Tras una grave lesión, Jeremías superó las adversidades, llegó al podio Panamericano y ahora busca ubicarse dentro de los mejores deportistas del mundo.
Después de años de entrenamiento, una lesión que le cambió la vida y un regreso al deporte construido a pulmón, un neuquino consiguió un tercer puesto en el Panamericano de paratriatlón. Pero antes de subirse al podio tuvo que atravesar una larga recuperación y animarse a desafiar los límites que otros habían marcado para él.
Jeremías Gallardo tiene 37 años y atraviesa uno de los momentos más importantes. Desde chico, el deporte fue una parte fundamental de su vida. Su familia siempre lo impulsó a él y a sus hermanos a realizar distintas actividades, por lo que a los 8 años comenzó a transitar sus primeras experiencias.
Con el tiempo pasó por diferentes disciplinas hasta que, cerca de los 15, descubrió en el ciclismo una de sus grandes pasiones. Por aquellos años, salir a andar en bicicleta durante horas no era algo habitual, pero junto a su padre recorrían las bardas y caminos de la región. “Éramos de los pocos locos”, recuerda sobre aquellas jornadas en las que podían pasar tres o cuatro horas pedaleando.
A los 19 años se animó a correr su primer triatlón en la Confluencia, casi como un desafío personal y con poco entrenamiento. Aquella experiencia terminó de abrirle la puerta a un mundo que, con el paso de los años, se convertiría en una parte central de su vida y en su mayor motivación ante las adversidades.
Un accidente que le cambió la vida
Hace cinco años, Jeremías tuvo un accidente que cambió por completo sus planes. Todo ocurrió a partir de una mala decisión: trepó una reja y luego un paredón, pero la estructura se desmoronó y cayó sobre la propia reja, que tenía puntas de flecha. Una de ellas quedó clavada a la altura del glúteo y, al retirarla, le cortó el nervio ciático.
Después del accidente, Jeremías comenzó a notar que algo no estaba bien. Desde la rodilla hacia abajo había perdido la sensibilidad, pero cuando consultaba con los médicos la respuesta era siempre la misma: no tenía nada y no debía preocuparse. Sin embargo, él conocía su cuerpo después de tantos años de entrenamiento y sentía que había algo más detrás de lo que le estaba pasando.
Ante la falta de respuestas, decidió seguir indagando por su cuenta. Hasta llegó a autodiagnosticarse e insistirle a un médico para que le realizara una ecografía porque estaba convencido de que tenía el nervio ciático dañado. Finalmente, el estudio confirmó sus sospechas y encontró la lesión que explicaba por qué había perdido la sensibilidad.
La primera alternativa que le plantearon fue una cirugía que le permitiría volver a caminar pero que dejaba el deporte fuera de sus posibilidades. Para Jeremías, era una de las peores noticias que podían darle.
En lugar de quedarse quieto, continuó buscando alternativas y llegó hasta un médico en Buenos Aires, quien le realizó una intervención con un resultado incierto: no se sabía si podría recuperar el movimiento del pie, pero la cirugía podía ayudarlo a recuperar parte de la sensibilidad que había perdido.
El esfuerzo detrás de la recuperación
Después de la cirugía comenzó el proceso más largo: recuperarse. Durante un año, Jeremías se dedicó casi exclusivamente a la rehabilitación. Viajó tres veces a Buenos Aires y permaneció alrededor de 20 días en cada oportunidad para realizar distintos tratamientos, pero entendió rápidamente que el trabajo no podía terminar cuando salía del consultorio.
A las sesiones de rehabilitación que le indicaban, Jeremías sumaba horas de trabajo por su cuenta. Después de una hora o una hora y media con los profesionales, pasaba hasta cuatro horas más en el gimnasio intentando recuperar la fuerza y el movimiento.
En ese camino también tuvo que aprender a convivir con los límites que le imponían. En una de las últimas rehabilitaciones, recuerda que los profesionales le repetían una y otra vez qué cosas no podía hacer. “Decime que no debo, no que no puedo”, les respondía con frustración ante las negativas.
La diferencia no era solo una cuestión de palabras. Jeremías necesitaba creer que todavía podía volver a hacer aquello que había hecho durante toda su vida. Le habían dicho que tendría que esperar 18 meses para volver a subirse a una bicicleta, pero gracias a su perseverancia, a los seis meses ya estaba pedaleando en Bariloche.
