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La Mañana Corrupción

El yate de Insaurralde: corrupción y banalidad

La corrupción crece en un espiral lento ante una sociedad exhausta que la naturaliza.

Cuando la filósofa alemana Hannah Arendt acuñó el término “banalidad del mal”, acusaron a su teoría de ser un reflexión atroz para justificar un holocausto que tuvo a su propio pueblo como víctima y que doblaba el dedo acusador para dejar de apuntar a Adolf Hitler, el villano favorito del siglo XX, y enfocarlo en nosotros mismos.

Su tesis postula que hasta el acto de crueldad más inhumano puede ser cometido por personas corrientes si se organiza en una red de pasos pequeños y hasta burocráticos que no parecen contribuir a una causa ruin. No es exterminar a seis millones de personas; es sólo conducir un tren hacia una zona fría de Polonia, retener un pasaporte o girar una llave de gas.

Arendt dice que no son monstruos. Son seres humanos que justifican su accionar cotidiano porque lo que hacen es apenas un grano de arena insignificante. Y así, no importa si la mezclan con cemento para construir una obra magnífica o la usan para llenar la palada que tapará una fosa común. Sus actos son sólo eslabones de una cadena en la que no tienen responsabilidad.

Su teoría, aunque incómoda, parece demasiado familiar. Y no sólo en cuanto a crímenes de lesa humanidad, que hemos tenido los nuestros. ¿Acaso no trivializamos también la corrupción cuando reducimos los actos menos éticos a una simple banalidad?

Aunque 48 tarjetas de débito o un yate en Marbella nos parezcan demasiado obscenos, es posible que los autores de esos actos hayan logrado banalizar su falta de ética en un espiral lento y ascendente de hechos corruptos, que escalan ante la mirada naturalizadora de una sociedad que, exhausta, prefiere resignarse.

Dicen que no son ellos; que es el sistema. Dicen que son las instituciones ya percudidas hasta una peligrosa pérdida total de legitimidad. Pero, ¿acaso las instituciones no son inventos nuestros?, ¿no son sólo grupos de personas con sus reglas?, ¿no somos nosotros esas personas?

Nos resignamos a un ritmo lento, como aletargados. Y nos sacudimos cada vez que la corrupción se desnuda sin el más mínimo de los pudores. Pero sólo por un rato. Mañana, esos diarios van a alimentar el fuego de un asado. Y el mal va a seguir, tan banal como siempre lo ha sido.

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