La mitad de la población estudiantil del mundo está sin clases. Se estima que son aproximadamente 850 millones de niños, adolescentes y jóvenes que se tienen que quedar en la casa cumpliendo el aislamiento. Es una de las consecuencias, inéditas, de la pandemia global por el COVID-19.
La Unesco no demoró en trazar un diagnóstico de la situación porque lo que viene no será sencillo. Las dificultades aumentan exponencialmente si se prolongan los cierres de escuelas, dijo esta semana Stefania Giannini, subdirectora General de Educación de la Unesco. Añadió que las escuelas, “por muy imperfectas que sean, desempeñan una función igualadora en la sociedad, y cuando se cierran, las desigualdades se agravan”.
Cada uno de los 102 países afectados por la medida intenta capear el temporal como puede. En Argentina, hasta la radio ratificó su papel vital para llegar con contenidos a sitios que carecen de otros soportes como internet.
La Unesco valoró estos esfuerzos pero advirtió que, con la interrupción del aprendizaje, las desventajas son desproporcionadas para los alumnos desfavorecidos, que suelen tener menos oportunidades educativas fuera de la escuela. Asimismo, remarcó que muchos niños dependen de las comidas que les dan en las escuelas para alimentarse saludablemente. Cuando estas cierran, subrayó, la nutrición queda comprometida. El organismo sostiene, no obstante, que este panorama es una oportunidad para repensar la educación, ampliar el aprendizaje a distancia y hacer que los sistemas educativos sean más resistentes, abiertos e innovadores. Neuquén no queda excluida de esta premisa, sobre todo cuando sistemáticamente cae en el error de seguir tropezando con las mismas piedras.


