El legado de Alberto Fernández que explica el fenómeno de Javier Milei
Durante gran parte de su historia democrática, Argentina ha sido gobernada por presidentes con superpoderes, dentro de lo que se conoce como “Hiper Presidencialismo”. Esto inicia con Juan Bautista Alberdi, quien confiesa en las "Bases y Puntos de Partida”, que su constitución de 1853 está diseñada para tener gobernando a “un Rey disfrazado de presidente”, es decir una figura muy poderosa con atribuciones extra ejecutivas, capaz de controlar a los caudillos y los bárbaros de las provincias que, según él, atentaban contra el orden y el progreso nacional.
Sin embargo, aquellos que pensaban que el diseño autoritario de Juan Bautista era un mal sin cura se equivocaron. Alberto Fernández les tapó la boca a todos: la figura super potente del presidente argentino tuvo su excepción.
Recordemos cómo Carlos Menem, a fuerza de decretos de necesidad y urgencia (DNU), decretos delegados, “escribanías legislativas” y una reforma constitucional, lograba manipular la democracia y la economía argentina a su antojo. Así pudo moldear la dolarización y un Estado neoliberal y privatista. ¿Y qué pasa con los poderes judicial y legislativo y la división de poderes que nos enseñó Montesquieu? La gente no se preocupa por esas pavadas mientras te ven manejando una Ferrari.
Lo que tiene el presidencialismo in extremis es que allana terrenos. Lo que hizo uno, el que viene después lo puede deshacer con facilidad. Así fue que Néstor y Cristina Kirchner generaron un proceso inverso de salida de la dolarización y reestatización, empezando por el sistema previsional (¿alguien se acuerda de las escalofriantes AFJP?), Aerolíneas Argentinas, concesiones hidroeléctricas, aguas y saneamiento e YPF, entre otras tantas. Nuevamente, un festival de decretos de necesidad y urgencia, decretos delegados y manifiesta manipulación de los diminutos poderes judicial y legislativo lo hicieron posible. Como con Carlos, alrededor del poder aparecieron un millón de amigos, a lo Roberto Carlos.
Privatizante o estatizante, compartimos el mismo estandarte: la propaganda. Siempre con un aparato mediático poderosísimo para legitimar la izquierda o la derecha. Todo se puede justificar, solo hay que convencer al electorado pasivo que mira impávido cómo la TV va moldeando sus opiniones.
Nosotros criticamos a nuestros hijos porque miran TikTok, que manipula sus mentes, como si fuéramos inmunes a las pantallas. ¿Con que autoridad moral? Un poco de memoria por favor. O tal vez ya no nos quede, porque Bernardo Neustadt y Víctor Hugo Morales nos frieron las neuronas con tanto sofismo.
Mauricio Macri, el presidente que a priori pintaba más republicano, no se quiso quedar afuera y también aprovechó para practicar un poco hiper presidencialismo. Quizás no generó grandes controversias mediáticas alrededor de su figura, ni polémicas reformas de perpetuación institucional, pero si selló exagerados y oscuros pactos con los medios de comunicación y la justicia, para sacar “de raíz” a un Kirchnerismo, al que -aún hoy- considera un cáncer para la Argentina.
Tal vez la mayor contribución de Macri al hiper presidencialismo haya sido endeudar a los hijos de nuestros bisnietos con el FMI mediante un decreto. No creo que muchos presidentes o primeros ministros en el mundo tengan esa carta de presentación en su mano. Mauricio es como una especie de “one hit band” del Poder Ejecutivo. ¡En tu cara, Menem!
Así es que sociólogos y politólogos por igual nos preguntamos durante mucho tiempo si el problema de Argentina consistía, o no, en darle tanto poder a una sola persona. ¿No sería más equilibrado para la democracia y la economía un sistema parlamentario? ¿Habrá que limitar las atribuciones presidenciales? Bueno, Alberto no habrá reconstituido los ingresos a los millones de argentinos como prometió, pero por lo menos nos regaló muchas respuestas a los 20 o 30 nerds que hacíamos teoría institucional comparada. ¡Hay que saber valorar!
