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Cuando en Neuquén no había supermercados y se usaba la libreta del almacén

Las grandes superficies comerciales llegaron a mediados y a fines de los 70. Hacer las compras era una rutina muy distinta a la de ahora.

Retrocedemos a la Neuquén de la década del 60 cuando todavía no existían los supermercados. Una madre manda a su hijo a hacer las compras al almacén y le entrega una libreta y un listado con detalles de cada producto que necesita y las cantidades. El niño camina una o dos cuadras hasta que ingresa al comercio. El almacenero lo saluda por su nombre porque lo conoce desde que nació, sabe dónde vive, quiénes son sus padres.

El negocio es uno de los tantos almacenes de barrio que hay en esa Neuquén que todavía mantiene el aire pueblerino, donde la urbanización termina en las bardas y el desierto predomina en los paisajes.

La despensa es pequeña, pero está bien surtida. En el piso hay una hilera de damajuanas prolijamente ubicadas con vinos que se hacen en el valle. Dos heladeras vitrinas están repletas de fiambres y productos lácteos, hay anaqueles amurados con paquetes de fideos, arroces, yerbas y todo tipo de productos no perecederos. En otra están las gaseosas en envases de vidrio de un litro, gustos exclusivos para las fiestas y los cumpleaños.

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Las latas cuadradas de galletitas fueron muy populares en los almacenes.

Las latas cuadradas de galletitas fueron muy populares en los almacenes.

En una de las paredes se multiplican las latas cuadradas de galletitas de todos los gustos y en un rincón se encuentran los artículos de limpieza. Lo más llamativo –especialmente para los niños mandaderos- son las carameleras de vidrio y los estantes donde están los chocolatines y golosinas. Una partecita de esos tesoros será la yapa que recibirán cuando terminen de hacer las compras.

Esta descripción se ajusta a cualquiera de las decenas de almacenes que había en los barrios de Neuquén entre los 60 y los 70, pocos años antes de que llegaran los supermercados.

Las compras del mes se hacían en algún mayorista, pero lo del día a día se conseguía en estos pequeños comercios de proximidad que tenían una particularidad muy importante: muchos de los productos se ofrecían a granel, es decir, uno compraba lo que necesitaba y nada más. El resto de las mercaderías se adquirían en negocios de otros rubros, como las verdulerías, carnicerías, pescaderías y las heladerías que abrían únicamente en verano.

Es cierto que las compras demandaban un poco de tiempo, pero en aquel entonces no existía el vértigo ni la ansiedad de ahora. El almacenero (a veces con un ayudante que podía ser un integrante de su propia familia) pesaba todas las mercaderías en una balanza mecánica y luego la envolvía en papel o la colocaba en pequeñas bolsitas. Casi todo se vendía fraccionado: las aceitunas, los huevos, las galletitas, los fiambres y hasta la crema y el dulce de leche, que venían en unos enormes cilindros de cartón duro. Se pedía tantas unidades de tal cosa o tantos centímetros cúbicos de tal otra y no había problemas. Nunca se compraba demás.

En aquella época todavía no existían las tarjetas de crédito. Si bien los primeros plásticos comenzaron a circular en los 60, solo servían para hacer compras en el exterior. En la Argentina, las tarjetas recién se consolidaron en los 80.

¿Cuál era entonces la forma de pago más común antes de los supermercados?

Los consumidores solían comprar con efectivo o con cheques (muy populares en aquel entonces), pero para los gastos diarios había otra herramienta de crédito que no faltaba en ninguna familia: la libreta del almacenero donde el comerciante anotaba cada producto con su respectivo precio y se la devolvía al comprador. A principios del mes siguiente, las deudas se saldaban cuando la gente cobraba sus sueldos.

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La libreta del almacenero, una forma de crédito común antes de que llegaran los supermercados.

La libreta del almacenero, una forma de crédito común antes de que llegaran los supermercados.

La libreta del almacenero era un pacto de confianza cuyo trámite para obtenerla no era nada complicado. Había que presentarse ante el propietario de la despensa y hacer las compras en ese lugar de manera frecuente. Nada más.

En cuestión de días uno llevaba aquel cuadernillo de tapas semiduras que a veces estaba impreso con renglones y, en las versiones más avanzadas, tenía además columnas para detallar las fechas y los importes de las compras. A partir de allí, la libreta se iba renovando todos los meses. Igual que la confianza.

Esa herramienta de crédito se fue perdiendo a partir de la llegada de grandes superficies comerciales que cambiaron la cultura y las costumbres de los consumidores. Todo, absolutamente todo, se podía comprar en un solo lugar. Los clientes ya no eran los conocidos de siempre; eran anónimos que llegaban desde cualquier barrio.

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La llegada del supermercado Topsy cambió la forma de consumo de miles de neuquinos.

La llegada del supermercado Topsy cambió la forma de consumo de miles de neuquinos.

En Neuquén el primer supermercado que abrió sus puertas fue El Viejo Almacén, a mediados de los años 70, en la calle Sarmiento. Casi a finales de esa década abrió otro que se convertiría en un ícono neuquino y con los años, en una gran cadena comercial: el Topsy, cuyo primer edificio se levantó en la Avenida San Juan. Ya en los 90 desembarcarían otros gigantes nacionales e internacionales. Y todo cambió.

Las despensas y almacenes, obviamente sobrevivieron y se mantienen hoy como pequeños comercios de proximidad, aunque también se modernizaron en la venta de productos. Muchas de las mercaderías que antes se vendían fraccionadas vienen ahora envasadas desde las grandes industrias de alimentos. La libreta del almacenero se convirtió en un fiado de pocos días que solo algunos comerciantes lo utilizan con clientes viejos. Ya no es una cuestión de confianza, sino de inflación.

Hoy queda en el recuerdo aquella forma simple y eficaz de hacer las compras, como también los personajes, las postales de los boliches de barrio y las nostalgias de la infancia.

Quedan en el corazón de los más viejos las listas de papel que escribían las madres y abuelas, los caramelos de la yapa, las galletitas surtidas, el dulce de leche en envase de cartón.

Quedan y quedarán en la memoria aquellos años raros donde la gente vivía igual aunque no existieran los supermercados.

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Una imagen muy icónica del fotógrafo Henri Cartier Bresson. Un niño haciendo mandados.

Una imagen muy icónica del fotógrafo Henri Cartier Bresson. Un niño haciendo mandados.

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