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A un siglo y medio: la epidemia que obligó a inaugurar un mítico cementerio

El Covid no es la primera gran pandemia que llega al país. En 1871, la fiebre amarilla mató al 8% de la población porteña. La acumulación de cadáveres llevó a la creación de una necrópolis para pobres. La historia del Cementerio de la Chacarita.

Cerca de tres millones de habitantes tiene la Ciudad de Buenos Aires y en un año de pandemia de coronavirus, la estadística indica que unos 9000 murieron por Covid. Esto representa un 0.3% de la población porteña, lo cual es un número relativamente bajo en el contexto general. Número bajo, claro, no quiere decir insignificante: la muerte nunca lo es y para las familias que guardaron y guardan duelo, esa pérdida es el 100% de su tristeza y su dolor. Sin embargo, hubo tiempos en los que las cosas fueron ciertamente mucho peores.

¿Cómo habrá sido sobrellevar una peste de características tan o más mortales que la actual hace 150 años? Sin sistema de salud, sin terapias intensivas, sin grandes tratamientos y sin vacunas, la Ciudad de Buenos Aires, a inicios de 1871, sufrió la epidemia de fiebre amarilla que fue devastadora. Una enfermedad que, si bien ya era conocida, aún no se sabía qué la generaba. Aquel fue un brote con consecuencias dramáticas, en el que murió el 8% de la población de Buenos Aires. Un territorio en el que vivían poco más de 180.000 personas y en menos de seis meses había 14.000 menos producto de la arrasadora epidemia.

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Muchas reacciones de entonces fueron extremas: los que pudieron, huyeron para alejarse de la cruel enfermedad, o, al menos, creían que así lo harían. Los que no, jugaron su suerte a lo que el destino les dispusiera. Los menos de 100 médicos que tenía la próspera Buenos Aires de aquellos años no alcanzaban para tratar y curar a los enfermos que cada día eran más. Cuestión de épocas, a diferencia de lo que fue este último año, en el que se trató de reubicar al personal médico, mejorar las unidades de terapia, fortalecer la salud pública, incluso acondicionar hoteles para que los enfermos tuviesen un aislamiento más cuidado, en febrero de 1871 las autoridades decidieron resolver la coyuntura de otro modo: como los muertos comenzaron a multiplicarse, lo que la ciudad necesitaba era, básicamente, un cementerio. Uno más, en ese caso, porque los dos que ya existían, estaban colapsados.

Fue entonces que tuvo su piedra fundacional el Cementerio de la Chacarita, que hoy es el más grande de la ciudad con 95 hectáreas, aunque hace 150 tenía sólo cinco y no estaba ubicado exactamente donde está ahora, sino que a un par de cuadras. En esos tiempos existían el del Sur (en el barrio de Parque de los Patricios, donde hoy se encuentra la plaza Florencio Ameghino, y el del Norte, que todavía perdura y es conocido como el Cementerio de la Recoleta). El de Chacarita quedaba en Colegiales, en una zona de chacras o chacritas (de ahí el nombre Chacarita), según cuenta el historiador especialista en el tema, Hernán Vizzarri. Ese nuevo cementerio fue construido a los apurones en plena epidemia porque la gente se moría en Buenos Aires como nunca antes, y fue habilitado en marzo e inaugurado en abril de hace exactamente un siglo y medio.

Acta cementerio de La Chacarita
Acta del cementerio de la Chacarita.

Acta del cementerio de la Chacarita.

La fiebre amarilla, además de la falta de lugar para enterrar a los muertos, expuso una situación sociocultural que terminó por dividir a la ciudad en dos, porque una vez que el cementerio del Sur cerró sus puertas dado que ya no había más lugar para inhumaciones, el de la Recoleta, en cuyas bóvedas y tumbas descansaban los restos de los integrantes de la alta sociedad porteña, no aceptó víctimas de la peste, porque estaban directamente vinculadas con la pobreza. Claro que, a medida que la enfermedad se hizo epidemia, la muerte abarcó un enorme abanico que no distinguió clases sociales.

Si bien faltaban todavía 10 años para que se supiera que la fiebre amarilla se originaba con la picadura de un mosquito, sí se tenía la certeza de que era una enfermedad importada y por esa razón los principales apuntados eran los inmigrantes, acusados de traer la peste en los barcos desde Europa o, en realidad, desde los puertos de Brasil o de centroamérica, donde las embarcaciones hacían escala antes de arribar a Buenos Aires (en los lugares tropicales la fiebre amarilla es endémica). En la segunda mitad del siglo XIX se produjo un fuerte movimiento migratorio desde la Europa latina, especialmente Italia y España, rumbo a la América hispanoparlante, donde había un terreno muy rico, lleno de posibilidades y, fundamentalmente, muy poco habitado. Además, los ingleses estaban construyendo cada vez más kilómetros de ferrocarril, por lo que miles de hombres y mujeres de la Europa pobre se subían a los barcos en busca de la prosperidad que ofrecía el nuevo continente, en una actitud que con los años se conoció como “hacerse la América”.

En ese contexto, los lugares cercanos al puerto fueron los primeros en llenarse de inmigrantes y de ahí que los conventillos de La Boca se transformaron en un ícono sociocultural. Pero el amontonamiento de gente en viviendas en las que no siempre sobraba higiene, fue el lugar ideal para que el desconocido mosquito de la fiebre amarilla picara, se reprodujera, picara, se reprodujera, picara… Y provocara un desastre de enormes proporciones. El insoportable calor húmedo del verano porteño, sumado a napas contaminadas y falta de agua potable, y también los saladeros (donde se conservaba la carne cuando todavía no había refrigeración eléctrica) resultaron el combo perfecto para la reproducción del “Aedes aegypti”, nombre científico con el que se conoce al mosquito que contagia este virus.

