Oscar Alonso fue séptimo hijo varón, entró a la industria de la fruta siendo nu niño y luego pasó por Entel.
Oscar Alonso nació en 1942 en Callacó, uno de los primeros asentamientos petroleros de Neuquén. Su padre trabajaba para la empresa petrolera Estándar Oil y por cuestiones laborales lo trasladaron a Tartagal en la Provincia de Salta. Allí paso algunos años de su niñez junto a su familia, aunque fue por poco tiempo porque los reveses del destino los hicieron volver a la Patagonia para establecerse nuevamente en Vista Alegre.
Curso la primaria en la Escuela de 109 Centenario, fue séptimo hijo de nueve hermanos y por tanto ahijado presidencial como era la costumbre de la época. La ley de padrinazgo 20.843 fue promulgada en 1974 por María Estela Martínez de Perón. Sin embargo, los antecedentes de esta costumbre los podemos rastrear hasta 1907, en la época del presidente José Figueroa Alcorta, quien estableció que el séptimo hijo varón o la séptima hija mujer de mismos padres y continuidad fraternal de género (séptimo hijo varón o séptima hija mujer) gozaba del beneficio de ser padrinos presidenciales. Una extraña reminiscencia traída por inmigrantes eslavos que sostenían creencias vinculadas con la brujería y la licantropía y que se evitaba con la venia del protectorado estatal.
La niñez de Oscar se prolongó en la más habitual de las normalidades, iniciando su vida escolar en la Patagonia que lo vio nacer.
“Nos levantábamos muy temprano tipo 6 o 7 de mañana y nos íbamos solitos a la escuela, en esa época sin ningún problema, caminando varios kilómetros para poder llegar, salíamos con nuestros hermanos y nos íbamos juntando con otros chicos con los que nos encontrábamos y a veces llegábamos a ser unos 15 llegando”, contó a LMNeuquén.
A los 12 años, Oscar ingresó como operario empacador de fruta por intercesión de un hermano mayor que ya trabajaba en el rubro como encargado en el galpón “Filomena”, empresa surgida en Cinco Saltos y que posteriormente se trasladó a Barda del Medio.
“Mi hermano me hizo entrar como sellador, que era la tarea de rotulado de las cajas en los que se embalaba la fruta y en la que se ponía la cantidad del contenido, la calidad del mismo y la variedad de la que se trataba. Por ejemplo, si era “Red Delicious”, cantidad 100 y si era “común” destinada al mercado interno o “elegido” de exportación", agregó.
"Trabajamos particularmente la manzana y la pera, después y hasta la actualidad se impuso más la fruta de carozo. Muchas de las variedades de manzanas ya casi se perdieron, porque ya no se las produce más, dado que el mercado las rechaza, como eran la Robin, Black Queenyshad, Ben Davis y otras que eran muy ricas", recordó.
Alonso contó que en los galpones aprendí a los “coscorrones” a embalar. "Yo tenía 12 años y éramos muchos chicos laburando ahí, en ese entonces laburábamos todos. A los 14 me presenté a trabajar como embalador en “Moño Azul” en Vista Alegre Norte. En el escalafón de los empacadores empezabas como “aprendiz de segunda” y continuabas como “embalador de primera”. Yo había aprendido ya porque cuando era sellador y terminaba mi tarea, me ponía a embalar por iniciativa propia, teníamos mucha iniciativa de aprender y progresar", añadió.
La tarea del embalaje tenía también sus contras porque según el tamaño y la dureza de la manzana o la pera, por el impacto mismo de la acción de pasarla de una mano a otra, cuando la sacabas del tambor y la envolvías con el papel, te podías “mancar”, es decir, lesionarte la mano y, según cuenta Oscar, era un dolor terrible que te paralizaba todo el brazo. "Sobre todo, con las peras pasaba eso por el peso y la dureza”, detalló.
“En las épocas de mayor esplendor de la fruta venía gente de todos lados, trabajadores que venían por la temporada con sus familias enteras inclusive. Había mucha gente de Concordia (Entre Ríos) y Oberá (Misiones) también. Se asentaban mayormente en las “gamelas” de las empacadoras que eran un “chorizo largo” de piezas, incluso algunas tenían para cocinar. Estaban hechas con el propósito de que al otro día te levantaras y fueras directo a trabajar. Yo viví un año en las gamelas, ahí vivían operarios solos y otros con toda su familia” agregó.
“Lo más lindo que recuerdo eran los campeonatos de fútbol que se organizaban. Los famosos “Campeonatos de Galpones” que a veces se transformaban en unas batallas campales. Participaban “Filomena”. “Moño Azul”, “Cinco Saltos”, “FUVA” de Vista Alegre. Eran muy lindos encuentros que duraban todo el sábado y el domingo, generalmente en la cancha de Obrero Dique Neuquén de Barda del Medio”, dijo.
La vida en un galpón de empaque
Oscar recuerda vívidamente las históricas inundaciones de Vista Alegre y los derivadores trabajando al límite para desviar el caudal del agua hacia la zona donde hoy está el Lago Pellegrini, la época en que la fruta no se transportaba tanto en camiones por que se hacía por ferrocarril y la odisea de cargar los vagones a mano cuidando la integridad de los cajones y su preciado contenido.
“Trabajé en los galpones hasta los 28 años que fue cuando empecé a trabajar en Entel la empresa telefónica nacional con sede en la ciudad de Neuquén Capital en 1970 y allí estuve 7 años, 6 meses y 4 días. Nos sentábamos ante los tableros en una mesa larguísima en lo que se llamaba la “posición” que encabezaban los que se ocupaban de los llamados de larga distancia con prioridad y después los de las llamadas regionales y locales", contó.
Alonso recordó que en ese tiempo una llamada Cipolletti-Neuquén tenía una demora de 7 horas y a Buenos Aires unas 14 o 15 horas. "Así que el que tomaba turno tenía que ofrecer la llamada pendiente y eso por ahí ocurría a las 2 o a las 3 de la mañana y el que las recibía te llenaba de insultos que se acordaba de toda tu familia porque lo llamabas a cualquier hora", dijo.
"El golpe militar me agarró trabajando ahí como operador telefónico. Nos tocaba la mayor parte del tiempo con soldados que se paraban armados detrás nuestro y vigilando constantemente, aunque nunca me pasó nada malo. Como contraseña cuando hablábamos con otros operadores del país nos comunicábamos hablando con la excusa del clima para averiguar cómo estaba la situación en cada lugar. Dejé de trabajar en telefonía a mediados de los 90 cuando ya habían entrado las empresas españolas con la privatización”, concluyó.
Oscar mucho antes de jubilarse trabajó en el rubro de la construcción para una empresa ubicada en la calle San Martín al 800 de la ciudad de Neuquén y posteriormente hasta su retiro se empleó en el Club Alemán cosechando como en todos los lugares donde trabajó una enorme cantidad de amigos y anécdotas.
La vida de Oscar como la de tantos trabajadores es un poco la radiografía del pulso económico y social de nuestra región que se inició con una matriz productiva energética petrolera y de embalses e hidroeléctricas, que tuvo su sesgo frutícola y agroexportador para redefinirse en la diversificación de tareas que los nuevos tiempos requerían. La historia de vida de nuestros trabajadores es además de un motivo de profundo orgullo una huella del devenir del destino y proyección de nuestra región toda.
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