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La aventura de visitar el faro más remoto de Santa Cruz: leyendas de navegantes en un mar indomable

Está en Cabo Vírgenes, el extremo sur de la Patagonia continental, y lleva más de 120 años orientando a los barcos frente al Estrecho de Magallanes.

Hay lugares que no se parecen a ningún otro. Cabo Vírgenes, en el extremo sudeste de Santa Cruz, es uno de ellos. Allí el viento golpea con una intensidad que parece constante e invariable desde hace siglos, el mar se abre hacia el Estrecho de Magallanes y sobre los acantilados se recorta una silueta inconfundible: el faro que desde el 15 de abril de 1904 no dejó de encenderse una sola noche.

Llegar hasta él no es sencillo. Desde Río Gallegos hay que recorrer unos 130 kilómetros de ripio, tomando primero la ruta 3 y luego la ruta provincial 1. El clima puede cambiar en minutos, la señal de celular desaparece y los servicios brillan por su ausencia en el camino. Pero vale la pena.

Quienes completan el trayecto, al menos, entienden rápido por qué el lugar genera algo único y difícil de explicar, mezcla de asombro y extrañeza no sólo por una naturaleza viva e indómita, con viento a toda hora y un océano feroz, sino también po el el peso histórico y de leyenda que se respira en el lugar.

Un faro que sobrevivió a los cambios tecnológicos

La estructura del faro tiene 26,35 metros de altura y se eleva a 68,5 metros sobre el nivel del mar, construida sobre los altos acantilados del cabo.

Su misión original fue alertar a los buques sobre los peligros de los bancos de arena de Punta Dúngenes y la presencia de la roca Nassau, dos trampas naturales en la entrada oriental del estrecho, en una zona famosa mundialmente por los desafíos que impone a la navegación.

Frente a él, del lado chileno, responde el Faro de Punta Dúngenes, conformando una dupla que emite las señales más australes del continente americano.

El faro fue construido en el verano de 1904 sobre un terreno donado al Estado Nacional por la familia Fenton, dueña de la Estancia Monte Dinero.

Cabo Virgenes - ok
Cabo Vírgenes está en el kilómetro cero de la ruta 40, en el extremo sur de Santa Cruz.

Cabo Vírgenes está en el kilómetro cero de la ruta 40, en el extremo sur de Santa Cruz.

Empezó funcionando con vapor de petróleo; en 1930 se modernizó con gas acetileno, sistema que proyectaba una luz blanca con alcance óptico de 24 millas náuticas. Recién n n 1978 pasó a alimentarse con electricidad, sistema que mantiene hasta hoy.

A lo largo de más de un siglo guió a buques de todas las banderas en uno de los pasos marítimos más transitados —y más temidos— del planeta. No por nada, una ley nacional lo incorporó al Sistema de Faros Centenarios.

En diciembre de 2003, antes de cumplir su centenario, el conjunto fue restaurado integralmente. En ese mismo momento se inauguró el Museo de Cabo Vírgenes, que funciona en lo que fue la vivienda del torrero del faro y depende de la Universidad Nacional de la Patagonia Austral (UNPA).

El museo reúne objetos, documentos oficiales, cartografía histórica e información sobre los exploradores y procesos que marcaron la Patagonia más austral. Desde la torre, la vista es sobrecogedora: el Atlántico Sur por un lado, la entrada al Estrecho por el otro.

Pioneros y una tragedia en el fin del mundo

Pocos lugares del país acumulan tanta historia en tan poco espacio. El cabo lleva el nombre que le puso la expedición de Fernando de Magallanes el 21 de octubre de 1520, día que la Iglesia Católica consagra a las Once Mil Vírgenes.

Ese día, los navegantes doblaron el cabo y encontraron el paso hacia el Pacífico que buscaban: el estrecho que desde entonces lleva el nombre del explorador portugués.

Cabo Vírgenes - Monolito
El monolito que rememora la fundación de una ciudad en Cabo Vírgenes que sucumbió ante las inclemencias del clima y la geografía. 

El monolito que rememora la fundación de una ciudad en Cabo Vírgenes que sucumbió ante las inclemencias del clima y la geografía.

Apenas 3 kilómetros al noroeste del faro, en el único manantial de agua potable de la zona, el explorador español Pedro Sarmiento de Gamboa fundó en 1584 la Ciudad del Nombre de Jesús, el primer asentamiento de origen español en la Patagonia.

Fue una empresa trágica: el clima inhóspito, la falta de alimentos y la ausencia de ayuda condenaron el proyecto al fracaso. No quedan restos visibles. Solo un monolito señala el lugar donde esa historia comenzó y terminó al mismo tiempo.

Fiebre del oro

Siglos después, en septiembre de 1884, la nave francesa Arctique encalló en el cabo y entre sus arenas se encontró oro.

La noticia desató una fiebre que transformó el lugar en un campamento bullicioso con tiendas, maquinaria de extracción y una incipiente actividad portuaria.

Duró poco: las condiciones de vida terminaron por ahuyentar a los aventureros y el cabo volvió a ser lo que siempre fue, un rincón batido por el viento en el fin del mundo.

"Desde el faro podés mirar hacia el mar y observar la diversidad faunística, el bosque de algas, y también volver al pasado, sentir esos miedos por lo desconocido y la incertidumbre de los primeros navegantes que visitaron estas costas", sintetizó alguna vez una guía turística del lugar.

Los pingüinos y el km 0 de la ruta 40

Cabo Vírgenes es también el punto de partida —o llegada— de la Ruta Nacional N° 40, que recorre el país de punta a punta. Y apocos metros del faro, la Reserva Natural Provincial Cabo Vírgenes —creada en 1986, con 1.230 hectáreas— protege una de las colonias de pingüinos de Magallanes más importantes del país.

Cabo Virgenes - pingüinos
A metros del faro está una de las reservas de pingüinos más importantes del país. 

A metros del faro está una de las reservas de pingüinos más importantes del país.

Quienes visitan la reserva deben respetar dos reglas básicas: no ingresar con perros y retirarse con todos los residuos. Son condiciones mínimas para proteger un sitio donde conviven especies sensibles, un patrimonio histórico singular y uno de los paisajes más potentes de la costa patagónica.

El faro sigue allí, enfrentado al viento y al mar, como lleva más de doce décadas. Como lo encontrarán quienes se atrevan a llegar hasta él.

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