Apenas le dieron la nota y supo que al fin era contadora, Stefi Gisbert tuvo un flasback, una especie de retrospección, por su cabeza pasaron una seguidilla de imágenes con todas las dificultades que tuvo que sortear en el camino para llegar a la tan ansiada graduación: los tres bebés que parió, el haber sido mamá a los 16 años, las veces que engañó al estómago con litros de mates, el frío, estudiar de madrugada mientras sus hijos dormían, vivir cansada durante más de 10 años, los trabajos precarizados y otras vivencias. Además de egresada de la UNCo, ella es una egresada de la vida, una campeona.
Esta historia tiene un momento bisagra. Corre el año 2010. Stefi tiene 16 años y acaba de ser mamá de Lázaro, su primer hijo. Ella todavía no lo puede creer. Cómo pudo haberle pasado esto a ella, si el año pasado se sacó un diez en Educación Sexual Integral (ESI). Cómo pudo haberle pasado esto si su mamá, Bibiana, se cansó de darle consejos de cómo tenía que cuidarse. Pero pasó. Y acá, en los recreos de 4º año del CPEN47, mientras los compañeros charlan de alguna banda de rock o juegan al fútbol, ella le da la teta a su bebé.
Se cambia de colegio para estar más cerca de su casa. Franco, su pareja desde que tiene 14 años, le lleva el nene a la escuela cada una hora. La noticia revoluciona el aula. Sus amigos empiezan a llamarla “Mamá Luchona” y ella también asume una especie de rol de madre con compañeros que están en plena edad del pavo. Hay cariño y comprensión por parte de los pares, pero la mayoría de los docentes y autoridades le hacen sentir la hostilidad. Son épocas en los que ser madre por accidente y a los 16 años no tiene ninguna aceptación. Algunas profesoras la mandan a febrero porque a veces le cuesta llegar a horario a clase. El profesor de Derecho, bastante más empático que el resto, da una clase con el pequeño Lázaro a upa, un día que Stefi lo lleva a la escuela porque no tiene con quien dejarlo. En la dirección le dicen que van a llamar a su mamá porque está por quedarse libre: “Yo vivo sola y tengo un hijo”, explicó con 17 años.
“Fue una época difícil porque no sentí el respaldo de la institución. No estaba bien visto ser madre a esa edad, y había profesoras que me hicieron la vida imposible”, contó a LMNeuquén la flamante contadora Gisbert.
En sus zapatos, cualquier otra persona se hubiese quedado en el camino. Pero ella traía un mandato familiar. En su casa del barrio Unión de Mayo había una frase que se repetía hasta el cansancio: “Estudiá, no repitas nuestra historia”, solían decirle su papá Miguel y su mamá Bibiana, él changuero y ella empleada doméstica. En ese hogar podía faltar de todo menos amor, y todas las posibilidades que tenían a su alcance para que su hija pudiese completar sus estudios. “Mi motor para seguir adelante en esas condiciones fue querer poder darle un futuro a mi único hijo en ese momento, y sabía que iba a tener más posibilidades si era profesional”, agregó Stefi.
Apenas conseguido el título secundario se tomó un año sabático. Como si supiera de antemano las dificultades que le tocaría atravesar, el descanso le sirvió para ordenar ideas, reforzar sus sueños, pasar más tiempo con su hijo, y tomar el impulso necesario para encarar una rutina maratónica, que arrancó en 2013, cuando comenzó a estudiar la carrera de Contador Público en la UNCo.
Para volver posible lo imposible, en este largo camino que duró 10 años, hubo épocas en las que tuvo que levantarse a estudiar a las cinco de la mañana, cursar de 8 a 13, almorzar a las corridas en el comedor de la facultad, y a las 14 entrar a trabajar en una empresa de limpieza hasta las 22. Al llegar a su casa, bien entrada la noche, recién ahí tenía su primer contacto del día con su hijo. “Yo digo que los límites nos los ponemos cada uno en nuestras mentes. Es cierto que demanda un esfuerzo muy grande, y que puede llevar 10,15 o 20 años, pero lo importante es llegar”, aseguró Stefi.
A su curriculum de trabajos precarizados hay que sumarle cinco años en una cadena de comidas rápidas, y un paso por el guardarropas de un boliche, donde se llevaba los apuntes para estudiar entre penumbras, mientras los dueños de los abrigos bailaban al compás del meneaito. “A veces me tocaba trabajar los miércoles, entonces muchas veces tuve que ir a rendir o a cursar sin dormir”, recordó ahora.
Con el tiempo las cosas se fueron encaminando. En 2019 entró a trabajar a la Municipalidad de Neuquén, en el área de presupuestos de la Secretaría de Coordinación e Infraestructura, donde ahora cada día lo deja todo. Porque ella no sabe hacerlo de otra manera. Siempre lo deja todo. En el camino tuvo a otros dos hijos Theo (5 años) y Luana (10 meses) y pese a toda esta revolución familiar prometió recibirse de contadora antes de cumplir los 30 años.
Aunque para eso tuviese que superar una traba emocional: la muerte de su abuelo Julio, ese hombre fundamental que le inculcó tantos valores, la tiró abajo. Ella no podía pensar en otra cosa que en su pérdida. El 2022 fue un año en el que su vida prácticamente quedó en pausa, también en lo académico. “En un momento entendí que tenía que hacerlo por él, porque partió de este mundo jactándose de que su nieta era contadora, ya que cuando terminé de cursar, en diciembre del 2021, él creyó que me había recibido”, dijo emocionada.
El martes pasado le pidió a su pareja que se lleve de la casa a sus tres hijos. Para rendir la última materia necesitaba silencio y estar tranquila. Por las dudas puso un champagne en el freezer, y se conectó al Zoom, para enfrentarse al profesor y a la materia más difícil de toda la carrera: Análisis de Estados. “Si hice todo este esfuerzo de estudiar en la UNCo y de llegar hasta acá, me voy a recibir con él”, pensó Stefi que, como si a este camino le hubiesen faltado obstáculos, se sumó este nuevo desafío.
Después de aprobar no hubo huevazos ni paseo por el centro. Sólo hubo alivio, y un abrazo eterno con su mamá, que no podía parar de llorar. “Ya está”, fue lo primero que pensó Stefi antes de descorchar la botella, pero eso apenas duró un instante. Ahora ya piensa en anotarse en algún posgrado, y sueña con tener su estudio propio. Y eso que recién tiene 29 años.
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