Sumergiéndose en lo más profundo de Andrés Calamaro
Buenos Aires
El periodista español Darío Manrique se ha sumergido en uno de los períodos más tortuosos de Andrés Calamaro, tanto personal como artísticamente, para parir el libro Honestidad brutal o la huida hacia delante de Andrés Calamaro, donde analiza todo el universo del músico argentino en torno al disco Honestidad brutal (1999), sin duda una de sus obras cumbre.
Es que Calamaro parecía tener a finales del siglo pasado un futuro brillante y plácido como estrella de rock con éxito comercial y respeto crítico. Tras el éxito de Alta suciedad, su primer disco en solitario tras alejarse de la banda Los Rodríguez, se esperaba de él otro álbum conciso y de lujoso sonido, pero las expectativas están para romperse y una serie de circunstancias (entre las que estuvo la separación de su mujer) le empujaron a un año de grabaciones kamikazes en diez estudios de tres países diferentes.
El resultado fue Honestidad brutal, una desmesura no solo por sus dimensiones (37 canciones) o por los “palos” musicales que tocaba, sino por la desnuda profundidad emocional de sus textos y lo turbulento de su gestación.
Con este álbum, Calamaro ingresó de manera incontestable en el Olimpo del rock, especialmente en Argentina, cumpliendo con los mandamientos que vertebran la mitología del exceso y jugando con las leyes del reciclaje cultural y el homenaje (incluyendo una agridulce gira teloneando a su ídolo y gran influencia Bob Dylan).
Obra sin similitud en el rock en castellano, Honestidad brutal supone el momento más frío de la carrera de Andrés Calamaro y preludia el exceso descomunal, como las 103 canciones de El salmón.
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