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Un neuquino rinde homenaje a Alfredo Zitarrosa, a 88 años de su nacimiento

El maestro Naldo Labrín dirigirá este domingo la obra “Guitarra Negra” en una sala de Montevideo para recordar a su amigo y popular cantante uruguayo.

Volvió con la estampa de siempre, prolijamente vestido de traje oscuro, con su cabello engominado y ese aire de rebeldía adolescente que tanto lo caracterizaba. Apenas bajó las escaleras del avión que lo traía de regreso a Montevideo sintió la multitud que lo ovacionaba y le daba la bienvenida después de ocho años de exilio. Volvió a recordar su barrio, su infancia, sus amigos, sus amores de juventud y las lágrimas fueron inevitables.

Era el 31 de marzo de 1984, una fecha clave para Alfredo Zitarrosa, un punto de inflexión tan importante en su vida después de haber tenido que abandonar su tierra en épocas de dictadura militar. Atrás quedaban los tiempos difíciles, el desarraigo, las horas tristes ahogadas en botellas de whisky. La angustia y la incertidumbre por el futuro.

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Este domingo, con motivo de los 88 años de su natalicio, se hará un festival para recordarlo. Quien coordinará esa celebración será un referente de la cultura de Neuquén, el maestro Naldo Labrín.

Labrín fue guitarrista del ídolo uruguayo, pero también el amigo que lo contuvo en sus momentos más tristes cuando estaba lejos de su patria; fue quien lo apoyó y acompañó en sus bajones, el que compartió anécdotas entrañables, el que lo vio llorar y reír.

La iniciativa del homenaje nació en el Teatro Sala Zitarrosa, que depende del municipio de Montevideo. Los directos, junto a los familiares del cantante, decidieron que Labrín fuera el director de la obra “Guitarra Negra”, cuyos arreglos iniciales los hizo el músico neuquino para que se grabara en México, en 1977.

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Labrín posa junto a un enorme mural donde se ve la presentación de Guitarra Negra, en 1977.

Labrín posa junto a un enorme mural donde se ve la presentación de Guitarra Negra, en 1977.

“Para ellos, la presencia mía es un emblema por haber estado tantos años arreglando la guitarra y los temas orquestales con Alfredo. Así que, en realidad, es una invitación que me honra y que me emociona porque va a ser una función muy especial”, reconoce Labrín.

El neuquino explicó que la obra es un poema largo que dura veinte minutos, con interludios instrumentales y orquestales que él mismo preparó y que un relator va contando de manera pausada y sentida. “El argumento del texto es una fotografía o una denuncia de la situación de su país en ese momento, que estaba gobernado por una junta militar. Denuncia la tortura, las desapariciones, pone nombres de gente que él conoció y que murió a causa de la represión”, recuerda.

En el poema hay una parte que es muy especial, donde cuenta el sacrificio de una vaca cuando va al matadero a ser sacrificada, desde el marronazo que la mata hasta estar colgada en los ganchos para exportar. “Obviamente que es una alusión a la tortura. Habla de la hipocresía y de la frivolidad del espectáculo, y después hace una gran autocrítica desde él por su ausencia en el país, ausencia forzada, pero ausencia al fin, de la cual él se siente responsable y se critica”, indica.

Hay imágenes bellas en el poema que dice “faltan mis pasos en el andar del pueblo, en la marcha del pueblo, falta mi rostro en la gráfica del pueblo. Yo sé que hago falta”.

Hace toda una semblanza de ese momento tan fuerte para él porque el exilio fue una cosa atroz en su vida. “Creo que lo quebró para siempre. Él volvió, pero esos ocho años fueron letales. Los primeros los pasó en Madrid muy mal. Después yo lo llevé a México y allí se hizo una vida más amable con su familia, que se reencontró allí en México. La familia (su mujer y dos hijas) se volvió a Uruguay de Madrid porque él estaba muy mal”, recuerda Labrín.

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Zitarrosa canta. A la izquierda, Naldo Labrín lo acompaña.

Zitarrosa canta. A la izquierda, Naldo Labrín lo acompaña.

En México, Zitarrosa realizó una serie de actuaciones. “Lo conecté con empresarios, con instituciones oficiales e hicimos giras por todo el país. Además de eso, estuvimos grabando, hicimos giras a Canadá, Estados Unidos, hicimos giras a Ecuador, Venezuela, Cuba. Y fue importante para él toda esa última etapa de su exilio”, indica.

Cuando volvió a Uruguay brindó recitales en teatro y estadios, pero también ratificó su compromiso militante y cantó de manera gratuita en espacios sociales, hasta que la muerte lo encontró el 17 de enero de 1989 en Montevideo, cinco años después de aquel regreso triunfal.

Pero ¿quién fue Alfredo Zitarrosa para Naldo Labrín?

“En principio fue un amigo que conocí en 1970. Cada vez que llegaba a Buenos Aires por trabajo, me llamaba de Montevideo, me decía “mañana llego”. Y eso significaba que nos encontrábamos generalmente en mi casa, en un departamento de la calle Mansilla, en Palermo, y pasábamos horas tocando juntos, charlando”, recuerda.

“Era un gran conversador, un hombre de una formación intelectual muy, muy alta. Era un estudioso, un lector empedernido. No sólo de arte, cultura, literatura, sino sobre las plantas, sobre las especies. A él le interesaba todo. Era un tipo muy particular, su relación con los animales, con las aves. Hay canciones muy emblemáticas sobre eso que ha escrito”, asegura.

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Zitarrosa en una instantánea en su casa de Montevideo. El uruguayo amaba las aves.

Zitarrosa en una instantánea en su casa de Montevideo. El uruguayo amaba las aves.

