Creó un museo de juguetes y ahora pinta rayuelas
Por Sofía Sandoval - [email protected]
Stela Maris Ferrarese conserva el vívido recuerdo de sus tardes de juegos de la infancia. La rayuela, el elástico y la soga para saltar, una con mango de madera que aún conserva por algún rincón de su casa. Con el ánimo de compartir esa pasión con los niños de Neuquén, salió a recorrer la ciudad para pintar rayuelas, laberintos y tableros de tatetí.
La profesora de Educación Física jubilada no es nueva en el mundo de los juegos. Desde hace más de treinta años investiga la historia de los juguetes, lo que la llevó a recorrer buena parte del mundo y nutrirse de experimentados antropólogos, de los que aprende los rasgos culturales que llevan a cada civilización a jugar de distintos modos. De allí nació el Museo del Juguete Étnico, que tiene en su casa de San Lorenzo Sur.
Este año, y tras visitar el hospital Heller, pensó en un plan para entretener a los niños que visitan a familiares enfermos o acompañan a sus padres a solicitar turnos. "Los veía que corrían y los retaban los padres, o que estaban con el celular, que les termina por dañar la visión", relató.
Por eso, envió una carta a las autoridades y obtuvo la autorización para pintar juegos infantiles en uno de los patios del centro de salud. Diseñó una serie de rayuelas y laberintos en base a sus investigaciones, pero los niños no tardaron en intervenir.
"Vinieron y nos plantearon que hiciéramos una rayuela africana que está de moda, así que también la pintamos", expresó la mujer. La pintura aún no se había secado y los niños ya se sumaron a jugar. Muy pronto, por la ciudad corrió la voz del grupo de voluntarios que pintaban juegos en las veredas.
"Tenemos una rayuela pintada en la vereda del museo; a veces estamos adentro y escuchamos el grito de ‘Mirá, mamá, ¡una rayuela!’ y vemos que se ponen a jugar", señaló Stela Maris, que no oculta su alegría al ver que los niños de hoy comparten con ella el idéntico interés por esos juegos que la emocionaban en su infancia.
Cuando su trabajo se hizo conocido, la contactaron desde el Gobierno para invitarla a pintar en otros espacios. Así, llegó a la estación de ferrocarril, donde el tránsito apurado de los pasajeros complicó sus proyectos para pintar. "Tenemos que volver un domingo, que es más tranquilo, para terminar", dijo y aclaró que allí también se hicieron rayuelas y laberintos que se estrenaron más rápido de lo esperado. "Los chicos nos ven pintando y se interesan, quieren empezar a jugar mientras las estamos haciendo", detalló la profesora, que busca modificar más paisajes urbanos con los juegos de distintas partes del mundo. Para el futuro, ya tiene previsto plasmar sus diseños sobre el suelo del jardín del hospital Heller y, en el futuro, aspira a que más organizaciones la inviten a llenar sus baldosas de laberintos y rayuelas.
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