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La Mañana Historia

Luchar contra el silencio: la búsqueda del historiador local que más sabe sobre Hemingway en América del Sur

Ricardo Koon dedicó su vida a seguir los pasos del Premio Nobel. Su trabajo no sólo es reconocido mundialmente y lo llevó a lugares y personajes entrañables, sino que se volvió un motor contra la adversidad de la hipoacusia.

La primera vez que Ricardo Koon supo de Ernest Hemingway fue cuando vio en televisión El viejo y el mar con el actor Spencer Tracy. Tenía 10 años y algo de esa historia en blanco y negro lo atrapó. Poco tiempo después, su papá, que era un lector dedicado, le regaló el libro: una edición de bolsillo con tapa ilustrada que aún Ricardo recuerda bien. El libro no tuvo demasiada trascendencia para él hasta unos años después, cuando tuvo que leerlo y analizarlo en la clase de Literatura de la secundaria. La historia, que le valió al escritor norteamericano el Premio Pulitzer y más tarde la concesión del Nobel de Literatura, narra el enfrentamiento fascinante de un viejo pescador cubano contra un pez espada. Pero para Ricardo, eso tuvo un significado mucho mayor.

A los 3 años, Ricardo había sido diagnosticado con hipoacusia como consecuencia de la aplicación de penicilina para combatir una neumonía que contrajo al mes de nacer. Y como aquello, la aparición de Hemingway en su vida también fue disruptiva, también marcó un antes y un después. Enseguida comprendió el poderoso mensaje de resiliencia y superación de El viejo y el mar. Encontró ahí “la lucha del hombre contra la adversidad y por analogía”, su “lucha contra el silencio”. Por pedido de su maestra, siguió investigando al autor. Primero accedió a una biografía y luego a una foto. Cuando lo vio, sintió que ese hombre de barba blanca y mirada profunda bien podría haber sido el abuelo que siempre quiso tener para que le contara cuentos.

A esa idea se aferró. “Cuando fueron pasando los años, sentí una deuda con ese viejo pescador de la película, de cuya vida no sabía nada. Y viajando un día a La Habana, Cuba, entré en el mundo del capitán Gregorio Fuentes –un experimentado marinero que Hemingway contrató para capitanear su barco–, quien me llevó por ese camino de historias de los momentos que vivió junto al escritor. Y así, Hemingway se quedó para siempre en mi vida”, explica Ricardo. Entonces los cuentos fueron apareciendo, no sólo en los libros que conseguía en las bibliotecas, o en las reventas de usados donde encontró Por quién doblan las campanas, París era una fiesta o Adiós a las Armas, sino que en los retazos que iba uniendo sobre la vida de Hemingway. Investigar en los 70, sin dudas no era lo mismo que ahora. Ricardo se fue metiendo poco a poco en las huella del escritor, en la intimidad de las hojas de uno de los más brillantes relatores de su tiempo.

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Un profesor muy particular y el inicio de un viaje

“La curiosidad me llevó a saber más sobre la persona. Y en la Universidad apareció mi profesor, el escritor Haroldo Conti. Realmente gracias a él mi interés aumentó. Me contó de sus dos viajes a Cuba, de que había estado en la casa de Hemingway, de la teoría del iceberg. Y así fue que comencé a seguir las huellas del autor de El viejo y el mar”, recuerda Ricardo con una sencillez que impresiona. Conti no sólo fue uno de los más celebres escritores argentinos, sino que en su obra está el aguafuerte de lo vivido, una de las premisas de Hemingway. Ricardo recuerda que una de las últimas veces que lo vio le dijo: “No escribo la historia sino las historias de las gentes, de los hombres concretos. Escribo para rescatar hechos, para rescatarme a mí mismo. Podría decirte más: creo que toda mi obra es una obsesiva lucha contra el tiempo, contra el olvido de los seres y las cosas”.

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En efecto, se conocieron durante el paso de Ricardo por la Universidad en Buenos Aires, unos años antes de que viniese a instalarse definitivamente al Alto Valle. “De entrada nos dijo a todos que prestemos voluntaria atención y participación. Tema muy complicado para mí por mi problema auditivo. Pero después de aclararle mi dificultad, el trato entre nosotros cambió mucho. Y así fue que nos hicimos amigos, además tuve que pedirle que tuviese paciencia conmigo y modulase para que pudiese entenderle”, recuerda Ricardo.

De Villa Crespo al Delta de Tigre, fueron construyendo una amistad que se basó sobre todas las cosas en cernir los retazos de la vida de Hemingway. Pero en ese transcurrir, tuvo el privilegio de conocer en profundidad la obra de Conti, su mirada sobre el mundo, la intimidad de sus preocupaciones. Sabía que en su biblioteca había Melville, Twain, Faulkner; sabía que el río lo conectaba con su infancia, lo serenaba; sabía de su conocimiento absoluto del Latín y que sobre su escritorio había una frase que decía: “Hic meus locus pugnare est et hinc non me removebunt. Este es mi lugar de combate y de aquí no me moverán”. Eso tuvieron y eso cultivaron hasta que Conti fue desaparecido por la dictadura cívico militar y nunca más supo de él.

