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La Mañana Fiesta de la Confluencia

Contra viento y marea: el acierto de hacer la Fiesta de la Confluencia

La undécima edición se desarrolló en medio de polémicas que hasta incluyeron la crítica del presidente Milei. Sin embargo, fue un éxito y cientos de miles pudieron disfrutar de cuatro días increíbles llenos de música y alegría.

“Miren todos, ellos solos pueden más que el amor y son más fuerte que el Olimpo”, canta Fito Páez frente y con una multitud que atraviesa toda la Isla 132 y allá a lo lejos parece fundirse en el Limay. Unos meses atrás, Páez se presentaba en las afuera del aeropuerto de Neuquén con el mismo show. Pero ese que está ahí radiante, desplegando la dimensión de ser uno de los próceres del rock argentino, parece otro artista: y es que la mejor versión de Fito es cuando la podemos disfrutar todos.

Rock, una inmensa orquesta de cumbia, magia, miles de abrazos, carritos con bebés, una ronda de chacarera, decenas de olé olé olé, baladas de amor, malabares, señoras con bastón, besos, una calle con parrillas encendidas, cientos de niñas y niños en los hombros de sus papás, un picnic en el piso entre banda y banda, el pogo adulto de El Mató, una piba bailando con un algodón de azúcar en la mano. Es difícil elegir una imagen que le haga justicia a la Fiesta Nacional de la Confluencia. Cuando reunís a más de 250 mil personas por día para que pasen un buen momento alrededor de la cultura; cuando hacés que el arte sea realmente accesible para todos y todas, abundan la simultaneidad de risas, disfrute, complicidades: esos pequeños milagros cotidianos tan propios de nuestro pueblo.

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Eso nos dejaron este puñado de días, aún cuando parece primar la desesperanza: un instante de belleza y alegría para disfrutar con los nuestros y de los nuestros.

Durante las cuatro noches que duró la Fiesta de la Confluencia, locales y turistas pudimos asistir gratis a una grilla artística completa, que tuvo en el escenario principal a artistas del calibre de nuestra Marité Berbel o del polémico Dillom; que llevó al payador de Chos Malal Juan Parada Curbelo a encender aún más a un público ya fascinado con Conociendo Rusia y que esperaba a Abel Pintos. Contar con un escenario de excelente calidad frente a la belleza del Limay, por donde pasaron más de 30 bandas neuquinas, desde donde se conseguían ver los mejores atardeceres y qué pasa con la música made in Neuquén.

Pero además, tuvimos el lujo de tener colectivos que nos llevaban gratis hasta la Fiesta y de sentirnos bien tratados por una organización que respetó los horarios y a las personas, poniendo atención a cada detalle desde el ingreso hasta la salida. Vimos trabajar a una inmensa cuadrilla municipales asistiendo a las personas con discapacidad; limpiando los baños para que todo estuviera impecable, poniéndole pulseritas identificatorias a las infancias por si se perdían, cuidando de todos en cada sector, hasta en la costa del río.

La Fiesta de la Confluencia está a la altura de cualquier evento internacional que se haga en Argentina. La gran diferencia es que en ésta todos tenemos un lugar, a nuestra fiesta todos estamos invitados.

Mucho más que un evento artístico

Es un contexto cruel, donde a cualquier tipo de demanda se responde con “no hay plata”, “austeridad”, como si esas fuesen las únicas política planificada y posibles. Es un contexto atroz, donde esas frases se materializan a diario para una gran porción de la población, a la que cada día le cuesta más llenar un carro en el súper o un plato de comida. Es un contexto vil, donde el hambre desespera, la violencia aflora y la vida empieza a valer muy poco en la calle.

En ese contexto, por supuesto y como siempre, el recorte y el estancamiento alcanzan a la cultura. En los últimos meses, vimos darse de baja a un sinfín de fiestas populares o cancelar todo tipo de eventos artísticos. Vimos como se intentó votar una ley que proponía un punto que desfinanciaba y eliminaba organismos del sector, entre ellos el cine, las bibliotecas populares. En reiteradas declaraciones, el gobierno nacional salió a atacar a diferentes sectores de la industria cultural, al parecer desconociendo que para nuestro país es una gran generadora de empleo y de divisas. No sólo no hay horizontes claros para las políticas culturales, sino que la falta de presupuesto pareciera afectar la creatividad de las gestiones a gran y menor escala.

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Sin embargo, Neuquén Capital se las jugó, hizo un esfuerzo extraordinario, buscó estrategias con el sector privado y decidió sostener su Fiesta Nacional sin bajar el nivel, movilizando la economía y generando un verdadero y democrático acceso al arte.

Durante estos días, la Confluencia generó ingresos para cientos de familias feriantes y emprendedoras que salieron a ofrecer lo que crean con amor; para los que encendieron la esperanza y recorrieron una y otra vez con su heladera llena de gaseosas y helados la fila de personas que esperaban entrar al predio; para los vecinos del barrio que la vieron, instalaron un parlante y se pusieron a vender choripán. Pero también, en términos formales, implicó un impacto concreto en la actividad turística y en la posibilidad de que muchos artistas, productoras y pequeñas empresas dentro y fuera del sector cultural puedan trabajar, en el momento de mayor estancamiento.

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Aún en peor de los contextos, nos merecemos ponernos de pie. En este lugar que amamos, donde aún resta mucho por hacer, donde no escapamos a la terrible realidad de todo un país, tenemos el privilegio de ver como confluyen el Neuquén y el Limay, como las culturas se mixturan en una identidad común y como una Fiesta Nacional gratuita y democrática, genera ingresos para cientos de familias y nos permite ejercer nuestro derecho ciudadano de ser iguales ante el arte y la alegría. La Fiesta de la Confluencia nos da un nuevo motivo para este orgullo de ser neuquinos.

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