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"Si la luna se cayera, se vería así", dicen de la roca gigante de Aguada del Chacay

Está en la mitad del cerro, sola y perfecta. Don Blas Ortiz la cuida hace 60 años y hoy sueña con que el mundo la conozca. Desde su cumbre se abre el valle del Covunco, la precordillera y un paisaje que no se olvida.

En el centro de la provincia del Neuquén, entre el paraje Portada Covunco y Las Lajas, la Ruta Nacional 40 esconde algo que parece sacado del cielo. Es una roca de 2 metros de alto y 6 metros de circunferencia que asoma entre las elevaciones de la estepa. No es lisa ni perfecta. Está agrietada, gastada por más de 160 millones de años de viento patagónico. Si alguna vez te preguntaste cómo se vería un pedazo de luna en la tierra, acá tenés la respuesta.

La piedra -redonda y gigante- está en Aguada del Chacay, en tierras de la comunidad mapuche Millaqueo. Desde la ruta no se ve: la vegetación la mimetiza. Para llegar hay que recorrer alrededor de 4 km por caminos que de paso permiten observar las instalaciones de la mítica Minera Ambar y el transitar de sus camiones por las bardas. Tras completar esa distancia se toma un pequeño atajo para acceder a una angosta huella que está el pie del cerro que tiene una elevación de 1.000 metros. Luego de subir la pendiente se arriba a una especie de mirador que permite apreciar la belleza de los paisajes hacia los “cuatro horizontes” y precisamente desde allí y a los lejos es posible tener un primer contacto con este fragmento “lunar”. Luego de momentos de apreciar la inmensidad de la estepa patagónica, custodiada desde siempre en esa porción de territorio por el Cerro Bandera, se inicia un descenso por un sendero con dificultad media hasta llegar al punto exacto donde alguna vez un proceso natural depositó ese pedazo de “luna”. Ese instante es único, extraordinario y mágico.

Otra de las opciones para llegar al sitio es entrar desde la ruta por un camino particular que lleva directamente a la casa de don Blas Ortiz, lonco de la comunidad y propietario del campo. Desde esa propiedad hay otro sendero de dificultad media, y tras recorrer algo más de 1.500 metros se llega a la “luna” de piedra. Fue el mismo dueño de casa que nos llevó hasta allí.

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Don Blas la conoce a la piedra desde chico, cuando iba a la escuela y le encontraba la misma forma del globo terráqueo de las aulas. “Para mí siempre fue eso”, contó.

Desde lejos, sobre la línea del horizonte neuquino, el parecido con la luna es inevitable. No es el satélite perfecto que vemos de noche. Es una luna gastada, marcada por el tiempo, caída en la estepa.

Don Blas se ilusiona con que más gente llegue hasta ese sitio. Que deje de ser un secreto local y pase a ser parte del circuito turístico del centro neuquino. Porque si la luna se cayera, probablemente se vería así: quieta, silenciosa, esperando en Aguada del Chacay.

El guardián del Chacay y de la piedra redonda

Criado entre chivos, corrales y la memoria de la piedra. Don Blas es tierra de Aguada del Chacay. Nació en 1962, pero su historia empieza 7 años antes, cuando su papá, Eduardo Ortiz, descendiente de abuelos chilenos, compró el puesto “El Chacay” en 1955. Su mamá, Benilde Garcés, sí era mapuche de acá de Argentina. De esa mezcla viene: “de ahí somos”, dice él.

Es uno de 13 hermanos (8 varones y 5 mujeres). Trece voces, trece caminos de campo. Hoy quedan pocos, pero la familia numerosa sigue siendo su raíz. En su acta de nacimiento el domicilio figura como “Portada Covunco”. Y ahí, entre Covunco y El Chacay, se crio.

“Prácticamente me crié en este lugar del campo”, contó. Y se nota. Adoptó la filosofía de criancero como quien adopta un apellido: con orgullo. Su vida es trashumancia pura. Invernada en el puesto del Chacay, donde los corrales de chivos marcan el ritmo del día. Y veranada en los faldeos de la Cordillera Andina, subiendo con la hacienda cada año como lo hicieron sus padres y abuelos. Un legado campesino que mantiene vivo junto a su familia, sin apuro, a pie y a caballo.

