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La Mañana joven

Presa de un castigo, del maltrato y una violación

Es la historia de una mujer, pobre y mapuche, que mató a su hijo al nacer en septiembre de 2004 en Junín de los Andes. Los jueces la condenaron, luego el TSJ anuló la sentencia y ordenó un nuevo juicio al que no se llegó porque fue declarada inimputable y sobreseída.

El 23 de febrero de 2003, el país se horrorizaba por el ataque a una beba recién nacida en Jujuy. Su madre, la autora, fue Romina Tejerina, una joven que había quedado embarazada producto de una violación.

Ni bien nació la criatura, Romina contó que en su cara vio el rostro del violador. Esto derivó en un ataque psicótico y, con una aguja de tejer, la apuñaló.

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La beba murió dos días después en el hospital, donde los médicos que la asistieron la bautizaron Milagros Socorro.

La joven jujeña fue condenada a 14 años de prisión en 2005, en medio de una gran conmoción y un fuerte repudio a nivel nacional de las organizaciones proaborto y de derechos humanos. Recuperó la libertad el día de su cumpleaños, el 24 de junio de 2012, tras permanecer nueve años presa.

La Tejerina neuquina

En 2004, con el debate disparado por el caso de Tejerina vigente, en la turística localidad de Junín de los Andes, Susana Colimán, una joven mapuche de 23 años e integrante de la comunidad Aucapán, lidiaba en silencio y soledad con un embarazo que —luego trascendió— fue producto de una violación.

El abusador, un militar, nunca fue denunciado ni perseguido, sobre él nunca cayó el peso de la ley.

La joven fue invisible en su comunidad y en la localidad hasta que el 16 de septiembre de 2004, dio a luz en la precaria casa de una familia amiga a su hijo y le cortó el cuello. Ya muerto, lo arrojó al pozo de la letrina ubicado a metros de la vivienda.

A partir de esta muerte, Susana emergió de las fauces del olvido para que el patriarcado, enraizado en la Policía y la Justicia, se ensañara con ella.

La historia de Susana tomó relevancia nacional y fue recuperada por Ana María Catania Maldonado, que en ese entonces cursaba la carrera de Periodismo en la Universidad Popular de las Madres de Plaza de Mayo. El documental La cárcel late se presentó en 2006, mientras la joven estaba presa.

Tratada como un animal

Susana llegó al extremo de matar a su propio hijo porque fue la única decisión que pudo tomar en ese momento, y eso lo recataron los jueces en el fallo condenatorio de noviembre de 2005.

La joven se crió en un hogar donde el maltrato de su padre, Ricardo Colimán, regía los destinos de la familia en medio de la nada, a 70 kilómetros de la localidad de Junín. Allí, al pie de la cordillera, se sobrevivía de las artesanías en madera, los tejidos y, en algunos casos, la cría de ganado menor.

La mujer mapuche, en ese entonces, estaba sometida al hombre y no había en ella otra alternativa que cumplir con el mandato; de hecho, se encargaba de casi todas las tareas para el sostenimiento del hogar, hogares precarios.

Víctima del maltrato, cuando Susana era niña, su madre no soportó más y realizó un acto impensado que le generó un gran repudio dentro de la comunidad: dejó a su esposo y villano.

Como castigo, Colimán no le permitió llevarse a su hija. Así, Susana pasó a ser presa del descargo de toda la furia de su padre que la trató literalmente como a un perro.

Ricardo Colimán consiguió otra mujer de reemplazo para que hiciera las tareas que él “no podía hacer como hombre”. La idea es dura, pero más duro es saber que así era la realidad.

Marcelina Quepán fue la mujer mapuche que pasó a cumplir el rol de esposa de Colimán y de madrastra de Susana, a quien junto con el padre maltrataban constantemente.

“Dormía en un cuero que tiraba en el piso de la cocina”, contó su tía Alicia, que luego de lo ocurrido pasaría a cumplir un rol muy importante en la vida de la joven. “Susana no tenía rango de persona”, reveló la psicóloga Claudia Barrionuevo, quien la asistió ni bien fue detenida y trasladada al hospital.

