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La Mañana René Favaloro

De Favaloro a Serrat: la historia de "El Trébol", la mítica primera parrilla libre de Neuquén

Ricardo Blanco repasa los años dorados de su histórico local en el balneario municipal. Un reducto inolvidable por donde desfiló la política y el espectáculo, famoso por su asado sin límites y que encontró un trágico final en 1989.

Fue la primera parrilla tradicional de tenedor libre en la ciudad y el punto de encuentro por excelencia. Por sus mesas pasó un verdadero desfile de figuras políticas, empresariales y grandes estrellas del espectáculo. Desde Joan Manuel Serrat, Atahualpa Yupanqui y María Marta Serra Lima, saltando a Gregorio Pérez Companc, Ringo Bonavena, Gustavo Ballas (ex campeón Mundial de boxeo), hasta Don Felipe Sapag, Jorge Sobisch y Pedro Salvatori (ex gobernadores de la provincia). Si hay que sumar otra figura notable que se sentó a comer en su salón, ahí aparece el nombre del mismísimo doctor René Favaloro.

Era una cita obligada para todos los neuquinos; una generación entera que, al escuchar su nombre, viaja en el tiempo hacia ese local que ofrecía asado banderita a destajo y unas mollejas increíbles, lo único que se cobraba aparte. Ricardo Blanco, hoy de 83 años, fue el responsable de darle vida a El Trébol, el emblemático negocio ubicado durante más de una década en el Balneario Municipal. Allí recibía con los brazos abiertos a más de 150 comensales por día. Los fines de semana la demanda era tal que la gente hacía fila para entrar. "Tenía que repartir números. La fila le daba dos vueltas al salón", recuerda Blanco, nacido en Santa Rosa, La Pampa.

Perón, Evita y el arribo al sur

A Ricardo no se le escapa ningún detalle al repasar la época dorada de este reducto gastronómico, que tuvo un catastrófico final en 1989. "Nunca más volví a pasar por el balneario, ni sé cómo está", confiesa antes de rebobinar su historia.

Ricardo Blanco abrió las puertas de la parrilla El Trébol en 1974. A partir de ese momento miles de neuquinos pasarían por el reducto ubicado en el balneario Municipal.

Ricardo Blanco abrió las puertas de la parrilla El Trébol en 1974. A partir de ese momento miles de neuquinos pasarían por el reducto ubicado en el balneario Municipal.

Llegó a Neuquén en 1963, con apenas 19 años, para visitar a su hermano Hugo, un conocido boxeador local que había hecho el servicio militar en la zona. Antes de pisar la Patagonia, la familia Blanco había vivido intensamente los vaivenes políticos en Buenos Aires. Su padre fue uno de los agentes durante el velatorio de Eva Perón.

"Evita falleció en el 52. Con 12 años, en el 55, vi todo el quilombo cuando derrocaron a Perón. Vivíamos en San Justo, a diez cuadras del Regimiento La Tablada. Fue un desastre esa Revolución Libertadora; mi viejo aparecía a la noche sangrando por las bombas y los gases. Me contaba que los aviones en Plaza de Mayo pasaban al ras de los cables", relata con crudeza. En esos tiempos difíciles, su madre horneaba empanadas y pasteles que los hermanos vendían en la fábrica Textil Oeste.

"Trabajaban 2500 personas por turno. “Mi vieja hacía empanadas, palmeritas y pasteles y nosotros íbamos a vender a la fábrica a las seis de la mañana, dos de la tarde y diez de la noche”, contó.

De pulidor de pisos a la gastronomía

Cuando Ricardo pisó suelo neuquino en los 60, se encontró con una verdadera "romería". "Casi no había asfalto, era un ir y venir de camionetas. Trabajaba todo el mundo", rememora. Se alojó en las casas para solteros de los ferroviarios, que se extendían por la calle San Martín. Esos hogares se elevaban en la extensa zona del actual Parque Central. Cuando contrajo matrimonio tuvo su techo en el barrio Mariano Moreno. Tuvo cuatro hijos neuquinos.

Histórica postal. Blanco con uno de sus hijos en brazos durante una tarde en la parrilla.

Histórica postal. Blanco con uno de sus hijos en brazos durante una tarde en la parrilla. "Todo el mundo quería venir a El Trébol", aseguró.