Ese regreso fue apenas el comienzo. Una vez que volvió a sentirse bien arriba de una bicicleta, se propuso un desafío todavía más grande: completar La Misión, una carrera de 160 kilómetros de autosuficiencia en la montaña y con unos 8.000 metros de desnivel positivo. Era una prueba exigente incluso para alguien sin una lesión como la suya, pero Jeremías se preparó, viajó y la terminó.
Después de cruzar esa meta entendió que podía ir por más. Había pasado de preguntarse si volvería a caminar con normalidad a completar una carrera de montaña y, con ese impulso, decidió recuperar también otra parte de su vida que había quedado en pausa: los triatlones.
Del regreso al podio panamericano
A fines de 2024 comenzó a entrenar con mayor intensidad con un objetivo concreto: completar un Ironman 70.3, una competencia de media distancia que combina 1.900 metros de natación, 90 kilómetros de ciclismo y 21 kilómetros de trote.
En abril del año pasado participó en San Juan y completó la prueba en poco más de cinco horas. Después llegó Valdivia, donde logró bajar su tiempo hasta las 4 horas y 44 minutos. La preparación continuó durante toda la temporada y, en abril de este año, volvió a San Juan decidido a conseguir la marca que necesitaba para clasificar al Mundial.
Lo logró. Con un tiempo de 4 horas y 26 minutos consiguió la clasificación y, 15 días después, volvió a competir en Chile. Esos resultados hicieron que la Selección Argentina se contactara con él para invitarlo a competir en el circuito internacional de paratriatlón.
Al principio, Jeremías dudó. No tiene certificado de discapacidad y nunca se había considerado a sí mismo desde ese lugar. Pero después de hablarlo con sus amigos decidió aceptar el desafío. Su lesión estaba allí y lo colocaba en desventaja frente a otros competidores, pero también había demostrado que podía competir en una categoría convencional y alcanzar resultados de alto nivel.
Así llegó al Panamericano de Antofagasta, en Chile. Con apenas un mes de preparación, después de haberse tomado 25 días de descanso tras su última competencia, Jeremías se enfrentó a un nivel completamente diferente al que estaba acostumbrado: en la categoría PTS5, considerada de élite, compitió contra deportistas profesionales y atletas con un nivel internacional altísimo.
A pesar de sus dudas, logró meterse en el podio, consiguió un bronce y se convirtió en el tercer mejor paratriatleta de América en su categoría. “La medalla me la colgaron en Antofagasta, pero yo realmente empecé a ganarla cuando di el primer paso después de mi lesión”, reflexiona.
Un nuevo desafío: el sueño olímpico
El resultado abrió para Jeremías una nueva etapa. El tercer puesto panamericano le permitió ingresar al circuito internacional y clasificarse al Campeonato Mundial, que se disputará en Pontevedra, España. Pero sus objetivos van todavía más lejos.
Actualmente ocupa el puesto 31 del mundo y buscará sumar puntos en próximas competencias. Tiene por delante dos Copas Mundiales, una en Turquía y otra en Chile, y un podio podría permitirle acercarse al Top 15, la posición necesaria para comenzar a sumar puntos con vistas a los Juegos Olímpicos.
Su vínculo con el deporte también se trasladó a su profesión. Después de 14 años dedicados a los desarrollos inmobiliarios, el accidente y el fallecimiento de su mamá lo llevaron a replantearse lo que realmente quería para su vida. Durante su rehabilitación comenzó una maestría en alto rendimiento deportivo y, finalmente, decidió abandonar su actividad anterior para dedicarse de lleno al entrenamiento.
Hoy tiene un gimnasio, trabaja con atletas de alto rendimiento y personas que recién comienzan, realiza rehabilitaciones pre y postquirúrgicas y arma planes de entrenamiento para quienes quieren correr o hacer triatlón.
Pero, sobre todo, encontró en el deporte una forma de vida que lo acompañó desde chico, que lo ayudó a atravesar uno de los momentos más difíciles de su vida y que ahora lo lleva a perseguir un sueño que alguna vez parecía imposible. “Un Juego Olímpico, para cualquiera que ame el deporte, son palabras mayores. Lo digo y se me pone la piel de gallina”, confiesa.
Y mientras entrena para acercarse a ese objetivo, Jeremías conserva la misma lógica que lo acompañó desde el comienzo de su recuperación: ponerse una meta, trabajar para alcanzarla y no aceptar demasiado rápido que algo es imposible.
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