Una hora con Marcelo Diez

Las enfermeras que lo cuidan aseguran que el hombre que está en estado vegetativo hace casi 19 años responde a ciertos estímulos. Ayer volvieron a manifestarse en contra de la “muerte digna”.

Por Mario Cippitelli

Neuquén > Es casi mediodía y en el lugar huele a comida casera. Es la hora del almuerzo y las enfermeras se mueven de manera rápida pero eficiente. Tienen la responsabilidad de alimentar a los pacientes que, de a poco, comienzan a llegar al comedor.
No es el mejor horario para llegar a Luncec, una organización neuquina que lucha contra el cáncer y brinda cuidados paliativos a los enfermos. Pero una serie de contratiempos demoraron mi visita, que no tiene otro objetivo que el de ver a Marcelo Diez, el hombre que está en estado vegetativo desde hace casi 19 años y que en los últimos tiempos se convirtió en el protagonista de un gran debate: si hay que seguir cuidándolo o hay que dejarlo morir.
En el ingreso del edificio me recibe la gente que coordina los trabajos que se hacen en el lugar. Saben que además de periodista, tengo un especial interés afectivo porque fui amigo de Marcelo y lo conozco desde la infancia. Por eso hay saludos cálidos y agradecimientos por la visita, que no demandan más que un par de minutos. Hay ansiedad en acompañarme cuanto antes a la habitación que alberga al paciente más famoso de Luncec.
“Si hubiera venido un rato antes, lo hubiera encontrado levantado; recién lo acostamos”, me dice una mujer con tono sereno y pausado, acostumbrada a moverse en un ambiente de amor y contención.
En Luncec se respira ese clima desde la misma entrada. Medio centenar de personas enfermas de cáncer vive en la sede ubicada sobre la calle Islas Malvinas y recibe una atención al mejor estilo familiar, en cuanto a dedicación y cariño. Por eso, se consideró que era el lugar ideal para albergar a un paciente como Marcelo, que ya lleva casi 9 años internado al cuidado de la entidad.
Marcelo Diez tuvo un accidente en octubre de 1994 cuando circulaba en su moto y chocó contra un vehículo en la Ruta 22. Si bien sobrevivió a las graves heridas, un virus intrahospitalario lo dejó postrado, en estado vegetativo y prácticamente sin actividad cerebral. Durante los primeros años estuvo internado en una chacra que su familia acondicionó como si fuera una clínica hasta que finalmente lo derivaron a Luncec. Sus padres murieron y sus hermanas se resignaron, luego de innumerables consultas médicas, a que Marcelo no tendría ninguna posibilidad de recuperación. Por eso piden que lo dejen morir, que le apliquen la denominada “muerte digna”.
 
Su mundo
La habitación 13 es pequeña, de no más de tres metros por tres. En un rincón hay una cama reforzada con barandas laterales, al frente una silla de ruedas y un aparato que usan los kinesiólogos para realizar ejercicios de recuperación física. Sobre la pared de la cabecera, un estante sostiene un radiograbador viejo que utilizan para poner música de los años 80, “la que él prefiere”, según cuentan. Al lado hay un crucifijo con un rosario y en la pared de al lado una imagen de Jesús.
“Marcelo, vinieron visitas”, anuncia una colaboradora de Luncec y me deja el lugar para que me quede junto a él, casi frente a frente.
Marcelo está recostado sobre su flanco derecho. El brazo izquierdo asoma por encima de la baranda que lo protege para que no se caiga. La mano -media atrofiada- tiene un movimiento reflejo de pinza que se abre y cierra permanentemente Tiene los ojos abiertos y está peinado, con el cabello corto y apenas algunas canas sobre las sienes. Una cicatriz vieja y hundida que comienza en la frente y se pierde en el pelo es la muestra del brutal golpe que se pegó en aquel accidente hace 19 años. Cualquiera que no lo conociera pensaría que se trata de un hombre que está descansando.
Pero Marcelo no reacciona. Si lo hace es por algún estado de mínima conciencia frente a algunos estímulos. Son movimientos que sorprenden y hasta abren esperanzas en quienes lo ven por primera vez, como yo, aunque las enfermeras estás convencidas que Marcelo escucha y siente.
Durante mi visita, Marcelo se dio vuelta dos veces en la cama. Se rascó la nariz, estiró las piernas y los brazos y se frotó los ojos con ambas manos, con el típico gesto que tienen los chicos cuando recién se despiertan.
También en una oportunidad me enfocó con sus ojos azules, grandes y profundos cuando decidí hablarle, tomarle la mano y acariciarlo. Fue un contacto visual breve, pero tan intenso que por un instante me pareció que me miraba y entendía lo que yo le decía. Segundos después, Marcelo volvió a recostarse y a cerrar los ojos, más relajado.
Quienes lo asisten me confirman esas miradas, pero aseguran que tiene reacciones de fastidio, cuando por ejemplo, le ponen música tropical o de cumbia. Dicen que se mueve y frunce el seño y que no para hasta que le cambian el género y comienzan a sonar melodías de los '80. La música de su época.
 
Como un hijo
Las enfermeras son las que más lo conocen porque están todos los días con él. A la mañana lo levantan y lo bañan. Lo afeitan. lo peinan, lo cambian. Lo sientan en una silla de ruedas para que comparta el día con la gente que vive en el lugar: los enfermos de cáncer que ya lo tienen como un ícono de vida, como el hombre que lleva casi dos décadas viviendo en el lugar y resistiendo a la muerte, algo que casi nadie logra. Lo llevan a los festejos de cumpleaños, a la misa y al jardín, cuando el clima lo permite. Dicen que se relaja respirando aire fresco y escuchando el canto de los pájaros.
“El no está conectado, como dicen… fíjese usted mismo”, me apunta una colaboradora. En efecto, desde hace ya varios años, Marcelo goza de una increíble buena salud. Sólo a veces tiene algún resfrío que las enfermeras se encargan de neutralizarlo con nebulizaciones, algo que él aborrece de tal manera, que en más de una vez –dicen- se quita el barbijo de plástico de un manotazo. Otro extraño reflejo.
Un “botón gástrico” ubicado en el abdomen permite colocarle una sonda para que sea alimentado diariamente. Dejarlo morir no significa otra cosa que dejar de darle el alimento para que todos los días (nadie sabe bien cuántos) se muera de a poco, hasta secarse como una planta. Ese es el eje central de la polémica que divide a la sociedad, a la Justicia y a los médicos porque no hay otra forma de matarlo o –aplicando eufemismos- de “dejarlo ir”. ¿Quién tomaría la decisión de hacerlo? ¿Dónde lo harían?
“En Luncec defendemos la vida, no la muerte. No vamos a permitirlo”, dicen casi a coro las enfermeras y colaboradoras. Y aprovechan para recordarme que mañana (por ayer) en la puerta de Luncec vecinos de la ciudad, amigos y allegados de Marcelo expresarán su oposición a la muerte digna.
Mi visita a Marcelo duró casi una hora. Fue un hecho movilizador e importante para mí. Me sirvió para conocer un poco más el caso que ya conocía, pero por afuera, es decir, por crónicas periodísticas o testimonios de familiares y gente que lo visita.
Fue una manera de juntar más elementos para tratar de formar una opinión equilibrada alrededor de la historia de un hombre que perdió todo y que hace 19 años sólo se mantiene aferrado a un hilo de vida. Y también fue una forma de entender y conocer a quienes lo cuidan. De comprender por qué cada movimiento reflejo despierta tanta ternura y compasión. Y por qué se enciende tanta esperanza cada vez que Marcelo cruza alguna de sus miradas.

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