Ya comenzó el año de reclamos, atrás quedó la tercera, las fiestas de fin de año y las vacaciones de enero donde Neuquén capital fue un desierto.
Con febrero, la proximidad de la vuelta a clases, las paritarias y la inflación que viene destruyendo los salarios, volvió una modalidad de reclamo que tiene casi 30 años, pero que no evoluciona: los cortes de puentes.
No se puede negar que los reclamos son tan genuinos como el derecho a circular. Es justo en ese punto, donde un derecho se superpone con otro y lo suspende.
¿Quién lleva la razón? es una respuesta que no se puede dar porque el Estado debe garantizar ambos, pero no ocurre y por eso la necesidad y el enfado libran su batalla sobre la ruta. El Gobierno y la Justicia, bien gracias.
Los ciudadanos que no están incluidos entre los que reclaman deben ver cómo sortean esta situación para desplazarse. En tanto los ciudadanos que reclaman deben adquirir cierta templanza para soportar el malestar social que generan con sus cortes.
Acá es donde desembarcamos en esta modalidad de reclamo que arrancó con los piquetes de mediados de la década del 90 y que van camino a cumplir 30 años.
En la región, reclamo que hay suele terminar con un corte de puentes lo que complica al resto de los habitantes.
Las organizaciones y los gremios no han encontrado una nueva forma de afrontar los conflictos, lo que también habla de la calidad de los políticos que dilatan las soluciones hasta que las barricadas llegan a la ruta. Y en las calles, el problema termina enfrentando a la sociedad, desgastando a los sectores que demandan y recién ahí, la política arma una tregua.
El absurdo nos divide y nos enfrenta.
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