La situación en la que estaba imbuida Susana la llevó a dejar el campo para irse a vivir al casco urbano de Junín. Sin trabajo y sin techo, dependió mucho tiempo de la caridad de amigas y compañeras de la escuela, la primaria la terminó a los 20 años. El vínculo con su madre nunca lo recuperó, pese a que ella vivía en San Martín de los Andes.

Las supuestas certezas que cualquiera tenga sobre algunas situaciones que se consideren normales para este caso no sirven. En este drama, el maltrato y la marginalidad tejen un entramado que solo se puede comprender cuando se aborda el caso de manera transversal, con el auxilio de distintas especialidades.

Historia del Crimen

No lo quería o no sabía

Toda su vida fue de sometimiento, por lo que cabe especular que ante la carencia de recursos y conocimientos, poco puede haber comprendido la situación de abuso que había sufrido. Incluso, previo a la violación, desconocía la profilaxis de una relación sexual.

Del embarazo nunca quiso hablar mucho; de hecho, los abogados que la acompañaron luego del primero juicio pudieron establecer que “fue una violación porque ella no consintió”, explicó Vaniria Leonor Mela en diálogo con LMN.

Nadie en las instituciones a las que asistía la joven logró advertir la situación de vulnerabilidad que afrontaba en completa soledad. Nunca concurrió al hospital y la panza no se le notó demasiado porque era muy delgada. Con 23 años Susana estaba embarazada, y la discusión que se daría en el juicio es si sabía o no.

Toda esta situación, de la que no se sabe en qué momento cayó en la cuenta, le daba vergüenza y pudor. Su temor estaba ligado a quedarse sin un lugar para vivir, algo que estremece a la distancia.

El 16 de septiembre de 2004, el parto se convirtió en una realidad inminente que afrontó con todas sus limitaciones. Cuando rompió bolsa, su instinto le advirtió que era el momento. Tomó un cuchillo y se encerró en la letrina. Pujó sin gritar, para no llamar la atención, hasta que la criatura emergió de sus entrañas. Tras cortar el cordón umbilical con el cuchillo, pasó rápidamente el filo por el cuello del bebé, que murió de inmediato. Luego, lo arrojó en el pozo. El trabajo de parto no había concluido porque ella no sabía que había que retirar la placenta y podría haber muerto de una infección.

La suerte quiso que la mujer dueña de casa fuera hasta el baño y, tras observar la sangre que había en el lugar, mirara dentro del pozo donde descubrió el cadáver del niño, por lo que de inmediato avisó a la Policía.

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Detenida y trasladada

De acuerdo con los informes oficiales, personal de la comisaría de Junín arribó al lugar y, luego de examinar el escenario, procedió a demorar a la joven, que se desangraba sin saber qué hacer.

La trasladaron al hospital y la esposaron a una cama mientras aguardaban que los médicos prepararan la sala de parto para extraerle la placenta.

En paralelo, se dieron dos situaciones clave. Por un lado, la Policía secuestró el cuerpo del bebé y prendas de vestir de la joven sin la orden de allanamiento respectiva. Por el otro, un móvil fue a buscar a la psicóloga del hospital, Claudia Barrionuevo, a la casa para que asistiera a la joven a pedido del médico generalista que la atendió ni bien ingresó.

“Al médico le impresionaba que ella no alcanzaba a comprender lo que le pedía y no podía colaborar”, confió la psicóloga.

La tía fue hasta el hospital y estuvo esperando hasta que le dijeron que su sobrina estaba bien pero tenían que intervenirla para retirarle la placenta.

Una vecina recordó: “Por la radio Cordillerana lo mandaron a llamar al padre porque su hija había tenido un problema grave, pero no fue”. Luego, Colimán admitió que tomó conocimiento de lo ocurrido a los tres días, cuando la Policía lo fue a buscar.

Con el padre Susana no habló, solo bajó la mirada mientras él le advertía que no volviera más a su casa y que se olvidara de que era su padre, como si en algún momento hubiese cumplido ese rol. Susana no tuvo un abrazo consolador de su padre, sino el destierro. Su tragedia parecía no tener fin.

