Las dificultades que presentan las plantas frente a la perspectiva de pérdida del negocio. Un buen ejemplo de las soluciones que buscan en España.
El mundo del vino enfrenta una nueva crisis de sobrestock. Nueva, porque no es la primera vez que sucede a lo largo de la historia, aunque esta crisis tiene rasgos muy propios: los países productores y consumidores –como Francia, España, Italia, Portugal, Argentina– están entre los que más redujeron su consumo de vino en los últimos años. Y si sobra vino, es porque el consumo no se ajusta a la producción. En otras palabras, sobran viñas para producirlo.
Desde Rioja a Burdeos, de Mendoza a Maipo, el consenso está bastante generalizado: en los años que vienen habrá que arrancar viñas o serán abandonadas sin remedio. Algo de eso ya se ve en el paisaje vitícola mundial, con viñedos que no fueron cosechados, uvas que no tienen precio, productores que dejan la viña morir frente a la perspectiva de pérdida del negocio.
En ese escenario, las viñas viejas, el principal patrimonio genético de la vid de cara al futuro, tienen todas las de perder. Son las menos productivas y las más difíciles de trabajar, ya que no aceptan mecanización, y por ello enfrentan esta crisis en desventaja. En la visión contable, son las menos útiles. En la visión cualitativa, en cambio, son las imprescindibles.
Para cultivar esas viñas únicas hace falta una mano especial. Mano que tiene que conocer el detalle de podas antiguas, interpretar el ritmo de la savia de plantas que perduran y entender también el compromiso que suponen de cara a la historia y al sabor del vino. Cada vez que desaparece una viña antigua desaparece un patrimonio genético y una historia de vida.
En los muchos viajes que llevo buscando botellas, siempre doy con algún viñador de esos que te conmueven hasta las lágrimas. Personas sensibles que saben que esas viñas las plantó su abuelo, o bisabuelo, o no saben quién, pero que saben que hay que cuidarlas y se ponen a ello con pleno esmero. Son personas fundamentales para el vino. La otra cara del amor por esta bebida profunda y de honda raíz en las comunidades.
Si la lógica actual es llevarse puestos a los viñedos para acotar la producción, hay que saber que en esa guadaña caerán buena parte de las mejores plantas de vid. Salvo, claro, que esos viñadores aferrados a sus vides las defiendan por el simple amor a verlas brotar. Es una idea romántica, es verdad, pero están quienes creen que además es posible hacerlo, sumar orgullo y hacerlas sustentables en términos de negocio.
Solución imaginativa
Conocí a Telmo Rodríguez en mi primer viaje a Rioja, España, en 2023. Telmo es uno de los más reputados productores de vino de ese país. En ese entonces me habló de un proyecto en el que trabaja que sonaba más a una quimera que a una realidad. Decía que había invitado a productores de viña en Labastida, un pueblito de la Rioja Alavesa donde el propio Telmo tiene sus mejores viñedos, a que se unieran en un proyecto de hacer vinos de cosechero y salvar sus mejores vides.
Como Vinos de Cosechero se conoce en Rioja a aquellos productores de uva que, a falta de precio o por arrojo comercial, elaboran sus propios vinos que luego venden en el mercado. Fueron muy importantes en la década de 1980 frente a otra crisis de precio de Rioja, reinventando la región. La crisis actual, pensó Telmo, se llevaría puesta a las mejores viñas de los pueblos de la Sonsierra. Y empezó su proyecto de Cosecheros de Labastida.
Probé este año los vinos y tuve oportunidad de conversar con algunos de ellos. Al igual que yo, ellos pensaron que la idea tenía un truco: elaboraban sus mejores viñedos en la bodega de Remelluri, propiedad de Telmo, usaban toda la tecnología disponible y no pagaban por ello. A lo único que se comprometían era a que la comercialización y la estética de las botellas quedara en manos de la Compañía de vinos de Telmo Rodríguez. Al igual que ellos, pensé que había un truco en ello.
Pero no. Los cosecheros ganan el pleno de sus vinos con la venta y deciden qué y cómo elaborar. Y así se cumple el objetivo fundamental que se planteó el propio Telmo Rodríguez: que los viticultores jóvenes, los viñateros que aman la tierra y las vides, salvaran las mejores parcelas y elaboraran sus propios vinos.
Y así salvasen sus vides y la historia de Labastida, como la que me contó Alberto Martínez al catar su vino. Larrázuri es el nombre del viñedo que plantó su abuelo luego de salir de la cárcel en 1943, donde estuvo preso durante la guerra civil y el comienzo del franquismo. El abuelo salvó el pellejo por poco y cambió años de condena por trabajos forzados. Cuando salió en libertad, plantó con viña una terraza que pertenecía a un familiar. Unos renques –pocas hileras– con vista al Ebro, que cuidó con primor, y desde donde reconstruyó su vida al cabo de la guerra. Su nieto hoy la embotella en un vino delicado y lleno de energía. De otra manera, tanto esta historia como ese patrimonio vitícola plantado a la antigua, con mezclas de viñas que se consiguieron, se hubieran perdido.
Cosecheros de Labastida
Los cosecheros lanzaron sus primeros vinos en 2025. Este año probé 2021 Saigoba – Jorge Gil, 2021 Larrázuri – Alberto Martínez, 2021 Los Herreros – Luis Salazar, 2021 Espirbel – Alain Quintana. Cada vino lleva el nombre del viñedo y del viñador. Es un bonito proyecto con vinos de estilo libre, que rescatan diferentes historias, además de un patrimonio vitícola imprescindible.
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