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Mosquito Aedes aegypti.

Mosquito Aedes aegypti.

Para marzo de 1871, se estima que el promedio de muertos diarios era de 100 personas, con féretros que se acumulaban en las esquinas esperando su turno para ser inhumados. El panorama era tétrico y la rezonificación social obligada, un hecho. Porque los pudientes dueños de las casonas de los barrios de San Telmo o Balvanera, cercanos al puerto, se alarmaron de tal modo por la peste, que huyeron con lo puesto rumbo al oeste y al norte de la ciudad, comenzando a poblar sectores en los que antes vivían muy pocas personas, en bellas zonas de casas quintas, campos y huertas, como Flores y Floresta (en la línea del ferrocarril del oeste), Villa Devoto y también Palermo o Barrio Norte. La conclusión social era “si la peste la trajeron los tanos, que se mueran ellos”.

Toda una triste fotografía social que se vio ampliada por una epidemia incontrolable que, además de potenciar el clasismo, así modificó el rumbo demográfico de la ciudad y, en cierto modo, de algunos puntos del país. Porque en el afán de escapar de la muerte, también hubo un importante porcentaje de gente que, directamente, optó por hacer las valijas con la mayor prisa posible y alejarse de la apestada Capital. Así comenzaron a tener mayor cantidad de habitantes las regiones vecinas a la gran ciudad portuaria, conformándose lo que hoy se conocen como los “cordones del Gran Buenos Aires”. E, incluso, algunos fueron más allá y grandes colonias de inmigrantes se instalaron en provincias como Santa Fe y Entre Ríos.

La tragedia porteña dejaba una sangría que entregaba tanto luto como discordia social. Y un olor nauseabundo provocado por la descomposición de los cadáveres que necesitaban una sepultura. Por eso, aquel puñado de hectáreas convertidas en el nuevo cementerio desde marzo de 1871 (en ese lugar hoy está el Parque Los Andes, entre las calles Dorrego, Guzmán, Jorge Newbery y Corrientes) llegó a tener 500 entierros diarios, cuando el promedio hasta entonces no superaba los 20 por día.

Oleo fiebre amarilla

Pero la fiebre amarilla no daba tregua y ya había quitado de circulación al cementerio del Sur, donde actualmente hay -en la plaza Ameghino- un monumento en honor a los caídos en aquella epidemia. En uno de sus costados, tallada en mármol, se recrea un óleo de la época pintado por el uruguayo Juan Manuel Blanes que se llama “Un episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires”. En él se representa una escena símbolo de aquel 1871: una mujer muerta y un bebé llorando de hambre, tratando de alcanzar el pecho de su madre. Detrás, dos médicos observan desde la puerta. En la figura de uno de esos médicos se homenajea al doctor Manuel G. Argerich, quien ya había tratado a muchos pacientes en la lucha contra el cólera unos años antes y que mientras hacía lo mismo con la fiebre amarilla, contrajo la enfermedad y murió el 25 de mayo a los 36 años. Fue enterrado en el viejo cementerio de la Chacarita y su tumba luego trasladada al nuevo y actual cementerio, donde desde 1970, 99 años después de su muerte, fue decretada como “Monumento Nacional”. Un mes y medio antes de Argerich, había muerto también de fiebre amarilla otro ilustre médico: Francisco Muñiz, quien le dio el nombre a uno de los hospitales de infectología más importantes de la Argentina, el “Hospital Muñiz”, fundado en 1904 también en el porteño barrio de Parque de los Patricios.

Carreta funeraria
Carreta funeraria.

Carreta funeraria.

Médicos, sacerdotes, comerciantes, hombres, mujeres, niños… Mucha gente moría por la epidemia y no sólo los cementerios no daban abasto, tampoco las carretas donde se trasladaban los féretros, lo que llevó a la creación de un tendido vial para que funcionase un tren que permitiera llevar mayor cantidad de cuerpos. Su nombre fue tan literal como tenebroso: El Tren de los Muertos, obra del presidente del Ferrocarril del Oeste, el ingeniero Ringuelet, y fue construido en apenas un mes. Las vías iban por Corrientes y tenía cuatro estaciones. Y los vagones del tren eran tirados por “La Porteña”, que había sido la primera locomotora a vapor de la Argentina, importada desde Londres a fines de 1856.

Locomotora a vapor La Porteña
La Locomotora La Porteña.

La Locomotora La Porteña.

La epidemia se disipó ni más ni menos que cuando llegó el invierno y el frío cambió el clima y espantó a los mosquitos amantes de las temperaturas tropicales. Algunos creyeron que ya no habría más fiebre amarilla porque “los tanos” se habían ido a otro lado o, incluso vuelto a su país, llevándose con ellos a la peste. Pero la ignorancia, se sabe, es el mejor amigo de los prejuicios y éstos se soltaron rápido, aunque nada impidió que la llegada de los europeos hacia fines del siglo XIX se profundizara. En definitiva, la fiebre de la inmigración fue la única que no tuvo final. Como también lo tuvo el viejo cementerio, que fue clausurado en 1874 aunque siguió funcionando hasta 1886, cuando cerró para siempre y los cuerpos que ahí había fueron exhumados y llevados al flamante y vecino Cementerio del Oeste, que la propia gente rebautizó para siempre como Cementerio de la Chacarita. Un barrio al que las tumbas ayudaron a crecer, porque con el correr del tiempo, al tren también se le sumó el tranvía y la zona creció comercialmente al compás del cementerio: herrerías, marmolerías, florerías… Todo para honrar a los muertos, el lado amable de una epidemia feroz.

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