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Estando en su puesto, su compañía son su familia, un caballo y sus perros. Sin embargo, hay una visita obligada, casi sagrada: pasar a “saludar” a la Piedra Redonda. Esa piedra siempre formó parte de su paisaje. A medida que pasaron los años, la fue valorando como un tesoro.

Muchas veces le sirvió de refugio. Le atajó los fríos vientos cordilleranos cuando el cuerpo ya no daba más. Otras veces les dio sombra reparadora a sus pies contra los soles bravos del verano. La piedra lo vio crecer de niño entre chivos, lo vio hacerse hombre de corrales, y hoy lo ve de hombre grande, siguiendo la huella de Eduardo y Benilde.

Don Blas no habla mucho de la piedra. La saluda. Y con eso alcanza. Porque hay cosas que, como la herencia, no se explican: se cuidan.

El “globo terráqueo” que lo acompaña desde la niñez

Si hay algo que Don Blas Ortiz lleva incorporado al inventario de su vida, es “su piedra”. La Piedra Redonda que se asienta sola, en la mitad del cerro, en Aguada del Chacay.

Él fue a la escuela primaria del paraje vecino de Los Alazanes. Era la escuela 21 en ese entonces (hoy 221). “Yo hice mi primaria ahí, terminé la primaria y con el tiempo hice hasta segundo año en la secundaria en Neuquén”, recordó.

Y fue en ese banco de escuela donde la piedra dejó de ser solo piedra. “Cuando mi padre llegó a este lugar en 1955, la piedra ya estaba”, precisó. Él era chico. Y en el aula había un globo terráqueo, de esos con mares y mapas. Al respecto, señaló: “Yo siempre la comparé con el globo terráqueo cuando fui a la escuela. Siempre que el maestro nos daba una clase de eso, yo comparaba mi piedra con el tema que daban en la escuela”.

De niño le veía forma de mundo. Hoy, de grande, la sigue viendo con los mismos ojos. “De aquella época a hoy la hemos conservado”, indicó con orgullo. Porque la piedra no es solo paisaje: es memoria, es aula, es refugio.

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A lo largo de más de seis décadas la roca lo acompañó. De chico jugando entre chivos y corrales. De grande, como criancero que hace trashumancia cada año. Hoy le encuentra otros usos que el campo le pide: “Hay mucha gente que la ha venido a visitar y bueno, a veces cuando hace calor nos sirve para sombrear. Y es un lugar, este, como un mirador que tenemos también. Acá se ve para todos lados, así que siempre la estamos usando”, detalló.

La roca se distingue porque es la única de esas características que existe ahí. Desde la cumbre del cerro se presume que, hace miles de años, se desprendió y rodando llegó hasta su asiento definitivo. Quedó redonda, perfecta, como puesta a propósito.

Don Blas la llama “mi piedra”. Y no es casualidad. Porque esa piedra lo vio aprender a leer en Los Alazanes, lo vio volver al Chacay, lo vio criar familia, lo vio crecer.

El niño que veía un globo terráqueo en una roca, hoy es el hombre grande que todavía mira el mundo desde ahí. Con la misma percepción de asombro. Con los pies en la tierra neuquina y los ojos puestos en todo lo que se ve desde su mirador.

Un “fragmento lunar” que don Blas quiere para el turismo

En la mitad del cerro, sola y perfecta, hay una roca que no parece de este mundo. Los vecinos la llaman “La Piedra Redonda” y Don Blas Ortiz, que nació y se crio entre chivos y corrales en el puesto El Chacay, la define mejor: “es como un fragmento lunar que cayó acá”.

Desde niño la comparaba con un globo terráqueo en la escuela 221 de Los Alazanes, hoy sueña con que esa misma piedra se convierta en postal.

Porque la belleza no está solo en la roca. Está en todo lo que se ve desde ahí. Desde la cumbre del cerro que la alberga se abre un paisaje imponente que Don Blas conoce de memoria: se observa la plenitud del Valle del Covunco, con el Cerro Bustamante de fondo, la Laguna La Solitaria brillando abajo, el Cerro Negro y más allá el Cerro Mesa. Hacia el este se aprecia parte del valle de Vaca Muerta. Hacia el sur aparecen Los Alazanes, la zona alta del arroyo Covunco y la Estancia Llamuco. Y hacia el oeste, como horizonte impagable, el emblemático Cerro Bandera y la precordillera andina cortando el cielo.

