piloto, el coronel Julio César Ferradas). Eran casi las cinco de la tarde del 13 de octubre y aquellas primeras horas, y esa primera noche en especial, fue el infierno mismo para la mayoría. Todos estaban heridos, algunos muy graves y no lograron sobrevivir a la madrugada que vio morir a otros cuatro integrantes del vuelo (incluyendo, ahora, al copiloto, responsable principal del accidente). También en esas horas falleció la mamá de Nando Parrado, uno de los jugadores que en ese momento estaba en coma y despertó tres días después. Se enteró que su madre había fallecido y cuidó de su hermana, que también iba con ellos en el avión y estaba malherida, agonizando: ella murió el 21 de octubre, ocho días después del accidente.

“Nunca nos sentimos héroes. Sólo éramos chicos comunes de 18, 19 y 20 años que queríamos vivir. Y de repente nos encontramos en el medio de la Cordillera, a 4000 metros de altura, con 18 amigos muertos y con semejante desastre alrededor que no sabés si es de verdad o es un sueño”, Roy Harley.

Al día siguiente del accidente, tres aviones militares sobrevolaron cerca de los accidentados quienes no sólo entendieron que los estaban buscando, sino que creyeron que los habían visto. Aun maltrechos, se abrazaron, lloraron y se llenaron de optimismo y alegría.

Entre ellos comenzaron a repartirse tareas para sobrevivir mientras llegaba la ayuda, principalmente buscar raciones de comida, abrigo y poner toda la imaginación al servicio de la supervivencia. Roy Harley, que tenía algunos conocimientos de electrónica, encontró una radio a la que le agregó un cable que estaba en la cabina y lo usó de antena. Y sintonizó ondas radiales de Chile y de Argentina.

La felicidad duró apenas un rato porque desde ahí llegó un segundo e inesperado golpe: la radio informaba que los gobiernos de Chile, Uruguay y Argentina habían dado por terminada la búsqueda y anunciaban que recién la retomarían en febrero, para tratar de encontrar los restos del avión y de los pasajeros. En conclusión, los daban por muertos.

Sin embargo, con todo el peso de la angustia y la desesperación, hubo uno de los jugadores que vio el lado positivo: Gustavo Coco Nicolich. Él le contó al grupo que tenía “una buena noticia para dar”. Cuando confirmó que ya no los buscaban, provocó el enojo y los insultos de sus amigos, pero la argumentación que dio les cambió el chip: “Ahora dependemos de nosotros y no de los de afuera”. Así, desde ese momento, comprendieron que dejaban de ser simples sobrevivientes que sólo aguardaban a que los vengan a buscar, para ser ellos quienes debían ir en busca de la vida.

Pero la naturaleza les tenía preparado otro golpe mortal: en la medianoche del 29 de octubre, una violenta avalancha de nieve tapó el fuselaje donde se refugiaban. La nieve entró por todos lados y quedaron literalmente enterrados durante tres días. Los vivos y los nuevos muertos, porque ese alud se llevó la vida de ocho más, incluyendo al líder del grupo, el capitán del equipo Marcelo Pérez. Y al amigo que les había ensañado la cara optimista de ya no ser buscados: Gustavo Nicolich.

“No fue algo terrible como la gente se imagina. Fue algo que se aceptó. Algunos esperaron algunos días más para hacerlo, pero no teníamos alternativa, nos moríamos. Y lo hicimos, como fuente de energía, como fuente para vivir. En vez de morir, aceptamos vivir. Cuando se planteó el tema en el grupo, no hubo resistencia. Todos, en cierto modo, estábamos pensando en eso. Hicimos un pacto: cualquiera de nosotros que moría, ponía el cuerpo a disposición de los demás. Hoy, gracias a eso, podemos hablar de cosas más importantes, como la solidaridad y la amistad”, Carlitos Páez.

La antropofagia, según el diccionario, es una acción o costumbre humana de comer carne de seres de su misma especie. También se lo llama “canibalismo” y durante muchísimos años fue la historia más saliente del Milagro de Los Andes. Por encima de los 72 días en los que un grupo de jóvenes de entre 18 y 22 años no dejó de pensar en vivir, sometidos a temperaturas de 25 grados bajo cero en la noche, al hambre, al estrés, a la tristeza, al miedo, al dolor físico y emocional. Pero que hayan decidido alimentarse, nutrirse, de la carne de las otras víctimas, de sus amigos, por mucho tiempo tuvo condena social.

Fue Nando Parrado, quien ya tenía a su madre y a su hermana muertas, el primero que lo dijo a viva voz. Y señaló al piloto como el primer elegido, presumiblemente por un mecanismo inconsciente, según algunos de sus compañeros: lo culpaba de la situación en la que estaban y de la muerte de sus dos seres queridos. Pero, igualmente, no fue una decisión en caliente, sino algo meditado y acordado entre todos frente a las dos certezas más contundentes que tenían: nadie de la civilización los buscaba y se estaban muriendo de hambre. Lo que había a mano para comer no tenía nutrientes y los cueros (de los zapatos o de los cinturones, por ejemplo), además de ser muy duros e imposibles de masticar, desprendían tinta, lo que podía hacerlos tóxicos. Aun así, más de uno demoró en alimentarse de la carne humana.

