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La Mañana petrolera

Trabajaba en una petrolera, la echaron y se convirtió en experta del yoga facial

El despido la obligó a empezar de cero, pero la necesidad de sostener a su hija la impulsó a reinventarse y encontrar su vocación en la cosmetología.

Luján descubrió el yoga facial durante la pandemia, casi por casualidad. Lo que no imaginaba era que, tras ser despedida de la empresa petrolera donde trabajó durante siete años, esa práctica que inició como un pasatiempo terminaría convirtiéndose en su principal sostén económico y en la oportunidad que necesitaba para salir adelante.

Curiosa por naturaleza, apasionada por los deportes y fascinada por el cuidado personal, Luján Busader siempre encontró motivos para seguir formándose. Estudió la Licenciatura en Saneamiento y Protección Ambiental en la Universidad del Comahue y, movida por su interés constante en aprender, continuó capacitándose en distintas áreas vinculadas al bienestar, desde entrenamiento personal hasta coaching ontológico.

Cuando quedó embarazada de su hija Isabella (15), acordó con su entonces pareja que se quedaría en casa. Durante ese período decidió estudiar cosmetología, una disciplina que la atraía desde hacía tiempo y que le permitió profundizar en el cuidado personal, para aplicar los conocimientos en ella misma.

Tras separarse del padre de su hija, tuvo la necesidad de reinsertarse en el mercado laboral. Así fue como en 2017 comenzó a trabajar en una empresa de servicios petroleros, dentro del área de Recursos Humanos. El empleo le permitió sostenerse económicamente durante un tiempo, aunque nunca llegó a apasionarla.

La pandemia, un antes y un después

Con la llegada de la pandemia y el encierro, el tiempo libre aumentó y Luján empezó a pasar más horas navegando en redes sociales. Fue entonces cuando se topó con el video de una chica que realizaba un automasaje facial. “Siempre me gustó cuidarme. Empecé a hacer lo que mostraba y noté cambios estéticos en mi rostro”, contó.

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Al ver que la técnica realmente funcionaba, comenzó a investigar su origen y a adentrarse en el mundo del yoga facial, compartiendo con sus amigas todo lo que iba aprendiendo.

Con el paso de los meses, las restricciones empezaron a levantarse, pero la empresa donde trabajaba decayó rápidamente, hasta que finalmente, en el invierno de 2022, Luján se quedó sin empleo.

La indemnización solo le alcanzaba para sostenerse un par de meses, por lo que comenzó a presentarse a entrevistas en todos los lugares posibles ya que necesitaba volver a tener un ingreso cuanto antes para mantener a su hija. Mientras tanto, para sostenerse, empezó a hacer changas junto a su hermano, él vendía herramientas y ella hacía los repartos.

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Sin conseguir un trabajo fijo y con la situación económica cada vez más difícil, atravesó uno de sus momentos más duros: en noviembre de ese año tuvo que someterse a una cirugía en la que le extirparon el útero y pasó un mes completo en reposo, sin posibilidad de generar ingresos.

Encontró la respuesta en la cosmetología

Cuando todo parecía ir de mal en peor y Luján no encontraba la forma de salir adelante, una gran amiga apareció con una oportunidad inesperada.Ella es maquilladora y tiene un estudio donde hacen cejas y otros servicios. Había quedado embarazada y necesitaba alguien que se hiciera cargo. Le dije que hacía lo que fuera, porque realmente necesitaba trabajar”, recordó.

Sin embargo, los ingresos no eran suficientes y fue su amiga quien la impulsó a dedicarse de lleno a la cosmetología. Aunque nunca había ejercido, contaba con los conocimientos obtenidos en sus capacitaciones y decidió animarse a emprender desde su casa.

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Así fue como se las ingenió para transformar su departamento en un espacio apto para recibir clientas. Intercambió la habitación con su hija y destinó el cuarto donde había una cama de una plaza para trabajar.

Allí colocó una camilla prestada y, durante el día, transformaba la cama en un sillón para que el ambiente se viera presentable. Con mucho esfuerzo mantenía la limpieza y el orden del hogar, mientras Isabella permanecía en su dormitorio cada vez que llegaba alguien.

"Ahí sumé el yoga facial, ya estaba muy canchera, había hecho una capacitación, lo empecé a meter en las sesiones y la gente empezó a quedar muy maravillada con esto que no lo hacía nadie y empezó a ver cambios que perduraban en el tiempo, así empecé a tener mis clientas", relató Luján.

La magia del yoga facial

El yoga facial combina masajes y técnicas que ayudan a relajar los músculos del rostro, mejorar la circulación y tonificar la piel. Su origen se vincula, según distintos relatos, a prácticas ancestrales japonesas utilizadas para reducir el estrés. Se cuenta que, en épocas de guerra, las mujeres realizaban masajes faciales a los hombres que regresaban del combate para ayudarlos a aliviar la tensión, y con el tiempo notaron también cambios estéticos: la piel se veía más descansada y joven.

Luján explica que, aunque utiliza distintas herramientas de apoyo, su principal recurso son siempre las manos. En sus sesiones aplica técnicas que actúan sobre el sistema sanguíneo y linfático, ayudando a que el tono muscular vuelva a su lugar. Con el tiempo, se fue volviendo una verdadera experta y desarrolló tanta sensibilidad que puede realizar los masajes incluso con los ojos cerrados.

