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Nahuelcar: “Quise matarlos, pero iba a destruir lo que nos quedaba”

A tres años del crimen del sargento post mortem Gabriel Nahuelcar, sus padres revelan el calvario, las miserias y la angustia en la que viven. Para ellos, la justicia tiene sabor a poco.

Luis Nahuelcar y Gabriela Varela tenían un proyecto de vida que se desvaneció la mañana del 1° de enero de 2020 cuando un grupo de jóvenes, con un plan y un fusil, ejecutó a su hijo Gabriel, de 27 años, en el barrio Peñi Trapún de Cutral Co.

Muchos no recuerdan el hecho porque se trata del crimen de un policía y sus padres saben del estigma que se carga por ser un integrante de la fuerza. Tal vez por eso y otros temas de fondo, la justicia les llegó a cuentagotas.

Todo tiene un contexto y el crimen del cabo Gabriel Nahuelcar, devenido en sargento post mortem, fue parte de una escalada de violencia que se inició en agosto de 2019.

Los investigadores pudieron determinar que todo comenzó con un millonario robo a un político de la comarca. Hay cerca de 120 fojas del expediente con el trabajo de campo que se realizó donde se da cuenta con pelos y señales del devenir de lo ocurrido y los vínculos de los involucrados.

Ese robo fue el disparador de una serie de ajustes de cuentas que tuvo su pico de violencia el 7 de octubre de 2019 cuando una bala perdida acabó con la vida de Luciano Fuente, un niño de ocho años que andaba en bici por la vereda de su casa en el Peñi Trapún.

El proyectil fue disparado a unos 600 metros, en la misma barriada, en medio de un enfrentamiento entre punteros y delincuentes.

Crimen sargento Nahuelcar

Por ese entonces, el repudio social obligó a blindar la comarca con el desembarco de Gendarmería Nacional y perseguir a los autores.

En los bajos fondos del delito creció la bronca contra los policías y por las calles comenzó a circular el rumor de que querían “poner a un cana”. Vale recordar que en el mismo sector del Peñi Trapún donde cayó Nahuelcar habían baleado un móvil policial y de casualidad el proyectil no alcanzó al efectivo que iba en su interior.

El 2019 era historia. Todo parecía calmo la soleada mañana del primer día de 2020 en la barriada cuando una banda criminal con nexos en la política local –ya dije que figura en el expediente– puso en marcha su plan.

Elio Mauricio “Jote” Díaz, su hermano Miguel Ángel “Tuerto” Díaz, Elías “Chicharra” Campos, José Adrián “Chengo” Culliqueo y José Luis Espinosa fueron quienes armaron una suerte de emboscada que iniciaron tras el incendio de un terreno.

Cuando bomberos y policías arribaron al lugar, se produjo un ataque artero con botellas, piedras y ladrillos. Los policías dispararon tres postas de goma para disuadir, pero el ataque distractivo continuó.

A las 9:15, los integrantes de la motorizada, entre ellos Nahuelcar, estaban en la esquina de Buta Ranquil y 9 de Julio, y se disponían a retirarse. Nahuelcar giró con su moto y un proyectil sibilante cortó el aire y perforó el casco y el cráneo del cabo, que se desplomó en el suelo.

A exactamente 68 metros y parapetado sobre un paredón estaba el Jote Díaz, quien ejecutó el disparo con un fusil.

Durante el juicio se demostraron la dinámica del ataque y los roles de cada uno de los involucrados. Solo el Jote terminó con una condena a prisión perpetua como autor del crimen. El resto recibió condenas mínimas por resultar culpables de atentado a la autoridad agravado por el empleo de arma de fuego y participación de tres o más personas.

Tras dichos sucesos y a tres años del crimen de su hijo policía, Luis y Gabriela charlaron con LMN.

“Llevamos la vida como se puede”

Luis toma la posta y habla, al igual que lo hizo a lo largo de estos años. Lo hace con prudencia y mucha sinceridad.

“Las fiestas ya no son fiestas para nosotros, hay que pasarlas y seguir viviendo. Ya no vamos a volver a tener una vida normal. Esto es algo que vamos transitando y nos acompañan los que quieren”, aseguró Luis, que es policía retirado.

“Nosotros no somos de hacer reproches a la gente que no nos acompañó durante toda la causa, la luchamos y seguiremos luchando solitos junto a mi esposa. Cuando arrancó lo de Gabriel, nosotros estábamos con el dolor de la muerte de nuestro hijo y el reclamo de justicia. Ahora, preferimos seguir nosotros por nuestro lado porque hay gente que se te acerca para sacar provecho”, reveló el hombre, que lleva como puede el duelo.

A la pérdida del hijo se sumó el estigma de ser policía, contó Luis, que sabe lo que significa estar dentro de dicha institución.

