Del Mari Menuco a surfear olas de cuatro metros en España
Gastón Franchi creció en contacto con el agua y hoy triunfa como instructor en una de las playas más desafiantes del mundo.
"Mientras más hostil sea el terreno, más te ayuda a progresar", dijo Gastón Franchi. Cuando habla de terreno, se refiere a las mareas y las ráfagas de viento. Cuando habla de progresar, se refiere a pulir su técnica para el kitesurf y el windsurf. Pero cuando habla, construye -casi sin darse cuenta- una metáfora mucho más amplia. Y esa lección parece reflejar también su propia vida, aquella que lo llevó a abandonar las comodidades de su seno familiar para plantar bandera en Tarifa, España, un sitio al que arribó persiguiendo las olas.
Gastón acumula 30 años de pura intrepidez. Él dice que se crio en el agua. Y su historia no puede contradecirlo: a los seis meses, antes de aprender a caminar, ya tomaba lecciones de natación con su mamá. Y su papá, un reconocido médico y deportista, le heredó el amor por el windsurf. "Él competía en Córdoba y a los 3 o 4 años me armó una tabla para que yo aprendiera en el Mari Menuco", dijo en una entrevista con LMNeuquén.
Con un mástil viejo, una botadera usada y un nylon, su papá armó una tabla improvisada para entretenerlo. La foto borrosa que los muestra a los dos desafiando las aguas cristalinas del Mari Menuco es ahora la prueba de ese vínculo inquebrantable que une a Gastón con el agua, y que alimentó buena parte de sus vivencias de la adolescencia y la juventud.
"Yo jugaba mucho al rugby", recordó sobre su infancia en Cipolletti. "Pero siempre me tiraba más el agua. Me acuerdo que en la secundaria todos mis amigos salían de fiesta y yo me iba a dormir temprano para poder arrancar temprano e irme al lago con mi viejo", explicó. En el Mari Menuco, el Pellegrini, El Chocón y en las playas que visitaban durante las vacaciones familiares, Gastón parecía oír ese canto irresistible de las sirenas. Su vida transcurría siempre en torno a las aguas.
A los 18 años, le regalaron su primera tabla de kitesurf. Gastón se animaba a todo, pero no sabía cómo usar ese tipo de artilugios. Decidió invertir los 200 dólares que le habían regalado, y que representaban toda su fortuna, para tomar clases oficiales y entender los secretos de su nueva tabla. "Me alcanzó para dos clases", dijo entre risas.
No había más dinero ni más clases, pero sí la dosis necesaria de coraje y pasión por los deportes de agua. "Con eso que aprendí ya salí navegando y ahora ya llevo 12 años con el kite", afirmó Gastón, que ahora sumó otra actividad acuática al abanico: el wing foil, que se impone en todo el mundo y que le abre una ventana grande de oportunidades para el futuro.
Buscando las olas perfectas
Gastón siempre lo supo. Se imaginaba un futuro lleno de experiencias inolvidables, y ese anhelo no parecía adaptarse a un proyecto de vida sedentario. "Por eso estudié Administración de Empresas, sabía que era una carrera que se adapta fácilmente a las distintas realidades y que no necesita demasiadas homologaciones internacionales", afirmó sobre la carrera universitaria que estudió en Córdoba.
Ya con su diploma y un amor intacto por los deportes acuáticos, Gastón decidió emigrar a España en 2021, en plena pandemia de coronavirus. "Pasamos por varios confinamientos, ni bien llegué estuve un mes encerrado en el sur, en Andalucía", relató sobre una experiencia difícil que marcó un sendero hostil pero repleto de aprendizajes.
Gastón había leído mucho sobre los migrantes y explicó que es imposible mudarse a otro país con la idea de probar suerte. "Yo creo que hay que ir con la idea de mudarse, de plantar bandera, sin pensar que hay un plan B", aseguró. Y así se fue, como quemando las naves de una vida segura en su tierra, bajo el ala siempre protectora de su familia.
