Una impronta imborrable

Pasó inadvertido ayer un nuevo aniversario de la muerte de Carlos Bouquet Roldán, quien fue fundador de la ciudad de Neuquén y gobernador del territorio durante el período a principios del siglo pasado. Pasó desapercibido, como tantas efemérides relacionadas a la historia social y política de la provincia.

Bouquet Roldán fue uno de los gobernadores más importantes de la historia neuquina, porque fue el hombre que pensó e imaginó la capital tal como es en la actualidad: una ciudad moderna, pujante y en pleno desarrollo.

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Es muy recordada aquella anécdota que escribió Ángel Edelman en su libro Recuerdos territorianos donde su amigo y colaborador, Eduardo Talero, se acercó al entonces gobernador que estaba sentado en las bardas neuquinas dibujando en la arena. No era un dibujo cualquiera, era la ciudad que se imaginaba, con sus cuatro diagonales, con los espacios destinados para las plazas, con su división administrativa y comercial, para el cementerio y hasta la cárcel.

Una calle, un barrio y un hospital de la ciudad de Neuquén llevan el nombre de Bouquet Roldán.

Bouquet Roldán fue uno de los tantos pioneros que no murieron en Neuquén, pero en su caso no fue porque había dejado de amar a esta porción de tierra, sino por un ofrecimiento laboral que le hizo su cuñado, José Figueroa Alcorta, que asumió la presidencia de la Nación debido a la enfermedad que aquejaba al entonces primer mandatario, Manuel Quintana.

Figueroa Alcorta, al saber que Bouquet Roldán terminaba su mandato como gobernador, en 1906, le ofreció el cargo de director nacional de Aduana. El resto de la historia es conocida. Murió en la ciudad de Buenos Aires con 67 años, pero dejó una impronta eterna en el pueblo que tanto imaginó.

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