La “comehijos” de la U16

A los pocos días del hecho, la joven descubriría que todavía no había tocado fondo. Se ordenó su derivación a Neuquén y solo alcanzó a avisarle a la tía, que llegó para ver cómo la subían en un carrozado y la trasladaban a la cárcel de mujeres, la U16.

La vida tras las rejas no sería fácil. En las prisiones de mujeres también existe una suerte de pirámide social donde las mujeres que matan a sus bebés están en el fondo.

A Susana parecía que todo el sistema, que nunca la asistió, la sumergía cada vez más en un pozo profundo y oscuro.

En la U16, presas que eran madres la apodaron “la comehijos” y quedó en el pabellón central, donde dos internas se acercaron a ella y se encargaron de brindarle atención y protección porque comprendieron, solo con verla, las limitaciones y carencias afectivas que tenía la joven mapuche.

En una de las visitas, Susana se sinceró y le confesó a su tía que estaba bien porque tenía “cama, comida y dos chicas que la cuidaban”, mucho más de lo que alguna vez tuvo en su casa en Aucapán o en los cuatro años que pasó en el casco urbano de Junín.

Prejuicio y condena

El caso que conmocionó a la localidad ya contaba con una suerte de destino final. El juicio se realizó el 2 de noviembre de 2005 por el delito de homicidio calificado por el vínculo. Siete días después, el tribunal integrado por Enrique Luis Modina, Víctor Hugo Martínez y Oscar Antonio Rodeiro dio a conocer la sentencia.

El defensor oficial Miguel Manso se encargó de representar a Susana. En ningún momento cuestionó ni la materialidad ni la autoría del hecho, pero recurrió al profundo trabajo que realizó la psicóloga Barrionuevo, que tuvo unos 30 encuentros con la joven y pudo reconstruir su vida y la situación al momento del parto.

La licenciada detalló: “Existe la sospecha de que Susana padezca un retraso mental, por lo que sugiero se contemple para completar su diagnóstico y que aún no están dadas las condiciones para llevarlo a cabo. La joven padeció un trastorno psicótico agudo de tipo esquizofrénico, más precisamente se ajusta el cuadro definido a la subcategoría denominada reacción esquizofrénica (CIE 10), en el que sus capacidades perceptivas se vieron severamente perturbadas y actuó en consecuencia. Se constató la persistencia de un estado de desconcierto y perplejidad, incluyendo signos de confusión emocional durante las primeras 24 horas aproximadamente. El trastorno se constituye como respuesta psicopatológica al estrés excesivo al que se ve sometida durante los dolores típicos y al acontecer propio del parto, situación a la que no se anticipa ni prepara. Esta experiencia es vivenciada como invasiva y extraña al haber funcionado eficazmente los mecanismos defensivos de corte claramente patológicos, como la negación y la proyección”.

Por su parte, la fiscalía representada por Carlos Trova presentó un informe del psiquiatra forense Alberto Carlini, más conocido en el Poder Judicial como “el nefasto”. Dicho informe contradecía a la licenciada Barrionuevo. “No se evidencian alteraciones en el curso del pensamiento. No existe causa excusante y se descarta de plano el trastorno psicótico”, rezaba la pericia de Carlini, que también echaba por tierra la psicosis puerperal que pueden presentar las mujeres tras el parto.

A su vez, el magistrado Martínez reconoció en la sentencia: “Pudimos advertir durante la audiencia, si bien no alcanza para incluirla en las causales de inimputabilidad, aunada a la situación de falta de contención familiar que quedó evidenciada en el juicio, viviendo de la caridad de sus amistades de casa en casa y a su juventud, constituye sin dudas un cuadro estresante que, a no dudarlo, la determinaron a deshacerse de la criatura como único camino posible”.

En ese mismo sentido, Rodeiro señaló: “Es muy obvio que, en tales condiciones, la terrible y extrema decisión que adoptó, desde su óptica, era aparentemente la única salida que le quedaba”.

Pese a ello, abrazaron el informe de Carlini para condenar a Susana a ocho años y medio de prisión.

La casación

Por ese entonces, el caso había generado tanto estupor, que intervino la agrupación feminista La Revuelta junto con mujeres de una comunidad mapuche de Neuquén capital.