Alberto es un maestro que nos dejó un legado: nos confirmó que lo de Fernando De La Rúa no fue casualidad, y que los Argentinos no estamos preparados para un presidente aburrido, con poco poder y sin voluntad de reformar nada. Lo único que Alberto nos pudo ofrecer son las excusas de que Cristina, la pandemia, ahora Massa que es candidato y quizás en el futuro los extraterrestres de Marte, no lo dejaron gobernar. Públicamente, el único escándalo digno de la impunidad hiper-presidencialista, fue un pandémico festejo de cumpleaños con su mujer y sus amigos, mientras nos tenía a todos los argentinos severamente encerrados e incomunicados. No estuvo mal, pero estamos acostumbrados a más.
Es que los argentinos somos así. Nos gustan los amores fuertes y desgarradores. Nos atraen los presidentes que se pasean impunes por los programas de humor y rating, que tienen “affaires” con modelos y actrices y que nos hacen tantas cadenas nacionales con voz dramática y quebrada como se pueda.
Recuerdo de chiquito cómo los gobernadores recibían a los presidentes en el aeropuerto de Neuquén, ¡qué suceso maravilloso! Esté uno a favor o en contra, era el mismísimo poder central que aterrizaba en nuestra olvidada y lejana periferia. Una sola firma con su lapicera podría cambiar la fortuna de nuestra provincia, o simplemente era esa figura popular rodeada de 87 guardaespaldas que, con sólo poner sus pies en nuestras calles de tierra, nos elevaba.
Esta semana, Alberto llegó a Neuquén a inaugurar una casa. ¿Alguien se emocionó? Ni siquiera para putearlo. Sus ojitos tristes y ojerosos, como pidiendo perdón, nos dan más ganas de abrazarlo, frotarle la espalda y decirle que todo va a estar bien, que de cualquier otra cosa.
El suceso de esclarecimiento sociológico mas grande de la historia de Argentina se dio hace 2 meses, cuando en el marco de un acto en Plaza de Mayo en conmemoración a los 20 años de la llegada de Néstor Kirchner a la presidencia, un pibe entrevistado por Crónica TV manifiesta que su candidata a presidente es Cristina Kirchner, y, cuando el periodista le aclara que ella no es candidata, el muchacho responde increíblemente y sin dudar: “Entonces voto a Milei”.
Silencio de radio. Los encuestadores quedaron estupefactos.
Lo que este chico y luego las urnas del pasado 13 de agosto nos mostraron, es que los argentinos no somos fans de la división de poderes y que no queremos que nos gobiernen tipos tibios como Alberto y Fernando.
Lo que el pibe de Crónica TV nos mostró y que aún nadie ha podido descodificar, es que, si es de izquierda, derecha o ambidiestro, es secundario. Lo que más nos atraen son las figuras fuertes que hacen reformas bien fundamentadas y que van a pegar muchas trompadas para lograr esos cambios. No importa si para eso tenemos que saltear la Constitución Nacional o cualquier ley preexistente.
Yo quiero poner al menos en duda: aquel simplismo que lo acusa a Milei de populista, especialmente ahora que sale con una voluptuosa estrella de la TV. El populismo tuerce su discurso para torcer luego las voluntades. Javier Milei no tuerce su discurso para ganar un votito más. Es inflexible con su ideología liberal y su pensamiento y parece no transar con nada ni con nadie. En medio de la enorme crisis de credibilidad de los políticos, éste es sin dudas, uno de los atributos mas valorados por su electorado. Tan valorado que si Milei dice que va a cambiar todo mediante un plebiscito, le creemos que lo va a hacer y no nos preocupa si para ello no respeta ningún proceso institucional, tanto como sí nos preocupa detener la inflación.
Y ya que nos estamos sincerando con nuestras espantosas preferencias electorales, no seamos hipócritas y admitamos que además nos gustan las patillas.
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