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El mapa de Hemingway también lo puso frente a frente con Pablo Neruda, sobre quien había leído que durante la Guerra Civil Española había conocido al escritor norteamericano. Consiguió un contacto directo y hacia Isla Negra se fue para entrevistarlo y hacer la primera parada en el viaje de su vida, el que aún recorre con la misma admiración de entonces.

La Teoría del Iceberg de Hemingway

Hace 50 años que Ricardo lleva siguiendo los pasos de Hemingway. Recorrió Cuba, Perú, México, Estados Unidos, Chile, Panamá, España, Francia, Italia, Grecia, entre otros países. Escribió dos libros inmensos donde plasmó los detalles de su investigación: El Último León (Prosa Amerian Editores, 2015) y Memorias de mi silencio: Un viaje Hemingwayano (2023). Su trabajo le valió ser miembro honorario de la Florida Hemingway Society (EEUU); Miembro titular de la Junta de Estudios Históricos de Neuquén; obtuvo el mérito de reconocimiento de la Ernest Hemingway Society y Universidad de Carolina del Norte (EEUU), por sus importantes aportes sobre la vida del escritor; ser miembro de la Cátedra Hemingway del Instituto Internacional de Periodismo José Martí de Cuba, entre otros importantes reconocimientos a nivel nacional e internacional. Este año, fue convocado a ser disertante en la Conferencia Bianual Hemingway en Bilbao, España.

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Más allá de los reconocimientos, sumergirse en la vida de Hemingway implicó para Ricardo desentrañar los secretos de la teoría de Iceberg que Hemingway creó y que llevó a su escritura con disciplina. La misma sostiene que una pequeña porción de historia es la que está en la superficie, mientras que el resto, lo que permanece bajo el agua y que no vemos, necesariamente está subyacente, sosteniendo la narrativa. Para escribir con maestría sobre los sinsabores y brillos de la vida, Hemingway se hizo protagonista de la suya. De ahí sus descripciones brillantes, precisas; sus trazos mínimos y delicados como destellos de un mundo profundo, inagotable; los diálogos certeros, posibles, en la más increíble historia.

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“Fue un volver a recorrer los caminos por los que Hemingway peregrinó con esa profunda disposición a la vida intensa. Esa vida que él vivió e importa porque su obra importa y no tiene sentido pretender que ambas cosas no estén relacionadas. Intento transmitir una idea del ser humano que hay tras esa máscara pública: ver el mundo a través de los ojos de Hemingway y de transmitir esa experiencia al público”, explica Koon. Y agrega: “Detrás de todas las máscaras -sus poses, sus arrebatos de agresividad, y sus cambios de personalidad por su bipolaridad-, existió un Hemingway que buscó sobrevivir y protegerse a través de su capacidad de creación literaria. Fue honesto en su profesión y -como algunos de sus personajes-, estableció un código ético personal sobre la base del honor, la verdad y la lealtad. Pero al final, ese código le falló y más grave aún, sintió que le estaba fallando su arte. Aunque tuvo algunas fallas como todo ser humano, hubo algo que nunca le faltó: integridad artística”.

Historiador y neuquino

Hace 36 años que Ricardo llegó a vivir a Neuquén, en las primeras etapas de su gran viaje. Aquí crió a sus hijos y disfruta a sus nietos. Es también acá donde desarrolló otra de sus pasiones, que es trabajar con absoluta rigurosidad sobre la historia neuquina. “Mi padre era amante de los libros de historia. Sobre todo de la historia argentina y patagónica. En mi adolescencia yo devoraba todas las lecturas. Mi primer libro de estos temas fue La guerra al malón, del comandante Manuel Prado. Después siguieron muchos más libros relacionados con la Patagonia y la Campaña al desierto. Te diría que sí, soy historiador e investigador pero de alma y no de carrera. Esto no tiene precio. La historia como hobby personal es algo hermoso e interesante”, explica.

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Casi todos los días, Ricardo publica en sus redes sociales las efemérides neuquinas, trabajo al que también le dedica su corazón. Es un investigador nato, de una metodología admirable, al que siempre es oportuno consultar por la contundencia de su obra. Pero sobre todo, Ricardo es un apasionado de las causas nobles. Jamás se dio por vencido ante cualquier dificultad que pudiera representar su hipoacusia. En su propia resiliencia, en su dignidad y resistencia, deja vislumbrar a un intelectual de este tiempo, es decir, a una persona que hace de su propio andar una escuela, de su propio trascender la realidad, el camino de lo posible.

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