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Neuquén, el aeropuerto y aquellas tardes de domingo

Del hastío de los adultos a la alegría de los más chicos. Una tarde para mirar cómo despegaban y aterrizaban aviones cuando la ciudad todavía era un pueblo.

Uno de los mejores programas familiares en las tardes de domingo de mi infancia era ir al aeropuerto de Neuquén a mirar cómo despegaban o aterrizaban los aviones y a patinar en el enorme playón que rodeaba la nueva terminal inaugurada en 1971.

La aventura comenzaba después de la siesta, cuando mis padres nos llevaban a mis hermanos y a mí para que fuéramos espectadores de ese acontecimiento que para nosotros era tan maravilloso como cautivante.

Siempre llegábamos cerca de la hora de la llegada o del despegue de un avión de línea luego de saber el horario de los vuelos que en aquel entonces eran muy pocos, pero casi siempre a la tarde salía o llegaba uno. En el peor de los casos nos conformábamos mirando las pequeñas avionetas que revoloteaban como pájaros en los alrededores del viejo aeroclub que estaba ahí cerquita, hacia el oeste.

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La ansiedad en aquellas tardes de domingo

La espera era realmente ansiosa hasta que finalmente ocurría el milagro: un avión carreteaba, despegaba y desaparecía entre las nubes u otro volvía a tocar la tierra. Y así quedábamos petrificados durante un par de minutos, alimentando nuestra capacidad de asombro, aturdidos y fascinados con el rugido de los motores, incrédulos mirando al cielo todas esas maravillas de la tecnología, construyendo viajes imaginarios.

Después llegaba la otra diversión, la de la velocidad y el vértigo de los patines. Y así el playón del aeropuerto se iba llenando de chicos que también habían llegado con el mismo objetivo y entusiasmo que el nuestro, hasta convertirse en un enjambre espeso de giros vertiginosos y de risas y gritos donde no importaban las rodillas raspadas por los porrazos ni los choques o los accidentes aparatosos.

El tedio de los mayores y la alegría de los niños en el aeropuerto

En esos tiempos yo estaba convencido de que mis padres disfrutaban ese programa tanto como nosotros, aunque ahora a la distancia creo que su único placer que sentían era vernos maravillados y felices en nuestra inocencia de niños. Seguramente, para ellos era una manera de sobrellevar el hastío de los domingos por la tarde, la languidez de las horas a cuentagotas, algo que nosotros desconocíamos.

Decía Alejandro Dolina -con su filosofía casera, algo en serio y algo en broma- que esa angustia o malestar de los domingos a la tarde se debía a la muerte de una esperanza. Sostenía que siendo un día festivo uno se ilusionaba con que podía ocurrir algo lindo, nuevo y placentero, pero cuando empezaba a extinguirse el día, aquello que se esperaba con tantas ganas, finalmente no ocurría. Y así de golpe uno caía en la evidencia de que el fin de semana estaba agotado, que no ocurría nada excepcional más que un descanso en una pausa laboral y que al otro día volvería a sentirse el peso de la rutina cotidiana.

El programa maravilloso de los aviones y los patines se terminó cuando terminó nuestra infancia y entramos en la etapa de la juventud y la adultez.

A partir de ese momento nunca más tuvimos la certeza de que algo mágico ocurriría, como las visitas en familia al aeropuerto. Sólo nos quedarían las remotas esperanzas e ilusiones de los grandes que, como siempre, como desgraciadamente siempre, comenzarían a morir de a poco todos los domingos a la tarde.

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