Su rol es fundamental en el desplazamiento hacia las altas montañas, en plena trashumancia. Esa práctica ancestral que se repite cada año.
Las crianceras del norte neuquino son más que una postal que se repite cada año. Son herederas de una enorme labor que realizan a lo largo de su vida. Su presencia en los arreos es fundamental, se desplazan con sus familias y sus piños por las huellas hacia las altas montañas.
A la par de los hombres, trabajan arduamente en el cuidado y traslado de los animales hacia las veranadas. Además, se encargan de cocinar cuando se detienen a descansar. Aunque, cada vez se observa una menor presencia de mujeres crianceras en los arreos y en las huellas.
Durante el resto del año, las mujeres trabajan en el campo, en la recolección de leña para cocinar sus alimentos, entre otras tareas.
Mientras que también están las mujeres que no viajan a las veranadas y se quedan en la invernada junto a los hijos que asisten a la escuela, esperando el retorno de los hombres, quienes se ausentan por un período de cuatro a cinco meses.
Como dicen en el norte, se trata de “raíces que no hay que cortar", a pesar de que es una actividad practicada en su mayoría por gente muy mayor. Se trata de un trabajo muy sufrido que va disminuyendo ya sea por los alambrados como de las condiciones de los callejones de arreo. Todavía hay quienes tienen puesta la esperanza en la gente joven que quiera replicar año tras año esta práctica ancestral.
La lente del fotógrafo Martín Muñoz, logró captar in situ imágenes que reflejan la labor que realizan diariamente las crianceras del norte neuquino, herederas de una vieja tradición.
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