"Soy una rebelde, como las mujeres sobre las que escribo"

Florencia Canale. Obsesiva y desafiante. La ex modelo y actriz, ahora periodista y escritora best seller de novelas históricas, habla sobre Lujuria y poder. Es el quinto libro de su autoría y el segundo de la trilogía sobre la vida de Juan Manuel de Rosas.

Paula Bistagnino

Dice que cuando escribe una novela entra en un proceso de ensoñación: camina por las calles de Buenos Aires imaginando cómo eran a principios del siglo XIX, reponiendo los empedrados y los sonidos, el trazado de aquella urbanización, los árboles que antes la adornaban. “Me obsesiono y me pongo meticulosa hasta lo ridículo. Entro en otra dimensión y así vivo. Me meto en la historia que estoy contando casi hasta entrarle en la carne a los personajes”, dice Florencia Canale, periodista desde hace muchísimos años pero escritora reciente.

Fue hace cinco años nada más cuando, después de que le insistieran mucho, se animó a la literatura. Y comenzó en la novela histórica no por casualidad sino con causa: desde que era chica oyó los relatos de su tía en sexta generación, Remedios de Escalada de San Martín, la mujer del Libertador y madre de Merceditas, y se propuso contar esa historia de ese amor. “Descubrí cuánto me fascina escribir cuando lo hice. Si bien era una fantasía de la infancia, porque aprendí a leer a los 3 años y de muy chica también a escribir, por las vueltas de la vida no lo hice hasta ahora”, cuenta. En estos cinco años va por su quinto libro y su cuarta novela histórica: después de Remedios y San Martín, escribió sobre los amores de Manuel Belgrano y ahora acaba de publicar la segunda de una trilogía sobre Juan Manuel de Rosas.

Una atrevida: Siempre hice lo que quise y eso es romper reglas. No sé… Supongo que debía casarme y no me casé nunca.

¿Cómo eran los vínculos amorosos en esa época?

Muy distintos, claro. Tenían esta cosa más formal, con otra moral, con otro romanticismo… A mí me fascinan. Porque me fascina ese tiempo, esa época, el siglo XIX, con su temporalidad ralentizada, con la ilusión del mundo por venir y de que estaba todo por hacerse.

¿Qué te pasó con este hombre para que lleve tres libros?

¿Qué me pasó con este hombre? Empecé como con San Martín y Belgrano, pensando en hacer una novela. Pero me di cuenta de que era inmensa su historia, su vida. Y que no me alcanzaba. Cuando se lo dije al editor, él me dijo: “Tres”. Y yo le dije: “Bueno”. Es que soy difícil de desafiar.

¿Y con sus mujeres? En el primero, Deseo y poder, la protagonista era su mujer, Encarnación Ezcurra, y en la nueva, su hija Manuelita.

Las dos son mujeres muy potentes y, sin embargo, a la vez, vulnerables. Me encandilan las mujeres fuertes pero me atrapan más las que tienen alguna fragilidad también. Encarnación fue la mujer más potente del siglo XIX: hizo política en el espacio público, se quedó defendiendo el territorio cuando Juan Manuel se fue a la Campaña al Desierto, manejaba la Mazorca. Fue una intrépida absoluta, y por supuesto que fue dura y brava, pero también sufrió mucho, porque acompañar a ese hombre no fue fácil. Y murió muy joven, a los cuarenta y pico. Su vida se fue al lado de él y de todo lo que eso le costó.

¿Y Manuelita, la hija?

Y esa hija, Manuelita, en Lujuria y poder, también vivió en buena parte para ese hombre. Fue distinta, más frágil y vulnerable que su madre, a la que perdió muy niña, y que la obligó a quedarse a acompañar a ese padre. Y ella lo hizo en detrimento de su propia felicidad, porque muy grande pudo romper el mandato del padre de que no tuviera novio ni marido.

¿Cómo construís las novelas?

Leo e investigo mucho, porque quiero que lo histórico sea ciento por ciento verídico. Me gusta que mis novelas no tengan ranuras por donde entrarle. Así que trabajo con el historiador Diego Arguindeguy, que me sugiere lecturas y libros. Me encanta comprar libros originales, tengo de 1906 y de 1910; tengo el catastro de Buenos Aires de 1800. Con Rosas, especialmente, quise leer las dos vertientes, la rosista y la antirrosista, porque fue un personaje muy controversial, para volverlo un hombre real, ni el ángel ni el demonio en el que se lo suele convertir. Y, por supuesto, observo a mis personajes en las pinturas y viajo: para el de San Martín fui a Boulogne Sur Mer, y ahora, para el tercero de Rosas, me iré a South Hampton, donde se exilió.

¿Cómo te llevás con el resto del mundo mientras estás escribiendo?

Me cuesta mucho la vida cotidiana y supongo que por eso me escapo al pasado escribiendo. Mientras escribo, vivo como una suspensión y estado de ensoñación.

¿Te sentís identificada en esas mujeres a pesar de vivir dos siglos después?

Hay algo de eso. Yo soy rebelde, como esas mujeres sobre las que escribo. Soy una atrevida y seguramente bien podría haber vivido en el siglo XIX y ser tal vez como estas mujeres, que intentaban salir adelante más allá de la época. Pero que, como decía, son fuertes y son frágiles. Luchan y sufren. Como Remedios, que luchó contra todo y contra todos. Inventó una estrategia para casarse con el hombre que ella quería, el más guapo, el soltero codiciado. Se la jugó y perdió. Y eso me hace quererla más.

Vos actuaste en un programa popular, posaste en Gente, sacaste discos y ahora sos novelista…

Soy una arriesgada brutal, lo he sido, lo sigo siendo. Con el tiempo he aprendido a parar un poco, pero me criaron así y sotto voce me impulsaron, porque ellos también fueron rebeldes en su propia historia.

¿Qué reglas de tu época rompiste?

Siempre hice lo que quise y eso es romper reglas. No sé… Supongo que debía casarme y no me casé nunca. No eran mandatos de mi familia, pero eran mandatos sociales.

¿Sentiste la presión de la familia y los hijos?

No, jamás me pesó ese mandato y ni siquiera sentí la presión. Vivo sola y me encanta vivir sola. Me armé una vida en mi casa con la escritura, encerrada, que me encanta. Cuando empecé estaba en pareja, pero la escritura evidentemente se llevó puestas muchas cosas. Y no me arrepiento. Sí me arrepiento de algunas elecciones, pero no me arrepiento con la escritura. Mi vínculo con la escritura es un matrimonio perfecto. Me respeta y lo respeto. Es un amor real, con sus sinsabores, con el agotamiento, con el no puedo. Pero es un amor real.

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