Viena, 1 de mayo de 1786. Neuquén, 5 de agosto de 2022. Dos ubicaciones en el espacio tiempo que parecen no tener nada en común. A excepción de una cosa: en esas dos ciudades, en esas dos fechas, en el aire resonaban las armonías de una orquesta interpretando “Las Bodas del Fígaro”, una obra de Mozart que se convirtió en el ícono de la ópera para el mundo.
236 años más tarde, las intrigas palaciegas de la trama no distan demasiado de los enredos de las telenovelas de ahora. Pero una obra de canto lírico en italiano que se extiende por casi cuatro horas parece no ajustarse a la sed de contenidos fragmentados, simples y veloces que imponen los nuevos tiempos.
Y así, incluso así, el maestro Andrés Tolcachir se las ingenió para dejar a todos atónitos en sus butacas del Cine Teatro Español. Con dos funciones a sala llena, un despliegue inédito de cantantes cautivaba al público, que no se movió de su lugar para escuchar a los integrantes de la Orquesta Sinfónica empuñando sus instrumentos, o para descubrir el desenlace en la historia de dos amantes que enfrentaban una serie de obstáculos para dar el sí.
Frente a los discursos que tildan a la música clásica como un snobismo de la alta cultura o como una propuesta artística obsoleta que pierde todas las batallas frente al rap y el autotune, las funciones llenas en Neuquén iluminan el futuro de un género que es más popular de lo que parece, y que se mantiene vigente y apostando a la calidad gracias al apoyo estatal, en una geografía antes impensada para este tipo de espectáculos.
Neuquén se merece una orquesta como esa, por más esfuerzos que eso signifique. Y los neuquinos se merecen la oportunidad de escuchar una orquesta con ese prestigio. Se merecen ópera. Se merecen música.
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