Neuquén, la base espacial china y humoradas de la antidiplomacia
La polémica por las actividades de la estación asiática distrae de lo importante. La improvisación, una política de estado.
Aquella inquietud del embajador estadounidense Marc Stanley por las actividades de la base china en Neuquén volvió activar el maremágnum que atraviesa la política exterior de Javier Milei, tal vez la más precaria de Argentina tras el regreso de la democracia.
Resultó jocoso ver a un presidente anarcocapitalista grotescamente uniformado y con un impostado rostro marcial posando en Ushuaia al lado de Laura Richardson, no una diplomática del Departamento de Estado (Cancillería), sino responsable de una repartición (Comando Sur) de las Fuerzas Armadas de su país, a la que eligió para ensayar gestos exagerados de alineamiento.
Pero Milei fue más allá. A las pocas horas, ya en Buenos Aires, volvió a reunirse con Richardson para desempolvar las relaciones carnales con EE. UU. enarboladas por el inefable Guido Di Tella en los’90. En la ocasión, el presidente se descolgó con el anuncio de una “nueva doctrina de política exterior”.
¿Se inscribirá en esa doctrina los dislates de Milei con los presidentes de Colombia (al que llamó asesino) y al de México (al que tachó de ignorante)? ¿O los despistes verbales del embajador en Chile, Jorge Faurie, burlándose de sus colegas trasandinos en un acto oficial?
La canciller Diana Mondino tampoco parece diferenciarse de los modales guarangos de la antidiplomacia del Palacio San Martín.
Neuquén y la base china aparecieron forzada y torpemente en la improvisada hoja de ruta de un gobierno que no solamente acierta con clarificar un rumbo doméstico cada vez más dramático, sino que su declamada inserción en el mundo no deja de ser más que una ridícula humorada.
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