Neuquén está lleno de escenarios con vestigios de experiencias pasadas en los que cobran vida las historias recopiladas en los libros. Rincones inhóspitos, pocos conocidos, que tuvieron una nutrida vida social y que ahora permanecen impasibles, casi a la espera de ser descubiertos. Piezas valiosas para los capítulos más imprecisos, esos que se van armando como rompecabezas. Tesoros a la intemperie que resisten el paso del tiempo, empecinados en dar una chance para no perderse en el olvido.
Situado a 55 kilómetros de Cutral Co, Paso de los Indios -el paraje que está a menos de 10 habitantes de convertirse en un pueblo fantasma- es hoy un museo testarudo. Casi sin visitantes, aguarda a ser reconocido.
En las aristas de un circuito que alterna sólidas viviendas construidas por Vialidad y Agua y Energía, ruinas y ranchos de adobe, dos edificaciones - intactas - juegan a detener el tiempo: la torre de medición del caudal del río Neuquén y una vieja estafeta postal que fascina con sus muros de roca, un buzón rojo de hierro y una prolija arcada con un toque ornamental de piedra bocha que exhibe con orgullo el escudo nacional.
Juan Sánchez, el poblador más antiguo del lugar, permanece como guardián de estas reliquias, junto a dos familias de crianceros. En su rol de anfitrión y guía, abre las puertas de este monumento construido por el arquitecto Meer Nortman, a pedido del Ministerio de Obras Públicas. ¿En qué año? Es un misterio. La placa que exhibía la fecha de inauguración fue robada.
Junto a su amigo Juan Medel -un fanático de la historia neuquina-, el agente sanitario (que sigue ayudando, más allá de su jubilación) calcula que la construcción se hizo en los 50', al igual que la torre de medición del río, en la que aparece grabado sobre una piedra el año 1957.
En su interior despojado, la vieja dependencia del correo sorprende con su piso de pinotea, un hogar a leña y paredes que fueron testigo de las vivencias y el trabajo en la era del telégrafo.
Juan Sánchez, que llegó a Paso de los Indios en 1971 -cuando tenía 11 años-, nos cuenta que esta estafeta reemplazó a la primera - más precaria- qué aún dice presente con sus ruinas a metros de ahí, a la vera de la antigua ruta que se abría paso entre chacras, barridas hace años por los deslaves, las crecidas y el cambio de curso del Neuquén.
Años después, la estafeta se convirtió en escuela rural y hogar de - por ejemplo -Jorge Quevedo, uno de los maestros que hicieron historia en Paso de los Indios.
Mientras contempla las oxidadas estructura de las hamacas y otros juegos de plaza, Juan recuerda las flores que cuidaba el docente en el parque que antecede una modesta vivienda montada para una mujer que ofició de portera del establecimiento. "Yo sé que cuidando esto no gano nada, pero quiero que esto no se pierda", esgrimió el agente sanitario oriundo de Cutral Co que siente el paraje como su hogar, más allá de la soledad y el éxodo de sus ex vecinos, tras la partida de la balsa.
Un aporte a la memoria colectiva
Hace unos días, una nota publicada en LMNeuquén sobre la historia de Pasos de los Indios y la posibilidad de que quede bajo el agua si se concreta la represa Chihuido II, desempolvó las anécdotas de un ex telegrafista del paraje en la voz de su hijo.
"Mi papá nació en Tricao Malal, se llamaba Marcelo Hipólito Argentino Pessino, y trabajó en el Correo Argentino desde una temprana edad. Creo que empezó a los 16 o 17 años", contó Marcelo Pessino (hijo), desde Santa Rosa, La Pampa.
"Uno de los destinos que tuvo como telegrafista fue Paso de los Indios. No recuerdo con exactitud cuando estuvo. Creo que fue a principios de los 50'. Si sé que estuvo durante un tiempo acotado. La tarea de él consistía en medir la altura del río y comunicarla para prevenir las posibles inundaciones aguas abajo. Así que todos los días tenía que pasar el informe", precisó, para luego comentar que su padre aprendió a descifrar el código morse trabajando en el correo, incentivado por la intriga que le generaba los mensajes que intercambiaba los agentes de la policía que perseguían a (Juan Bautista) Vailoreto.