Labrín sostiene que Zitarrosa era además un hombre “muy callado, gran fumador y tomador de whisky, fundamentalmente. Y que pudo hacer una obra a través de un gran sufrimiento. Quizás también debido a su origen de padre desconocido, una madre que trabajaba en un circo y que lo dejaba solo mucho tiempo junto al padrastro, que fue un hombre muy bueno que lo protegió, lo crió y además le dio su apellido. Le debía mucho a su padre y lo recordaba con entrañable cariño”.

En esos años de estar juntos, de viajar a todos lados y de hablar constantemente, Labrín y Zitarrosa tejieron fuertes lazos de amistad. “Más allá del nombre y su fama, nos hicimos amigos y charlábamos sobre todos los temas. A él le encantaba hablar. Y los mejores recuerdos son muchos. Quizás, porque además era un personaje muy particular. Por evitar de hacer el ridículo, todo el tiempo hacía el ridículo, porque era muy formal, de traje, corbata permanente, inclusive cuando usaba pijama se ponía la camisa y la corbata, y arriba el robe de chambre para atender gente en su casa. Era así, totalmente uruguayo, como yo le decía, y gran tomador de mate”, recuerda.

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Alfredo Zitarrosa, en su exilio en México.

Alfredo Zitarrosa, en su exilio en México.

Si bien, el músico neuquino atesora miles de anécdotas con el ídolo uruguayo, hay una que siempre recuerda y disfruta. Ocurrió en México.

“La empresa cultural Fonapaz, nos contrató para hacer una gira por los pueblos más pequeños. Más pequeños, estamos hablando del pueblo de 300 o 400 mil habitantes, como es México. Y bueno, en la plaza teníamos que actuar a las cuatro de la tarde. En la plaza estaba la feria y él empezó a recorrer. Andaba con su traje y su corbata, y de pronto descubre colgados unos huaraches. Huarache es un calzado de indígenas, que consiste en goma de rueda de camión con un trabajo de tiras de cuero amarradas al pie. Es lo más barato y es lo que la gente pobre usa. Y le gustó, y se lo puso, y se sacó las medias, y de pronto yo vi que se los estaba probando. Cuando subimos al escenario me di cuenta que no solo se lo había dejado, sino que se había remangado los pantalones hasta la media pantorrilla, y actuó así, como una muestra de identificación con esa gente, pero no especulativamente, sino porque realmente le habían gustado esas andalias. Así como eso, hay un montón de anécdotas. Cuando volvió del Uruguay, en la conferencia de prensa, la primera pregunta fue, Alfredo, ¿qué fue lo que más extrañó en el exilio? Y él, sin dudarlo, dijo, la yerba Sara, que es una yerba uruguaya. Todo el mundo esperaba otra respuesta. Pero el habló de la yerba.

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Labrín contempla con nostalgia la guitarra de Alfredo Zitarrosa.

Labrín contempla con nostalgia la guitarra de Alfredo Zitarrosa.

Homenaje a Zitarrosa: Así es Guitarra Negra

La obra Guitarra Negra se presenta con cuatro guitarras, una orquesta de cuerdas, un coro y un relator que es Ariel Catarellu, un actor muy conocido en Uruguay. Estará la guitarra de Julio Cobeli, que fue un hombre que anduvo mucho con él. El coro es de corte popular.

La letra es tan sentida como desgarradora en algunos fragmentos.

¿Cómo se puede amarte sin dolor, sin apuro, sin testigos, sin manos que te ofendan?

¿Cómo traspasarte mis hombres y mujeres bien queridos, guitarra, mis amores ajenos, mi certeza de amarte como pocos?

¿Cómo entregarte todos esos nombres y esa sangre sin inundar tu corazón de sombras, de temblores y muerte de ceniza, de soledad y rabia, de silencio, de lágrimas idiotas?

Hoy anduvo la muerte buscando entre mis libros alguna cosa. Hoy por la tarde anduvo, entre papeles, averiguando cómo he sido, cómo ha sido mi vida, cuánto tiempo perdí, cómo escribía cuando había verduleros que venían de las quintas, cuando tenía dos novias, un lindo jopo,

dos pares de zapatos, cuando no había televisión…

Ese mundo a los pies, violento, imbécil, abrumador, esa novela canallesca escrita por un loco.

Toca la guitarra negra, tócala, tócala.

Hoy anduvo la muerte entre mis libros buscando mi pasado, buscando los veranos del 40, los muchachitos bajo la manguera, las siestas clandestinas, los plátanos del barrio, asesinados, tallados en el alma.

Hoy anduvo la muerte revisando mi abono del tranvía, mis amigos, sus nombres, las noches del Café Montevideo, las encomiendas por la honda con olor a estofado, revisando a mi padre, su Berreta, su Baldomir, revisando a mi madre, su hemiplejia (toca la guitarra negra, tócala)

Al Uruguay batllista, a Arístides querido, a mis anarcos queridos (tócala)

Bajo bandera, bajo mortaja, bajo vinos y versos interminables….

El homenaje por el 88° aniversario de Alfredo Zitarrosa se realizará en la sala del mismo nombre este domingo 10 de marzo con entrada libre y gratuita.

Participarán: Julio Cobelli, Héctor Numa Morales, Rubén Olivera, Eduardo Larbanois y Mario Carrero, Washington Carrasco y Cristina Fernández, Naldo Labrín, Cuarteto de guitarras (Julio Cobelli, Enzo Fernández, Leonardo Delgado, Diego Oyhantçabal), Ariel Caldarelli (Voz), Ars Musicae (Violines, Violas, Violoncello y Contrabajo) y el Coro del Centro Cultural de España.

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