En la desesperación por la sed, porque la falta de agua era en realidad el gran problema, llevó a que muchos se quemaran los labios y la lengua, al meterse montículos de nieve en la boca. Con una chapa buscaron un efecto solar que derritiera nieve y generara líquido, algo que fueron logrando en gotitas. Mientras, todos tenían una actividad de supervivencia y de búsqueda de opciones para salir de donde estaban.

El 11 de diciembre, con 60 días en la Cordillera, hubo un quiebre definitivo: murió Numa Turcatti, quien había quedado gravemente herido en una de sus piernas luego de la avalancha del 29 de octubre. Esas heridas mal curadas llevaron una infección y a una gangrena irreversible. La de Numa fue la última muerte que lloraron en la Cordillera. Desde ese momento, quedaron vivos los 16 que finalmente regresaron: Pedro Algorta, Pancho Delgado, Daniel Strauch, Bobby Francois Álvarez, Roy Harley, José Inciarte, Álvaro Mangino, Javier Methol, Carlitos Páez, Moncho Sabella, Fito Strauch, Eduardo Strauch, Gustavo Zerbino, Tintín Vizintín, Roberto Canessa y Nando Parrado.

Al día siguiente, estos últimos tres iniciaron la caminata por las montañas que los llevaría al final de la historia. Antes, habían hecho dos intentos, pero las inclemencias del tiempo en la alta montaña casi los hace morir congelados. Fue Nando Parrado el que más insistió para volver, por tercera vez, a buscar ayuda. Caminaron hacia el oeste, convencidos de que estaban cerca del pueblo chileno de Curicó. Les faltaba desde entrenamiento y experiencia hasta equipo técnico para la nieve, pero les sobraban tanto sentido común y ganas de vivir como actitud y tolerancia a la frustración.

Por eso volvían a salir y por eso siguieron adelante cuando llegaron a un pico de más de 4500 metros de altura, con poco oxígeno y mucho cansancio, esperando ver del otro lado un valle chileno donde existiese la civilización, y se encontraron con un interminable cordón montañoso. En ese momento, volvió a primar el sentido común y después de tres días de escalada, Vizintín regresó al fuselaje del avión con los otros 13 que esperaban noticias. El objetivo era que la poca comida que habían llevado a la expedición alcanzara para los dos que seguirían, Parrado y Canessa, quienes se comprometieron a continuar hasta encontrar ayuda. O hasta morir en el intento.

Caminaron una semana más, descendiendo hacia el oeste. Aunque el cansancio era casi insoportable, comenzaron a ver huellas de civilización. La esperanza comenzó a crecer hasta que observaron a tres hombres a caballo del otro lado de un río con agua de deshielo que corría con fuerza. La comunicación no fue fluida con ellos, pero sí quedó claro que al día siguiente volverían. Cuando lo hicieron, les tiraron -atado en una piedra- un papel y un lápiz. Uno de estos hombres también se convirtió en leyenda: el arriero chileno, Sergio Catalán.

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Parrado escribió una nota en la que explicó: “Vengo de un avión que cayó en las montañas. Soy uruguayo. Hace 10 días que estamos caminando. Tengo un amigo herido arriba. En el avión quedan 14 personas heridas. Tenemos que salir rápido de aquí y no sabemos cómo. No tenemos comida. Estamos débiles. ¿Cuándo nos van a buscar arriba? Por favor, no podemos ni caminar. ¿Dónde estamos?”.

Ató nuevamente el papel a la piedra y lo tiró del otro lado del río, donde Catalán lo agarró y leyó. Era el 21 de diciembre de 1972. Parrado y Canessa llevaban 70 días perdidos en la Cordillera de Los Andes y el día del milagro tan añorado por él y sus 13 amigos que esperaban a unos 40 kilómetros de ahí, entre los restos de la tragedia, había llegado: la ayuda estaba en camino y el rescate era un hecho.

En dos tandas, entre la tarde del 22 y la mañana del 23 de diciembre, fueron los rescates de los demás. De la Cordillera profunda directo a hospitales de Santiago de Chile, para las revisiones y las curaciones. Todos tenían secuelas físicas pero el alma intacta. Hasta recibieron el perdón de un cura católico que los confesó y escuchó que habían comido la carne de otros muertos no por canibalismo sino por supervivencia.

“Todos tenemos una cordillerita adentro. Nos salvamos porque salimos caminando, porque teníamos ganas de vivir, porque nos ayudamos y nos queríamos entre todos. Hay dos historias, la de afuera, esa de que nos comimos a los muertos; y otra la de adentro, la que sabe que estuvimos hombro con hombro peleando para vivir. Fue un mensaje de amor y amistad, de actitud ante la vida… De ganas de vivir”, Roberto Canessa

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