Las ráfagas de viento de 70 kilómetros por hora amedrentaron a Iasin Abdulhamid, quien abandonó por un día su puesto callejero para refugiarse dentro de la galería de arte en la que trabaja. En su taller, el vendaval se oye apenas como un suave murmullo y el silencio reina mientras él se pone a dibujar.

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Iasin llegó a Neuquén en 2016 desde su Siria natal, por un camino que acompañaba a sus primos en el éxodo hacia otros países en calidad de refugiados. Él, con sus 30 años, su sonrisa tímida y sus ojos de iris oscuro, aclara que las cosas están mejor en su tierra, pero hunde la mirada en el vacío inmediatamente después, como si no quisiera recordar los conflictos bélicos.

"Estudié la carrera de contador y después de obtener mi título decidí venir a Argentina para trabajar", relata. Aunque se le dan bien los números, la verdadera pasión de Iasin es el arte y, desde pequeño, se inclinó por el aprendizaje autodidacta de la caligrafía árabe.

A decir verdad, el árabe es un alfabeto difícil. "Hay al menos ocho tipos de alfabetos populares y cada uno tiene símbolos diferentes, una "S" en este estilo no podría dibujarse así en otro", señala el joven, que se entusiasma al poder explicar un poco más sobre su cultura.

El artista aprendió su primera palabra de español cuando pisó el suelo argentino, por lo que aún se marea con algunos términos. Sin embargo, su trabajo en el puesto callejero lo llevó a convertirse en traductor. "Acá dice ‘bienvenidos’, acá dice ‘Neuquén’ y acá dice ‘Sandra’", detalla y señala un tablero con inscripciones en su lengua.

Cuando no hay viento, ese mismo cartel reposa en la vereda de la galería Cupé, en Brown 172. Los transeúntes se topan con sus inscripciones y le piden un cartel, que él cobra de acuerdo al tamaño y la complejidad de la frase. ¿Qué le encargan? "Cuando no me piden su nombre, me piden frases de amor", afirma con un dejo de diversión.

Aunque los pedidos comenzaron por la sorpresa de los propios neuquinos, no acostumbrados a convivir con el lenguaje árabe, con el tiempo se corrió la voz. Iasin ya creó un perfil en Facebook e Instagram y comenzó a recibir encargos más frecuentes, que van desde pequeños papelitos con nombres hasta cuadros enmarcados con frases más complejas.

Cultural

Además de despuntar su amor por la caligrafía y generar sus propios ingresos, el joven asegura que toma su trabajo como una especie de cruzada cultural. Es que, a través de la caligrafía de su país, les enseña a los neuquinos más cosas sobre el modo de vida de los sirios y su forma de concebir el mundo.

El intercambio también funciona en reversa: hace poco, Iasin usó su talento para dibujar un nuevo cuadro, en el que plasmó una estrofa del Martín Fierro.

"Acá dice que ‘los hermanos sean unidos’. Me contaron la frase de ese libro y me gustó, y sé que es importante en Argentina", afirma el artista, que planea extender su oficina al Paseo de los Artesanos del bulevar sobre Avenida Argentina, donde instalará su puesto los sábados y domingos.

Cuando le preguntan si quiere trabajar de contador, Iasin esboza una sonrisa. "Lo que de verdad me gusta es el arte", dice y aclara que no planea demasiado para el futuro, pero, cuando lo piensa, se lo imagina en la ciudad de Neuquén.

Una técnica de trazos prolijos, casi perfectos

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El artista sirio Iasin Abdulhamid pinta con una caña y tinta china. Afirma que en su país es muy sencillo conseguir los elementos para hacer caligrafía. En Argentina, en cambio, compra la tinta y debe fabricar sus propias plumas, afilando la punta de una caña angosta con un cuchillo. En su taller, una pila de hojas de distintos colores y gramajes reposa sobre una gran mesa de madera oscura. Sus dedos hábiles repasan unas láminas gruesas de color marfil y se detienen, por fin, en un papel liviano de color rosa. Iasin lo posa sobre una base de madera que protege la mesa y elige con cuidado la caña que va a utilizar.

Hunde la punta de su instrumento en el diminuto frasco de tinta china y lo aplica sobre la hoja. Por varios minutos, apenas se escucha el sonido de un lejano llamador de ángeles que se mueve con el viento y el de la caña humedecida que cruje contra el papel. Iasin aplica la presión perfecta para hacer un trazo visible que no ensucie la hoja, y comienza a dibujar.

Escribe al revés, de derecha a izquierda, como se escribe en su idioma. No usa reglas ni renglones, pero logra un acabado perfecto, con trazos prolijos y la dosis justa de tinta para hacer de su texto una pintura. Después, elige una caña más fina para hundirla en el frasco de color rojo y dibujar unos arabescos que acompañan cada símbolo de su alfabeto.

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