“La Policía no es valorada socialmente. Esto lo vimos y lo padecimos. Cuando le quitan la vida a un policía no pasa nada, incluso se hace más cuando matan a un perro. Nos tocó a nosotros, como en su momento a otras familias de policías. Es muy dura una muerte en servicio. Por suerte siempre tuvimos apoyo de la Jefatura y, a su manera, del Gobierno”, afirmó.

Luis confesó que en su descenso a los infiernos sintió el deseo de hacer justicia por mano propia. “Tuve ganas de salir a matarlos y creo que Dios y Gabriel me frenaron porque si yo hubiese hecho algo de eso, dejaba sola a mi familia. La pensé varias veces, pero sabía que iba a terminar preso y mi familia me iba a tener que ir a visitar a la cárcel como a un delincuente”, se sinceró el hombre.

“Cuando te matan un hijo, no te das una idea de las cosas que hay que aguantar y lo que te tenés que retorcer por dentro. Hay que seguir viviendo y luchando. No se lo deseo a nadie”, afirmó con la voz cortada y confiando que cuando llora lo suele hacer en soledad en el patio de su casa.

Algo parecido a la justicia

El policía retirado recordó que los peores momentos de la causa los vivió cuando estaba en la fiscalía de Cutral Co.

“Era una montaña rusa con sus subidas y bajadas. Encima, en Cutral Co estaban estos delincuentes que son muy bravos. Lo mejor que logramos fue que la causa se llevara a Neuquén. Al fiscal de Homicidios Agustín García le estamos muy agradecidos porque supo sacar adelante este juicio”, explicó Nahuelcar.

No obstante, Luis tiene sus propias sensaciones porque, en definitiva, la justicia es un sentimiento muy particular de cada individuo. “Tras haber transitado todo lo que pasamos, que haya un solo culpable detenido nos dejó sabor a poco. Entraron seis detenidos y un menor. Con el transcurrir del juicio, casi todos quedaron con una resistencia a la autoridad y solo Díaz preso”, aclaró.

Después, Luis trató de rescatar algo positivo porque está obligado a seguir viviendo. “Cuando lo sepultamos a Gabriel le prometimos, al pie de la tumba, que su muerte no iba a quedar impune. Hoy, yo creo que Gabriel está descansando en paz. Nosotros tenemos un alivio y un poco de paz. Pero tener a un hijo asesinado es algo que no termina más. Si Dios me da vida, voy a seguir viendo que este asesino cumpla la sentencia completa”, aseveró.

Luego, con ojos tristes y cansados, Luis afirmó: “Hoy estamos llevando la vida como se puede. Tener en Neuquén una condena firme es un todo un logro, por más que tenga sabor a poco”.

crimen sargento Nahuelcar

“Me siento vacía y sin fuerzas”

A Gabriela el crimen de su hijo le aniquiló la voluntad. Respirar, abrir los ojos, levantarse y seguir ha sido una lucha diaria. Tiene la sensación de vivir en un bucle donde todos los días le vuelven a arrebatar a Gabriel.

Ella lleva la cuenta de ese dolor y ausencia infinita. “Van tres años y cuatro días –me dijo al momento de la nota– y la cuenta sigue. Todavía me levanto y no sé si quiero seguir viviendo”.

A lo largo de la conversación, su voz es apesadumbrada, se entrecorta, se ahoga en llantos que intenta reprimir pero que son más fuertes. “Quiero ver si este año vuelvo al trabajo de a poco porque de esto uno no se termina de recuperar nunca. Al cien por ciento nunca más voy a estar porque me arrancaron la vida completa, ¿con qué derecho? No sé. Todos los días siguen siendo como el primer minuto en que nos avisaron”, detalló la mamá de Gabriel.

Para tratar de salir adelante, inició terapia con psicólogo y psiquiatra, a los pocos días del crimen. “No te saca adelante, pero ayuda a sobrevivir”, resumió.

Justamente en ese espacio ha ido elaborando algunas cuestiones, como que la profesión de Gabriel era de riesgo y su vida iba a estar en peligro múltiples veces. “Uno por más que sepa que cuando tu hijo entra a la Policía está en riesgo, no te preparás para eso y lo que menos esperás en la vida es que a tu hijo, como policía, te lo devuelvan en un cajón”, contó.

Después, Gabriela develó lo que es parte del imaginario social. “Las personas de bien nunca piensan que tienen que matar a alguien, por eso en nuestra cabeza no entra que nos iban a matar a nuestro hijo”, contó, y se sinceró con su odio: “En el dolor de vivir con impotencia, pienso que mato al asesino, pero eso no me devuelve a mi hijo, mi hijo va a seguir muerto y yo lo único que quiero es a mi hijo. Hoy tengo odio por el asesino y toda su familia, porque no podés criar malas personas. Todo empieza en casa”.