Pronto comenzó a trabajar con su oficio: pulidor de mosaicos. Sus manos dejaron brillantes los pisos del Banco Nación y del histórico edificio del Correo. Blanco había ingresado a trabajar en la fábrica de mosaicos de El Turco Jure, que se ubicó frente a la cancha del club Independiente (en el terreno hoy se ubica mayorista Tehuelche). “Era amigo del hijo, Alberto. Pulimos los pisos rosados del Banco Nación. Después íbamos por trabajos a Catriel y Zapala”, rememora.

Sin embargo, el miedo a las descargas eléctricas de la pulidora al ras del agua lo empujó a cambiar de rubro. Pasó por un taller de chapa y pintura donde preparaba los autos 0KM que llegaban a la recordada concesionaria Renault "Diez Hermanos", lugar donde terminó trabajando durante cinco años.

"Trabaje en el taller de Antonio Morri que estaba en la calle San Martín al 440. Me fui a rasquetear autos. Cuando hice la Colimba en Zapala tuve que pintar de negro un Chevrolet año 51 que era de uno de los capitanes. Gracias a ese trabajo no íbamos hacer instrucciones (entrenamiento físico-militar). Te mataban”, afirma.

Cuando Blanco y su hermano (Hugo) compraron la parrilla ya tenía nombre y se llamaba

Cuando Blanco y su hermano (Hugo) compraron la parrilla ya tenía nombre y se llamaba "Ruca Hueney": "No me gustaba. Yo le dije: 'Vamos a ponerle El Trébol, va a andar bien'".

La oportunidad de su vida llegó en 1974. Su hermano Hugo se había quedado sin capital para terminar de armar una parrilla. Ricardo, que había ahorrado buen dinero gracias a su destreza jugando al bowling por plata en el casino del aeropuerto, decidió apostar. "Le di unos cheques y nos asociamos. La parrilla ya tenía nombre y se llamaba 'Ruca Hueney', pero yo le dije: 'Vamos a ponerle El Trébol, va a andar bien'". El nombre fue un presagio de suerte. Al año siguiente, Ricardo quedó como único dueño, mientras su hermano abría su propia parrilla, "La Cautiva", sobre la Ruta 22.

"Se asoció Coco Iorio. La parrilla estaba sobre Ruta 22. Metían 150 personas de un viajes, era un quincho hermoso. Coco ya era dueño del Motel Cedro Azul, la Tanguería 840 y el cabaret Cuartito Azul. Eran otros tiempo”, agrega.

La Cautiva nunca llegó a tener el éxito del local de Coco Blanco: nunca se le acercaron en calidad y atención. “No tenían personal preparado para atender tanta gente. Entonces, se quejaba. Y después terminaban en El Trébol. Yo sabía muy bien lo que ofrecía para comer”, detalla.

El balneario, la competencia y el pollo al celofán

Ricardo asegura que la primera parrilla en el Balneario municipal fue la parrilla de Juanita, que la terminó comprando un señor de apellido Lopresti. El local cambiaría de nombre y pasaría a llamarse Dominó, que tuvo como encargado a su hermano. Estaba ubicada a metros de El Trébol.

Uno de los legendarios tarjeteros que Coco Blanco les obsequiaba a los clientes.

Uno de los legendarios tarjeteros que Coco Blanco les obsequiaba a los clientes.

"El balneario era el caballito de batalla de Neuquén. No sabés lo que era, lo único que había y venía todo el mundo. Después vino el Río Grande y Gatica", describe sobre aquel predio junto al río Limay que fue inaugurado en 1961.

La competencia con otras parrillas no lo asustaba. Con 120 cubiertos y cuatro mozos históricos (Mario Herrera, Carlos Gutiérrez, Villegas y Juan Pichún), El Trébol despachaba asado hasta la madrugada. El secreto estaba en la calidad y en la abundancia. El famoso "infiernillo" llegaba a la mesa rebosante de asado, chinchulines, tripa gorda, morcilla, chorizo, matambre y una planchita de mollejas. "Te mataba", afirma.

“Lo que no te repetía era la molleja. La molleja siempre fue la Niña bonita. A veces me pedía por favor que no les trajera más carne. En El Trébol te sentabas a comer parrillada. No había empanadas, ni entradas, nada de eso. Era parrillada, ensalada, vino y postre”, agrega.

Para Blanco, el balneario Municipal era el

Para Blanco, el balneario Municipal era el "caballito de batalla" de Neuquén. "Era una romería, venía todo el mundo. Después vino el Río Grande y Gatica", contó.

“Tenía un promedio de 150 cubiertos por día. Trabajaba hasta el domingo después del mediodía. Daba 25 números para que estén en lista de espera. Los domingos cuando cerraban La Lujanera y Vecchio Nunziato (fábricas de pastas) venían sus dueños o parte del personal. Una locura”, asegura. “También iba Roberto Ferraro, que tenía la pizzería La Ragazza. Tenía como 74 variedades”, agrega.

