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La Mañana cáncer

Un estudio genético modera los efectos del alcohol en el cáncer

Se trata de un trabajo científico publicado en la prestigiosa revista BMC Medicine. Analiza información genética y sanitaria de 1,5 millón de personas.

Vivimos una época extraña. Hoy parece más fácil sostener una opinión sin datos que rebatirla incluso con evidencia sólida. El debate sobre el alcohol como producto cancerígeno es un buen ejemplo. Precisamente eso es lo que pone en discusión un exhaustivo estudio publicado en diciembre de 2025 por un grupo internacional de investigadores en genética y epidemiología: la relación entre consumo de alcohol y cáncer no es general ni uniforme, y en muchos casos es más débil de lo que suele afirmarse.

Publicado en la prestigiosa BMC Medicine, el trabajo —Alcohol consumption and risk of cancer: a Mendelian randomization analysis of four biobanks and consortium data— analiza información genética y sanitaria de una muestra excepcionalmente amplia: cerca de 1,5 millones de personas provenientes de UK Biobank, FinnGen, All of Us y Million Veteran Program, además de grandes consorcios oncológicos internacionales.

Desde el punto de vista estadístico, la conclusión central es clara: no existe una asociación causal entre consumo de alcohol y cáncer en general. Tampoco la hay con el conjunto de los cánceres gastrointestinales. En otras palabras, los datos no respaldan la afirmación de que “el alcohol causa cáncer” como efecto generalizado.

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El trabajo es técnicamente denso y metodológicamente sólido, y lleva la firma de investigadores de primer nivel, entre ellos Stephen Burgess, uno de los máximos especialistas mundiales en randomización mendeliana. Esta técnica epidemiológica utiliza variantes genéticas asociadas a un determinado comportamiento —en este caso, el consumo de alcohol— para inferir relaciones causales, minimizando los sesgos propios de los estudios observacionales y evitando la causalidad inversa. En términos simples, se trata de un “experimento natural” basado en genética humana.

Ese enfoque convierte al estudio en una pieza clave para analizar un tema atravesado por prejuicios y simplificaciones. Al trabajar con marcadores genéticos, se eliminan buena parte de los “ruidos” habituales del análisis epidemiológico tradicional.

¿Y qué muestran los resultados en detalle?

La evidencia más sólida de una relación causal aparece en el cáncer de cabeza y cuello (oral, faringe y laringe), donde la asociación se mantiene incluso tras correcciones estrictas por múltiples comparaciones. Se trata del hallazgo más robusto del trabajo.

En otros cánceres tradicionalmente asociados al alcohol, como el colorrectal y el esofágico, la evidencia es más débil o moderada: las señales existen, pero no son concluyentes por sí solas.

El caso del cáncer de hígado resulta más inconsistente. En el análisis general no aparece una asociación significativa, salvo en subgrupos vinculados a consumo elevado. El estudio sugiere que el riesgo podría concentrarse en bebedores pesados, más que en el promedio poblacional, una distinción relevante que suele perderse en el debate público.

Donde el trabajo resulta más polémico es en el cáncer de mama. Allí no se observa ninguna evidencia causal, en abierta contradicción con décadas de estudios observacionales que estiman aumentos modestos de riesgo por cada 10 gramos diarios de alcohol. Los autores son explícitos: esa asociación podría deberse a confusión residual o a efectos demasiado pequeños para ser detectados mediante genética.

avance contra el cáncer

En algunos tipos de cáncer, incluso, aparecen asociaciones inversas. Los propios investigadores aclaran que esto no debe interpretarse como un “beneficio del alcohol”, sino como un indicio de que la narrativa de daño uniforme no se sostiene estadísticamente.

La frase que resume el espíritu del trabajo es contundente: “Los datos genéticos humanos no apoyan que el alcohol sea causa de todos los cánceres.” La evidencia causal es específica por órgano, no general. Y, a la luz de este estudio, la idea del alcohol como carcinógeno universal carece de respaldo en la genética humana.

Un estudio profundo como este es clave para devolverle densidad a una discusión que hoy suele resolverse en blanco y negro. Frente a discursos que necesitan culpables simples, el trabajo aporta matices incómodos, pero necesarios. En ese terreno, el vino —culturalmente ligado al consumo moderado y al alimento— queda mejor comprendido cuando se lo analiza con datos y no con consignas. No para absolverlo, sino para discutirlo con la complejidad que la evidencia científica exige.

Consumo promedio

En Argentina el consumo de vinos viene en relugar caída. Según los datos del INV para 2025, un argentino promedio bebió unos 15.7 litros de vino al año. La variación interanual 2025-2025 indica que el consumo se retrajo globalmente -2.7%, aunque creció entre los vinos con mención varietal y embotellados (+3.4), empujados principalmente por los blancos (+13.7).

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