"Creo que era bastante solitario el lugar. No sé si cuando estuvo él había más gente ahí, pero lo que más recordaba él era la compañía de los perros y del 'guardahilo', la persona que revisaba el cableado para verificar que estuviera en buenas condiciones y no se deteriore el telégrafo", agregó.
"Él tenía dos perros. Uno creo que se llamaba Copito. Una de las anécdotas que más recordaba era que a él lo abastecían de comida en determinados días de la semana. Y una vez le había quedado solo una costeleta para la noche y no va que se la come uno de los perros. La última costeleta que le quedaba y no le llegaba comida hasta un día después. Él contaba que el perro le pidió perdón, como que se dio cuenta de la macana que se había mandado
Al rescate de la historia
Desde hace un tiempo, un pequeño grupo de apasionados de la historia neuquina comenzó a tener puentes para lograr que Paso de los Indios sea declarado patrimonio histórico y cultural. Más que una declaración, buscan una efectiva puesta en valor del lugar.
"Conocí Paso de los Indios en marzo del 2009. Hicimos una travesía en kayak con un amigo, Santiago Hasdeu, un médico del hospital público. Habíamos salido de Chos Malal con destino a Portezuelo donde está la represa. Cuando llegamos a la zona quedamos maravillados. Pasamos por unas bardas con petroglifos. Vimos unas inscripciones en una roca en altura, por donde pasaba el viejo camino, y se ven que no eran nuevas. Y luego nos chocamos con esa construcción, la de la estafeta. Paramos. Estábamos muy cansados. Fue justamente antes de la última noche, sobre el final del viaje. Caminamos y nos maravillamos. Se veía que estaba abandonado, pero en buen estado de conservación", contó -en diálogo con LMNeuquén- Diego Raviola, un odontólogo amante de la aventura y de la historia de la provincia.
"Desde entonces quise saber de qué se trataba. Empecé a investigar y ahí supe que la balsa se descolgó un día y nunca más la repusieron; que la ruta llegaba hasta ahí, pero que ya no se podía cruzar. Empecé a encontrar el nombre Paso de los Indios en mapas del 1800. Cada vez me fascinaba más", añadió.
"Hace mas de un año empecé a viajar más seguido y cada vez que voy me fascino más porque no es solamente un lugar histórico. Tiene biodiversidad, siempre me encuentro con una víbora distinta, más petroglifos. Y lo que me sigue llamando la atención es por qué hicieron esa estafeta ahí", postuló, luego de hacer referencia a la amistad que entabló con Juan Sánchez -el agente sanitario que custodia Paso de los Indios- y Juan Medel, otro apasionado del lugar que sueña con que la estafeta y la torre de medición del caudal sean resguardadas y acondicionadas para que funcionen como museo.
"A mi me gustaría que el lugar se preserve: la zona donde estaba la balsa, donde se hacían las mediciones, las casas que están abandonadas y especialmente la estafeta. Yo quisiera que se convierta en un museo. No sólo para que vayan a visitarlos niños, escuelas, sino que sea un espacio donde se puedan dar cursos, donde se pueda hablar de la historia más antigua, ya que es un paraje rodeado de fósiles, con huellas de culturas muy anteriores. Y también de la historia, de todo lo que pasó en la época de la Conquista del Desierto. Que se ponga en valor y que sea un lugar de reflexión. Algunos pueden estar a favor, otros en contra, pero es un lugar lleno de historia. Estamos buscando las bases del fuerte. Hay un montón de vestigios en el camino que bordea el río", dijo con entusiasmo.
"Creo que somos varios los que tenemos esa idea de tratar de preservarlo, de ponerlo en valor y rescatar la historia para que no quede en el olvido", recalcó.
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