"Habíamos creado el sistema de parrilla libre. Comías hasta que te cansabas. No te daba ni café ni té para que no me hicieras sobremesa, porque siempre tenía gente esperando afuera", confiesa. Además de la excelente carne que traía de Buenos Aires y Bahía Blanca, la casa impuso una novedad absoluta para los años 80: el pollo al celofán, cocinado a la parrilla con manteca, limón y especias.

Titanes en el Ring y mollejas de oro

El salón de El Trébol era un desfile incesante de personajes ilustres y familias neuquinas tradicionales. "El que no iba a mi parrilla, no conocía Neuquén", afirma Blanco.

Inolvidable. Luego de comer una buena parrillada los metegoles de chapa del balneario eran un paso obligado para los más chicos.

Inolvidable. Luego de comer una buena parrillada los metegoles de chapa del balneario eran un paso obligado para los más chicos.

Las anécdotas se apilan: desde un experto petrolero francés al que despidieron regalándole una plaqueta con un chinchulín de oro, hasta la visita del elenco completo de Titanes en el Ring. "Estuvieron un mes en Neuquén. Los luchadores me pedían aceite Cocinero para pasarse por el cuerpo y tomar sol en el balneario. Cuando venía Martín Karadagian, nadie podía sentarse en la cabecera de la mesa, era exclusiva para él", recuerda.

"A Joan Manuel Serrat me lo trajo Pablo Celoria (reconocido productor de espectáculo de esa época). Se había presentado en Cipolletti. Un señor Serrat. Después Favaloro vino porque lo traía a Neuquén el doctor Lozada, que era muy conocido en la ciudad", señala.

Entre los clientes que nunca faltaban se sumaban el personal de compañías como Pérez Compac, Halliburton, YPF, Bridas. Fue así que un día cualquiera, Coco Blanco recibió a Gregorio Pérez Companc, empresario que sobresalió en el sector energético y empresario.

Producto

Los miles de neuquinos que tuvieron la oportunidad de ir a El Trébol hasta la actualidad recuerda lo bien que se comía. Blanco reveló que siempre tuvo un excelente producto, procedente de Bahía Blanca y de la provincia de Buenos Aires. Y sin pelos en la lengua fue al grano: “Siempre hubo contrabando de carne Neuquén. Y va seguir existiendo. Es cómo la droga”, enfatizó. Compraba de a 20 costillares. Me salía la mitad y tenía la mejor calidad de carne. De todas maneras, tenía a Tony González que tenía su carnicería sobre la calle San Martín. Pasaba a la cámara (de frío) y elegía los costillares”, cuenta.

Para comenzar en el rubro Ricardo sostiene que si el oficio lo trabajas de joven lo “absorbes”, pero si lo aprendes de “grande” no lo vas a respetar. "Vas a meter el perro”, opinó.

“La parrilla es muy linda. Te va a dar. Para que funciones tenés que dejar que te absorba hasta los problemas del negocio. Siempre hay que proveerlo de más mercadería para tener más ventas. No es sacar (dinero) para comprarte cosas”, destaca.

El cortocircuito final

El 14 de mayo de 1989, la historia dorada quedó reducida a cenizas. A las 19:30, mientras Blanco compraba focos en una ferretería frente a la vieja Legislatura, un vecino en un Fiat 600 le gritó la peor noticia: su local estaba en llamas.

El origen del fuego fue tan insólito como trágico. Los cables de la iluminación fluorescente pasaban por el techo de chapa y paja del quincho. "Unos gatos se pelearon arriba del techo, movieron los cables y, con el filo de la chapa, se pelaron. Cuando los mozos prendieron la luz, hizo cortocircuito y se prendió toda la paja", lamenta. Para cuando llegaron los bomberos y rompieron los vidrios para meter las mangueras, la estructura colapsó. "Ese fue el final. Se quemó todo".

A pesar del desenlace, Ricardo Blanco mira hacia atrás sin reproches. Fueron más de diez años de un éxito arrollador que marcó la gastronomía local. "La parrilla es muy linda, pero te tenés que dejar absorber completamente por el negocio. No me arrepiento de nada. Fue hermoso; a El Trébol venía todo Neuquén y fue increíble", concluyó Ricardo Coco Blanco, quien después de 37 años invadido por sensaciones volvió a pisar otra vez el Balneario Municipal, un pedazo de su vida.

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