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Volver al aula: aprender con barbijos y sin abrazos

LMNeuquén visitó una escuela primaria para conocer la forma de enseñar y aprender tras el regreso a las clases presenciales. ¿Cómo estudian los niños entre burbujas, recreos escalonados y el uso alcohol en gel?

Un día volvieron. No como antes, pero están de vuelta. Regresaron las risas infantiles y los guardapolvos blancos; también los carteles de colores que plasman el ABC, el pizarrón, las tizas y la hora de tomar la leche. Atravesadas por completo por la pandemia de coronavirus, las escuelas neuquinas volvieron a poblarse de alumnos y maestros, y se adaptan a una nueva forma de enseñar y de aprender que podría traer más beneficios que desventajas.

Van a ser las cuatro de la tarde en la Escuela N°154 de Parque Industrial, un barrio de la zona norte de Neuquén. Detrás de la puerta, los pasillos desiertos reciben a los escasos visitantes con un silencio sepulcral. Sin hacer preguntas, como si esperara visitas, una portera cumple los protocolos de forma mecánica. Dispara su termómetro de pistola sobre los antebrazos y señala con el dedo un dispenser de alcohol en gel que se activa con el pie.

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Un poco más lejos, a la mitad del pasillo, se abre la puerta de la sala Arcoíris. “Tenemos un sistema ciclado, no identificamos los cursos por grado sino por colores”, explica Ana Jaime, directora de la escuela, mientras espía el comportamiento de los niños con el rabillo de sus pupilas inquietas.

Los estudiantes de la sala Arcoíris tienen 7 años y, en el sistema tradicional, cursarían segundo grado. Ese jueves, están aprendiendo a sumar y a restar. La maestra les propuso adicionar y sustraer lápices de colores y gomas de borrar, y ellos se abocan a esa faena sentados en sus pupitres extensos, que los docentes agruparon en grandes mesas de tres.

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Como ocurre desde siempre, los guardapolvos blancos uniforman a los niños en una marea de pulcritud sin distinciones. Y como ocurre desde siempre, cada personalidad desafía ese manto de igualdad con pequeñas muestras de su impronta, que se escabullen a través de mochilas de colores y, ahora, de los barbijos más disímiles que se encuentran en el mercado.

Un estampado de margaritas rosadas, una llama de fuego naranja que parece incendiar todo el mentón, una tela negra y amarilla con el logo de Batman y un verde chillón estampado con autos de colores: gracias a estas propuestas creativas, la protección facial incluye un condimento lúdico que convierte los protocolos en hábitos más tolerables.

“La escuela es importante para educar en el cumplimiento de los hábitos de cuidado”, dice Jaime. Y afirma que los niños se adaptan con mayor facilidad que los adultos, incluso cuando hace falta ejercer una dulce insistencia cada vez que se acercan demasiado entre compañeros o se bajan el barbijo para descubrir la nariz.

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Con la presencia innegable de la pandemia, la currícula está atravesada por la nueva normalidad. Maestros y directivos proponen, por ejemplo, nuevas formas de saludar y expresar afecto que no incluyan abrazos. Un cartel en la entrada de la escuela ofrece otras alternativas: el tradicional agitar de una palma, un choque de codos, un amistoso toque de pies o incluso la señal de un corazón formada con los dedos de ambas manos. Y los niños, más moldeables a las costumbres nuevas, las incorporan.

Aunque pizarrones y guardapolvos evocan recuerdos de las escuelas de antes, el regreso a la presencialidad ofrece un escenario nuevo. Ya no hay timbres ni el tronante bullicio de los recreos y tampoco el trajín del encuentro entre padres e hijos. Tampoco hay aulas masivas ni clases todos los días.

“Los docentes cumplen el mismo horario que antes pero ahora tienen media hora para sanitizar los espacios y los elementos antes de que ingresen los chicos”, dice Jaime. Como los ciclos ingresan de manera escalonada, separados por lapsos de cinco minutos, se evita la circulación masiva en los pasillos de la escuela. También se escalonaron los recreos, por lo que cada sala disfruta de su descanso de forma particular y en patios separados.

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“Las burbujas tienen un promedio de 9 a 11 niños, que vienen a la escuela de lunes a jueves”, explica la directora. Los viernes, se dicta una clase de cierre con modalidad virtual, en la que se integran también los chicos de la burbuja que no asistieron por tener certificado médico, por estar aislados o por tener contacto estrecho con pacientes de riesgo.

“En ese espacio se evalúan los contenidos de la semana y también van los niños que tuvieron las clases presenciales para hacer un cierre”, afirma Jaime. “La semana siguiente, le tocan clases presenciales a la segunda burbuja, y la primera se lleva actividades para hacer en casa”, detalla.

Aunque este sistema escalonado es difícil de comprender para los que estudiaron en el formato tradicional, Jaime aclara que los padres comprendieron las razones detrás de esta premisa y se acostumbraron incluso a no ingresar al establecimiento para evitar la aglomeración en los pasillos. “Ellos saben que tienen que esperar a los chicos afuera y, si quieren una reunión, tienen que pedir una cita previa”, explica.

En un barrio atravesado por las carencias, la reapertura del edificio de la escuela motiva gratitud y respeto. “Nosotros somos la cara visible, y ellos se apoyan mucho en nosotros”, dice Jaime sobre la institución, que cambió su servicio de comedor por la entrega de viandas y que ahora organiza colectas para asistir a las familias afectadas por la última tormenta. “Se les mojó todo, así que estamos juntando ropa y calzado”, detalla.

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Como todo sistema nuevo, la vuelta a la presencialidad requiere de ajustes. Por eso, los docentes de la 154 se reúnen en asambleas quincenales para proponer cambios. Sin embargo, Jaime identifica ciertas ventajas que la hace preferir este sistema sobre el tradicional.

“Como son burbujas pequeñas, los docentes tienen un trato mucho más personalizado con cada estudiante y se puede acompañar mucho mejor la trayectoria de aprendizaje”, señala la directora. Los recreos escalonados también evitan que un timbre interrumpa una tarea determinada, por lo que cada docente puede decidir el horario de descanso cuando se concluye una actividad. Y en ese lapso de juegos, el educador puede supervisar más de cerca a los niños para evitar accidentes.

Jaime afirma las clases nunca volverán a ser las de antes. Y aunque reconoce los aspectos más provechosos de este sistema mixto, que integra los pizarrones con las videollamadas, aclara que hay un elemento irremplazable que todos extrañan.

“Los abrazos”, asegura. “Los chicos, sobre todo los más grandes, saben que tienen otros compañeros y que en sus burbujas hay alguien que falta”, agrega. Pero incluso así, en grupos reducidos y saludándose con los codos, los niños poblaron otra vez las aulas y volvieron a mirarse a los ojos.

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