Pocas veces en una Copa del Mundo hubo tantas discusiones sobre si el espectáculo sigue perteneciendo al fútbol.
La Copa del Mundo siempre fue la máxima expresión del fútbol. El torneo donde sólo llegaban los mejores y donde cada partido representaba un desafío de máxima exigencia. Sin embargo, la edición 2026 deja la sensación de que, en el afán de crecer, la FIFA terminó sacrificando parte de la esencia que convirtió al Mundial en el espectáculo deportivo más importante del planeta.
La ampliación de 32 a 48 selecciones multiplicó la cantidad de participantes. El argumento oficial fue abrirles las puertas a más países y globalizar aún más el fútbol. En los hechos, también produjo una consecuencia difícil de ignorar: hubo equipos que llegaron con escasa tradición mundialista y planteles muy inferiores a las potencias, generando encuentros previsibles y marcadores abultados.
Tampoco ayuda un VAR llevado al extremo. La tecnología nació para corregir errores claros y manifiestos, pero terminó convirtiéndose en una lupa milimétrica que invalida goles por un hombro, una rodilla o la punta de un botín apenas adelantados. El fuera de juego dejó de juzgar ventajas deportivas para transformarse en una cuestión de píxeles. La justicia absoluta, cuando depende de un milímetro imposible de percibir a simple vista, muchas veces termina alejándose del espíritu del juego.
A esa sensación se suman las pausas obligatorias para hidratación. Nadie discute la necesidad de proteger la salud de los futbolistas cuando las temperaturas son extremas. Lo discutible es convertir esos parates en una rutina fija que rompe el ritmo del partido incluso cuando las condiciones climáticas no parecen justificarlo.
La FIFA sostiene que responde exclusivamente al cuidado de los futbolistas, mientras que numerosos observadores creen que altera el desarrollo natural del juego.
Fuera de la cancha, el panorama tampoco resulta alentador. La escasez de entradas disponibles para la venta general disparó una reventa con precios exorbitantes, dejando a miles de hinchas fuera de los estadios. Incluso el sistema oficial de reventa recibió cuestionamientos por las comisiones aplicadas y el encarecimiento de las localidades.
La paradoja es evidente. Nunca hubo un Mundial tan grande, tan largo y tan rentable. Pero también pocas veces hubo tantas discusiones sobre si el espectáculo sigue perteneciendo al fútbol o si cada decisión responde cada vez más a criterios comerciales.
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