La vacuna aparece como la única salvación después de un año de los peorcitos que se recuerden. Pero cada luz de esperanza se oscurece por una contramarcha. Cada anuncio se desacredita con datos u opiniones que encienden las alarmas y generan, como casi siempre por estas tierras, una grieta que convirtió en una causa política una cuestión sanitaria vital para que el mundo, no ahora pero sí en los próximos meses, regrese a ser algo parecido a lo que era hace un año, con sus miserias pero sin cuarentenas ni conteo diario de enfermos y de muertos.
El apuro del Gobierno para llevar calma le autoimpuso plazos que hasta hace algunas semanas parecían imposibles. Sin necesidad de ponerlos en boca del presidente y con fechas precisas, ahora la disyuntiva es clara: o incumple lo dicho o arriesga el crédito que debe tener una vacuna para que la gente vaya a colocársela sin temores, seguros de que cumplió con los pasos para ser aprobada.
Hasta este increíble 2020, la mayoría de nosotros, los que no integramos la minoría antivacunas, no preguntamos dónde se producían, ni cómo, ni en qué tiempos las vacunas que nos fuimos dando en nuestra vida. La “fase 3” que se puso de moda, era un mundo desconocido. Pero ahora, estaba claro desde hacía tiempo, lo inusual y universal de esta pandemia imponía brindarle seguridad a la gente para que, una vez que exista, la vacuna pudiera ser aplicada a la enorme mayoría para terminar con el virus.
Ahora, por apuro, por errores en la comunicación, el primer paso arrancó en falso. La Sputnik V, aún no aprobada en el país, llegaría la semana que viene. Lo hace llena de dudas, mirando con recelo a las de Pfizer y Moderna. Y con millones esperando que las nubes se despejen para que se empiece a ver la luz al final del túnel.
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