En Andalucía, se encontró con decenas de extraños que lo trataban con la calidez del sur español y que lo hicieron sentir como una parte de su familia. Los momentos más duros terminaban por forjar su perfil más independiente. "Sabés que estás muy solo y te aferrás más a los amigos, pero cuando pasan cosas malas, no tenés a tanta gente, y eso te hace ser mucho más fuerte", aclaró.
No eran las olas enormes que lo obligaban a aferrarse a su vela con más firmeza sino un mundo desconocido, lejos de su gente, que lo llevaban a arreglarse por su cuenta y abrirse paso en soledad. Así, y con la ciudadanía italiana como su mejor herramienta, se instaló en Europa, donde hoy triunfa como instructor de kitesurf y otros deportes de agua.
El joven agradeció tener una familia abierta, que nunca intentó cortar sus alas. Por el contrario, le ofrece la pista de despegue para que persiga sus sueños. "Me gusta volver, pero siento que con una o dos veces al año se cura esa llama de nostalgia", explicó desde Cipolletti, donde pasa una temporada de visita a su familia. "Tengo la suerte de que mis papás son muy independientes también y no necesitan de mi ayuda", dijo.
"Después de cuatro meses de confinamiento me mudé a Cádiz y pasé tres meses trabajando de lo que salía, porque con papeles hay trabajo siempre. Cuando empezó el verano recién miré el mapa y vi que estaba cerca de Tarifa", aclaró. Sin pensarlo demasiado, se fue a la última punta de la Península Ibérica, justo ahí donde Europa y África se confunden, y donde las olas más salvajes desafían a los deportistas.
"Busqué escuelas de kite surf en Tarifa en Google Maps y llamé a la primera que aparecía. Le conté que era argentino, que tenía experiencia y que podía trabajar. Y me dijeron que necesitaban a un instructor si podía empezar de inmediato", recordó. Gastón apuró el equipaje y a los pocos días llegó a ese municipio andaluz.
"No tenía ni dónde vivir así que paré en un hostel y me movía en bicicleta", agregó. Cada mañana, pedaleaba siete kilómetros hasta el trabajo, azotado por unas ráfagas de viento que él mide en nudos y que se sentían como un obstáculo más para esa vida nueva. "Yo estaba dispuesto a hacer lo que fuera para salir adelante", explicó.
Gastón sólo necesitó esa cama de hostel y el trabajo en Surf Center para enamorarse de Tarifa. Sus olas perfectas lo ponían a prueba de forma constante, y convivía a diario con instructores y deportistas de cada rincón del planeta. Esa punta de España es, para él, la Babel de los surfistas, y plantó bandera sin dudarlo demasiado. "Es hermoso vivir rodeado de gente que comparte la misma pasión", aseguró el joven, que ahora cumple su rol en Dos Mares, otra empresa del rubro.
Aunque pasó momentos difíciles, consideró que cada obstáculo sólo iba a conseguir forjar su carácter. Y así, se animó a asentarse en ese pequeño pueblo que lo ayudaba a pulir su técnica deportiva y le regalaba las mejores olas. "He surfeado con olas de 3 o 4 metros, que te partían la tabla y te dejaban la mitad en la orilla", recordó.
Recordó sus experiencias en Hierbabuena, con olas que rompen a 150 metros de la orilla. "Teníamos que nadar casi media hora, en medio de una neblina que no te permitía ver nada", dijo. Exhausto de la travesía, se paraba en la tabla buscando a ciegas algún punto invisible del horizonte, en un punto remoto del mar donde la fauna marina reclama su dominio. "Hay muchas orcas que atacan a las embarcaciones, pero por suerte nunca nos pasó nada", recordó.
Gastón no aspira a ser instructor toda su vida, pero sabe que no puede alejarse demasiado del agua. Por eso, piensa en hacer carrera en el mundo corporativo, con los ojos puestos en las empresas de deporte acuático. Así piensa conciliar sus dos pasiones: las olas y la administración.
Con un álbum repleto de recuerdos que atesora, asegura que el terreno hostil de Tarifa, con sus aguas frías, su viento tosco y sus olas violentas, es el paraíso para los que quieren aprender más rápido. Y eso busca él: empujar todos sus límites un centímetro más allá de lo posible para ser mejor todos los días. Y no solamente en el agua.
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