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Beatriz Peláez, primera pediatra de Neuquén

Fue una de las mujeres protagonistas en la historia reciente de la medicina que tuvo la capital.

Por Elsa Bezerra

Neuquén en 1955 era todavía territorio nacional, una ciudad que comenzaba a desarrollarse, con calles de tierra donde el viento patagónico soplaba con fuerzas arrastrando desde las bardas los cardos rusos que se movían al compás del este flujo del aire, fenómeno meteorológico al que la comunidad neuquina estaba acostumbrada. Ese año llegó a Neuquén el matrimonio formado por Víctor Peláez y Beatriz Battisti, ambos recién recibidos de médicos con 27 y 25 años respectivamente.

El matrimonio decidió buscar un nuevo camino para desarrollar su actividad profesional, por lo que emprendieron viaje a la zona de la Confluencia y eligieron a la ciudad de Neuquén para asentarse definitivamente.

A los pocos días de su llegada, le enviaron desde Córdoba su motoneta, una Siam Lambretta, que era el medio de movilidad del matrimonio para realizar las visitas médicas en el pueblo y la zona rural. “Me decían ‘el doctor de la motoneta’”, relató en una oportunidad Víctor Peláez.

La comunidad neuquina observaba con asombro a este matrimonio desplazarse en ese rodado por las polvorientas y pedregosas calles de la ciudad sin importarles el frío, viento o lluvia: lo prioritario era llegar a las familias que necesitaban y ansiosamente esperaban su visita para la atención de la salud de algún niño.

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A fines de los años sesenta, logró convencer al gobierno neuquino de la importancia de construir un centro de deportes para toda la comunidad.

Beatriz nació en Villa María (Córdoba) el 12 de mayo de 1930. Fue la tercera hija de seis hermanos que nacieron del matrimonio de Cristina Bonoris y José Battisti.

Su vida transcurrió en Villa María hasta que en 1948 se trasladó a la ciudad de Córdoba para comenzar sus estudios universitarios.

Su vocación por la medicina estuvo siempre definida, pero a pesar de ello sus padres se resistieron por considerar que no era una profesión para mujeres y le sugirieron estudiar Farmacia. Se inscribió en esa facultad, pero en realidad comenzó a cursar la carrera de Medicina y recién cuando estaba en tercer año se lo dijo a su familia.

Con Víctor se conocieron cuando ambos eran estudiantes universitarios y nunca más se separaron. Se recibieron el 19 abril de 1955 y en noviembre de ese año se casaron. A los pocos días, el 3 de diciembre, llegaron a Neuquén con la intención de vivir aquí para siempre.

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La joven pediatra se destacó por su carácter, sus grandes convicciones y su voluntad para el trabajo profesional y comunitario.

Fue la primera mujer médica y pediatra que se instaló en la provincia de Neuquén, con residencia en la ciudad capital.

Trabajadora incansable, distribuía su tiempo entre el Centro Materno Infantil, del cual fue directora, su consultorio particular y las visitas a domicilio, modalidad muy usual en aquella época, que se realizaba al finalizar la jornada.

El 8 de marzo de 1958 se inauguró el Centro Materno Infantil (CMI) y se designó como directora a la doctora Beatriz Battisti de Peláez.

En 1963 inauguró con su marido la Clínica Peláez, un pequeño centro asistencial con seis camas, destinado inicialmente a Maternidad e Infancia. Años más tarde, en 1970, en sociedad con los doctores Ángel Romero y David Abraham, inauguraron la Clínica Pasteur, institución en la que Beatriz tuvo una destacada actuación.

La joven pediatra se destacó por su carácter, sus grandes convicciones y su voluntad inquebrantable que le permitieron organizar cuidadosamente su hogar, su profesión y sus actividades comunitarias.

Ante la falta de personal de enfermería, fue una de las gestoras en la creación de una escuela de enfermería con el fin de capacitar al personal y el 12 de marzo de 1958, días después de la inauguración del CMI, se fundó la Escuela de Enfermería. Luego gestionó la creación de un centro de alfabetización para adultos.

Tuvo una dedicación total a la medicina. En su vida no había domingos ni feriados, y cuando alguno de sus pacientes era internado, ella no se apartaba ni un minuto, brindándole todo su saber médico y sobre todo toda su calidez maternal.

Era una mujer muy carismática. Era humilde, de voz suave y dulce, tenía una fuerza avasalladora. La sonrisa en ella era un gesto natural. Tenía paz y la trasmitía. Creía en la oración y la practicaba. Sabía lo que quería y trabajaba cuanto fuese necesario para conseguirlo, motivando con su entusiasmo y convicción a quienes estaban cerca suyo.

A fines de los años sesenta, logró convencer al gobierno neuquino de la importancia de construir un centro de deportes para toda la comunidad, en especial pensando en los niños y adolescentes.

Durante varios años presidió la cooperadora encargada de construir la obra, y gracias al esfuerzo de todo el grupo que la conformaba y bajo su liderazgo, en el 1968 se inauguró el Centro de Deportes y Recreación Nº 1 de Neuquén.

Mujer inteligente, sencilla, sin estridencias, con una dedicación extraordinaria al trabajo, atendía las actividades de su hogar, su tarea como médica de la clínica, actuaba en la Cooperadora del Centro de Deportes, realizando acciones, colaborando en Caritas en la Catedral de Neuquén, acompañando y apoyando la obra del padre Ítalo en el hogar Rayito de Sol, enseñando catequesis para niños y adultos.

En 1980 dejó de ejercer su profesión y continuó dirigiendo la Clínica Pasteur y participando activamente en múltiples actividades religiosas y comunitarias.

Sin duda, la llegada de los nietos hubiese sido una etapa muy feliz para ella, pues amaba los niños, propios y ajenos. Llegó a conocer a dos de ellos, falleció muy joven el 17 de febrero de 1984, cuando tenía 53 años.

Fuente: Elsa Esther Bezerra, Cien años, cien calles, cien actores sociales que hicieron a la historia, año 2004.

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