Don Blas no solo la cuida. La quiere mostrar. “Me ilusiona que la piedra gane protagonismo dentro del turismo de sendero y cultural”, declaró. Y trabaja para eso.

Su idea es clara: que el público conozca la riqueza geológica y paleontológica que tiene el paraje de Aguada del Chacay. “Acá hay mucho para ver, para aprender. La piedra es solo el comienzo”, dijo mientras señalaba el horizonte desde su mirador natural.

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Sabe que el lugar tiene potencial. Toda la extensión del paraje está acompañada por un serpenteante tramo de la ruta nacional 40. Eso, para él, es la puerta: “La 40 trae gente de todos lados. Si pararan acá, se van a llevar una imagen que no se olvidarán jamás”.

Hoy la piedra ya sirve para todo: refugio contra el viento, sombra en el verano, mirador para ver “para todos lados”. Y Don Blas sueña más grande. Sueña con senderos marcados, con visitantes que suban a escuchar la historia de la roca que él comparaba con el globo en la escuela, con turistas que entiendan que Aguada del Chacay no es solo paso: es destino.

Porque si una piedra que cayó del cerro logró acompañarlo 60 años, quizá también pueda acompañar el futuro del lugar. Y dejar huellas, pero de visitantes.

La piedra redonda explicada por geología

Desde un punto de vista geológico, la “piedra redonda de Aguada del Chacay” no es otra cosa que un bloque de roca caliza redondeado por un proceso de alteración química. “Esto es meteorización catafilar”, explicó el geólogo Alberto Garrido de Zapala. “Un proceso que afecta de forma diferencial a algunos minerales que componen la roca. Avanza lentamente desde la superficie externa hacia el centro y genera sucesivas bandas de alteración. Finalmente se expresa como una descamación concéntrica del bloque. Así la roca adquiere esa geometría llamativamente esferoidal”, añadió.

El proceso es común en granitos o basaltos volcánicos. Lo extraordinario acá es que afecte a una roca sedimentaria como la caliza. “No se trata de ningún proceso raro o extraordinario”, aclaró el profesional. “Lo que llama la atención en la piedra redonda de Aguada del Chacay es su disposición, casi solitaria, situada en medio de un paisaje sorprendente desde donde se visualizan cordones montañosos y cadenas volcánicas cuyas rocas cuentan, en conjunto, la propia historia de la Cuenca Neuquina”, precisó mientras relevaba la roca.

Esa piedra redonda es historia pura. “Es un bloque que se desprendió de una gran cresta de roca caliza perteneciente a la Formación La Manga”, detalló el geólogo. “Se formó en aguas que llegaban desde el océano Pacífico hace aproximadamente 160 millones de años atrás, en el Jurásico”, aseguró.

Si uno la mira detenidamente, la piedra guarda un océano adentro. En este sentido manifestó: “Vemos cientos a miles de fragmentos de ostras junto a otros restos de bivalvos y corales. Entre los fósiles presentes, quizás los que más llaman la atención son las enormes turritelas, caracoles marinos de geometría cónica y estrecha, que se exhiben como moldes en forma de tirabuzón”.

Todo eso quedó atrapado cuando “las aguas que cubrían este sector formaban un mar cálido y poco profundo, donde la fauna marina podía desarrollarse favorablemente”, explicó Garrido.

Patrimonio geológico del centro neuquino

Y la riqueza no termina ahí. “Muy cerca de aquí, y en estas mismas rocas de la Formación La Manga, se pueden observar enormes concentraciones de corales ramificados de gran tamaño, junto a erizos y una gran diversidad de ‘almejas’ fósiles”, añadió. De hecho, es en estas mismas calizas donde se desarrollan las cavernas de Cuchillo Curá, el sistema cavernario más grande de Argentina conocido hasta el momento.

Para Alberto Garrido, la Piedra Redonda es más que un paisaje: “Es una ventana al Jurásico. Un bloque que viajó 160 millones de años para quedar solo en medio del cerro, contándonos cómo era Neuquén cuando era mar”.

Don Blas la llama “mi piedra”. La geología le dice Formación La Manga. Entre las dos miradas, la roca se vuelve patrimonio: natural, cultural y turístico.

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