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Durante la sesión, de aproximadamente 50 minutos, se trabaja sobre la cara, el cuello, la cabeza y el pecho, logrando una relajación profunda y cambios visibles apenas la persona se levanta de la camilla. Además de disminuir arrugas, rejuvenecer y mejorar el aspecto facial, también contribuye a aliviar el bruxismo, reducir contracturas y liberar tensiones acumuladas.

"Lo que más me gusta es el trato con los clientes, lo que pasa en camilla, cómo la gente se abre. Para mí no es solo un servicio, es entablar una relación", sostuvo.

Aunque la mayoría de sus clientas son mujeres, cada vez son más los hombres que llegan a su consultorio, ya sea por recomendación o porque les regalaron un voucher para disfrutar del servicio. Luján asegura que a los varones "les cuesta animarse, pero después salen super relajados".

La oportunidad de un espacio propio

El boca en boca sobre la efectividad de su técnica hizo que creciera rápidamente y, en poco tiempo, logró alquilar su primer box en un espacio compartido.

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Irme de mi casa fue un paso re importante porque ya no tenía intimidad, y mi hija estaba incómoda”, confesó. Sin embargo, a su corta edad Isabella entendía que la situación económica era difícil y que ambas debían hacer un esfuerzo para salir adelante juntas.

Con el tiempo fue mudando su box a distintos centros de estética e incluso llegó a trabajar a domicilio. “Tengo fieles seguidoras. Hay gente que me acompaña desde que trabajaba en mi casa y nunca más me dejó. Eso lo valoro un montón”, reconoció.

La maternidad, lo más importante en su vida

Para Luján, rendirse ante las adversidades nunca fue una opción. “Cuando tenés hijos no te podés permitir caerte, ni mucho menos”, afirmó con convicción.

Su lista de prioridades siempre estuvo encabezada por su hija. “Le decía a Isa que no tenía hambre porque no tenía plata para comprar comida. A veces llegaba mi mamá y traía comida porque ella se daba cuenta, aunque yo no le decía nada”, compartió. A pesar de los duros momentos que les tocó vivir —o tal vez gracias a ellos—, Luján e Isabella desarrollaron un vínculo muy especial.

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"Somos super compañeras, hablamos de todo. Es una nena emocionalmente muy madura, a pesar de las rebeldías de la adolescencia", describió con orgullo.

En aquellos años grises, madre e hija aprendieron a ver lo mejor de la vida e incluso a reír cada vez que algo salía mal, encontrando el lado bueno en las pequeñas cosas. “Todo valió la pena, pero hay que pasarlo. Mi hija hoy es una persona que entiende todos los momentos: sabe que hay momentos en que tenemos más y podemos disfrutar, pero si no hay no pasa nada, nos adaptamos”, valoró.

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"Pasamos por un montón de cosas, nos fuimos haciendo juntas. Yo le pregunto si es feliz y ella me responde que si, eso es lo que más placer me da, amo ser mamá", dijo con una sonrisa.

El trabajo que le cambió la vida

Aunque trabaja desde muy chica, a sus 45 años Luján reconoce que nunca había sido tan feliz yendo a trabajar. “Amo lo que hago. Estoy súper agradecida: todo lo que pasé me llevó a estar en este lugar”, aseguró, y agregó que muchas veces, con sus empleos anteriores, le pesaba tener que cumplir con la rutina de todos los días.

"La profesión me eligió a mi, porque yo no sé como llegue, pero sé que soy súper bendecida de que me haya encontrado y de que me guste tanto", reflexionó.

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Hoy, después de casi tres años de haber iniciado su camino en la cosmetología —algo que comenzó como una mezcla de curiosidad, desesperación y necesidad—, más allá de ser su única fuente de ingresos, se transformó en una vocación y, sobre todo, en una pasión.

“Hay gente que dice que no hay que arrepentirse, pero yo sí me arrepiento de haber perdido el tiempo. Hoy no quiero perderlo más: la vida es hoy y hay que animarse, hay que hacer lo que a uno le gusta”, aconsejó.

Tocar fondo y volverse a levantar

Al quedarse sin trabajo y con su hija a cargo, la vida la puso contra la espada y la pared, pero ese golpe terminó siendo un impulso para levantarse más fuerte que antes. “Soy una persona de mucha fe y sé que Dios ha hecho milagros. Entre la fe y el esfuerzo que una pone, las cosas llegan”, confió.

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Cada caída la obligó a reinventarse, a volver a empezar y a aprender a confiar un poco más en si misma: “Durante mucho tiempo no creí en mí; siempre estaba para los demás, porque es más fácil ocuparse y ayudar al resto que a uno mismo. Pero con el tiempo pude sanarme un montón y entender que primero hay que pensar en una para después poder acompañar al resto”.

"Yo siempre digo que hay que desdramatizar, porque si no uno se termina victimizando. Yo todo lo que les cuento es con alegría, cuento mi historia, pero sin drama. Mientras que uno tenga salud y tenga los recursos para salir adelante, hay que ir para adelante", concluyó.

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