El decano de la Facultad de Derecho de la UNCo, Juan Manuel Salgado, junto con la letrada Vaniria Leonor Mela y Nicolás García Long se encargaron de estudiar el caso para presentar el recurso de casación ante el Tribunal Superior de Justicia.

“La sentencia era contradictoria porque decía (cito de memoria) ‘en ese cuadro de situación, se puede apreciar que para la imputada existía una única salida, que fue la que tomó’. Lo cuestionable del razonamiento, y por eso fue anulada la sentencia, era que si Susana ‘no tuvo otra opción’, era contradictorio condenarla pues toda condena penal presupone que la persona tenía la opción de no cometer el delito y sin embargo lo cometió. Pero la propia sentencia decía que Susana no tuvo esa alternativa”, contó Salgado a LMN.

“Desde mi punto de vista, no era necesario probar que Susana no tuvo libertad para hacer lo que hizo, porque eso lo decía la propia Cámara. Lo ilógico era que igual la condenaran y por eso se anuló la sentencia”, recordó el letrado.

Tal como lo adelantó Salgado, el 1° de junio de 2007, el TSJ resolvió, mediante el acuerdo 22/2007, hacer lugar al recurso de casación y declarar la nulidad de la sentencia, y reenvió todo lo actuado para que se hiciera un segundo juicio.

En dicho acuerdo, lo que destacan los vocales es que la sentencia carecía de fundamentación.

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Prisión comunitaria

Susana quedó en una suerte de limbo a la espera del segundo juicio, pero con mucho tino la Cámara en lo Criminal de Zapala resolvió decretar la suspensión del proceso y se dispuso la prisión domiciliaria, en ese entonces en la casa de una mujer integrante de la comunidad mapuche que vivía en la ciudad de Neuquén.

La joven siguió el tratamiento psicológico y psiquiátrico mientras asistía al centro de Educación Mapuche Norgvbamuleayiñ. Incluso, se supo que en determinado momento regresó a vivir con su padre en el campo, por lo que se envió a dos licenciadas en trabajo social para analizar la situación.

Las profesionales advirtieron en su informe sobre Susana: “Se encuentra en riesgo social y psicológico, dadas las condiciones adversas de su entorno familiar, con escasa contención y puesta en un lugar desvalorizante, con marcadas diferencias de género por parte de su padre. Por ello consideran como espacio convivencial más conveniente para la condenada el hogar mapuche donde estuvo alojada en la localidad de Neuquén”.

En paralelo, su tía Alicia reclamó para poder cuidar a su sobrina y el análisis de las profesionales fue favorable, por lo que la joven se quedó en Junín de los Andes con el seguimiento correspondiente de su tratamiento y la incorporación al centro de iniciación artística para desarrollarse mediante actividades de su interés.

Inimputable

Algo que quedaba pendiente era el segundo juicio, y para ello había que ver si la joven estaba en condiciones de afrontarlo.

El psiquiatra forense Alberto Carlini volvió a aparecer en escena. El hombre que con su informe echó la suerte de Susana cinco años después tenía que volver a examinarla.

“De dicho informe surge que el estado mental de la causante es permanente e irreversible, a pesar de la medicación psicofarmacológica y que debe considerarse, además, que surgen factores medioambientales estresantes que perturban el equilibrio psíquico que había alcanzado Colimán, por lo que el psiquiatra sugiere su traslado, por lo que solicita se declare la inimputabilidad de Colimán y oportunamente se proceda al traslado de la misma a un centro de internación adecuado, atento el grave riesgo social y psicológico”, se detalló en la resolución judicial que la declaró inimputable y la sobreseyó.

“El señor psiquiatra forense Alberto Carlini manifiesta que al momento del examen, Susana Colimán presenta un estado mental compatible con un síndrome psicótico, en remisión parcial con defecto psíquico, a los fines médicos legales, y que al momento del examen es incapaz para estar en juicio”, se destacó en la resolución que vio la luz en febrero de 2010.

Susana fue presa producto de todo tipo de discriminación y sesgo. La ausencia del Estado y el machismo imperante la confinaron a ser una paciente psiquiátrica de por vida. Solo ella pagó.

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