Como madre, Gabriela sabe que lo mucho o poco parte de la crianza, del amor y los valores que se brindan en el hogar. Un punto álgido de este proceso fue cruzarse en el juicio con la madre de los jóvenes que participaron en el crimen de su hijo. “En el juicio me crucé con esas madres que, lejos de tener empatía y pedir disculpas, se mostraron cínicas y sin escrúpulos. Incluso, se pusieron en el lugar de víctimas. Es lamentable”, describió.

"La Justicia deja mucho que desear"

Su acercamiento a la Justicia fue ante el drama de su vida, y sus conclusiones son severas: “Para mí, no hubo justicia. Ahora tendremos que controlar que el asesino esté preso y cumpla. La Justicia se olvida de que la víctima fue mi hijo”.

Luego, contó cómo fue ese tránsito legal: “Me tuve que levantar todos los días y sacar fuerzas de donde no tenía para estar al pie de cañón porque la Justicia deja muchísimo que desear. Si nos quedábamos en casa esperando que la Justicia hiciera lo que tenía que hacer, el crimen quedaba impune. Tenés que estar ahí siguiéndolos al paso, porque si incluso dejás que vayan más adelante, hacen un desastre. Antes lo veía en las noticias, pero cuando lo vivís en carne propia es terrible”.

La Justicia tiende a expropiar el delito a las víctimas y se olvida de ellas. Es un acto de soberbia que sostienen desde hace cientos de años.

“Todos los días me despierto sin saber si quiero seguir viviendo. Todos los días me levanto y no sé si realmente quiero seguir o no. Mi proyecto de vida está incompleto, me falta mi hijo y es lo principal. Hay días en que inconscientemente estoy esperando que Gabriel llegue. Voy a la ventana, corro la cortina y me asomo para ver si está llegando, y después caigo en la cuenta de que toda la vida me va a faltar y ya mi vida no tiene sentido”, contó Gabriela, que estremece con su relato.

El fiel amigo que murió de tristeza

En la complicidad de la charla, Gabriela fue revelando y atando situaciones que se dieron a partir del crimen de su hijo.

Por ejemplo, Santino, el perro de raza dogo que tenía Gabriel, lo espero ese día y se fue a su cucha inquieto al ver las corridas en la casa.

Santino todos los días estaba con Gabriel y, por los pasos o el sonido del motor del auto, sabía que estaba llegando y salía corriendo con la lengua afuera para recibirlo.

Los perros son muy sensible y muy apegados a sus dueños. Fue así que al día siguiente del crimen, Santino corrió cuando sintió llegar el auto de Gabriel, pero quien bajó de él fue un compañero de trabajo. En ese mismo momento el animal intuyó algo.

“Cuando vio que no bajó del auto Gabriel, agachó la cabeza, volvió a su cucha y se quedó ahí. Creo que un par de veces más habrá salido ilusionado y después se vino abajo. Dejó de comer, de caminar y quedó ciego”, detalló Gabriela.

Crimen sargento Nahuelcar

En medio de todo el drama que vivían, Luis y Gabriela hicieron un parate para llevar a Santino al veterinario porque advirtieron que estaba deprimido. “Lo llevamos al veterinario, lo revisó y nos dijo que se estaba dejando morir, que la tristeza lo había podido. Intentamos todo, pero murió a los poquitos meses”, recordó llorando Gabriela.

“El Mundial se lo dediqué a mi hijo"

Pese al dolor, Gabriela, como todos los argentinos, siguió cada partido de la selección argentina en la Copa del Mundo de Qatar.

Para ella, más allá del fútbol, había un recuerdo que la transportaba a su hijo asesinado. Fue por eso que la final la vivió con el corazón en la boca y las lágrimas a flor de piel.

“En 2014, cuando perdimos la final contra Alemania en Brasil, Gabriel estaba de guardia y cuando terminó el primer tiempo, como estaba designado para el operativo de calle por si había festejos, no pudo seguir viendo el partido”, recordó Gabriela.

Gabriel y sus compañeros coparon las calles del centro neuquino en ese momento y, en paralelo, cabeceaban para todos lados para tratar de saber cómo iba el partido. El silencio en el centro de la ciudad era ensordecedor y algo percibieron los jóvenes policías. “Él me contó que cuando ya estaba el tiempo del partido y la gente no salía a la calle, se puso a llorar porque Argentina había perdido, por eso cuando ganamos esta final yo se la dediqué a mi hijo, que quería ver a la selección y a Messi campeones del mundo”, contó Gabriela envuelta en lágrimas.

La charla concluyó con su promesa de seguir siempre atenta a la causa: “Hasta que Dios diga basta y me reencuentre con Gabriel”.

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